VANCE, EL CAZADOR (CAP. 7)


7 – DOLOR

                   El corazón del señor Anderson, castigado por la edad y la tensión acumulada de los últimos días, no soportó tanta presión y dijo basta. Ni el esfuerzo de Vance por reanimarle primero, ni el de los sanitarios de la ambulancia después, sirvió de nada. Minutos más tarde, el señor Anderson yacía sin vida sobre la camilla de la ambulancia, camino del hospital.
                  Durante las horas siguientes, Vance, June y su madre montaron guardia junto a la caja donde reposaba el cuerpo de su padre, que el hospital había dispuesto en una de las salas del tanatorio.
          June lloraba intentando contener sus lágrimas, pero su madre no. Su madre permanecía en silencio junto al cuerpo frío e inerte del que hasta entonces fuera su marido. Sus ojos lo decían todo por ella. El brillo apagado de su mirada daba a entender, a todas luces, que buena parte de su vida se iba dentro de aquella caja. Al ver a su madre, Vance se sorprendió a si mismo intentando encontrar en su interior algún tipo de emoción que pudiera exteriorizar para darle sentido a ese momento de su vida.
                   Con aire melancólico observaba la ciudad a través del cristal de la ventana de la habitación en la cual se hallaban. Le extrañó no sentir tristeza, rabia o, cuando menos, un atisbo de dolor ante la pérdida de su padre. Indagó en lo más profundo de su persona en busca de algo y no lo halló. Nada. No encontró nada y eso le asustó. ¿Es que no había nada en su interior? ¿Solo vacío?
          Se maldijo a sí mismo por su frialdad y por aquella ausencia de sentimientos. ¿No debía acaso llorar? ¿No debía, como buen hijo que se suponía que era, mostrar su dolor por la pérdida de su padre? Entonces, ¿por qué no podía llorar? ¿Dónde estaban sus lágrimas? ¿Dónde estaba su dolor? ¿Tan distante y frío se había vuelto en sus emociones?
                   No, no era eso. Vance sentía el dolor, la pena y la desazón que le oprimían el pecho y le estrujaban el corazón. Lo sentía muy adentro, pero no era capaz de canalizar esas emociones de manera tan evidente y práctica como lo hacían su madre o su hermana. Él, a lo largo de su vida como asesino, había aprendido a acallar todas esas emociones y a encerrarlas en un rincón de su alma, allí donde no le estorbaran para llevar a cabo su trabajo. Pero las notaba, sabía muy bien que estaban ahí, dentro de él, latiendo débilmente, esperando a que, un día cualquiera, Vance las dejara salir, sin saber que él, como buen profesional que era, no lo permitiría nunca. Y era, en ocasiónes como aquella, cuando Vance se odiaba con  todas sus fuerzas por su frialdad.
- Voy un rato fuera – Vance apoyó la mano en el hombro de su madre cuando le habló en un leve susurro para no importunarla demasiado.
                   Su madre no dijo nada. Apenas asintió, por lo que Vance dudó de si le había escuchado o no. Salió de la habitación y cruzó por el pasillo, hacia la salida, esquivando por el camino a las personas que lo transitaban, todas ellas de miradas taciturnas y rostros grises. Salió a la calle y aspiró profundamente una buena bocanada de aire fresco. Se apoyó contra una columna y rebuscó en el bolsillo interior de su cazadora en busca del tabaco. Cuando lo encontró, abrió la cajetilla y extrajo un cigarro de su interior. Se llevó el pitillo a la boca y guardó la caja de nuevo en el bolsillo. Acto seguido, registró su cuerpo en busca de una cerilla o un mechero, sin encontrarlo. Maldijo su suerte. Ahora, más que nunca, necesitaba fumarse aquel cigarro.
- ¿Fuego, señor Anderson?
                   La voz le cogió por sorpresa. Un hombre algo mayor que él, mentón y nariz afilados, ojos glaucos, cabello castaño oscuro recogido en una pequeña cola de caballo, de cuerpo delgado, pero atlético y que vestía una gabardina color gris claro, sujetaba ante Vance un mechero encendido.
- Gracias – Vance dio un par de caladas al cigarro para encenderle con la llama que el extraño le tendía.
- No hay de qué. ¿Un mal día?
- Ajá – respondió Vance con voz queda.
- ¿Alguna pérdida personal? – Se interesó el extraño quien, viendo que Vance no respondía, continuó hablando – Ya veo, lo siento. ¿Un ser querido?
- Mi padre.
- Oh, vaya… Mal asunto. ¿Cómo fue? Digo, si no es mucha indiscreción por mi parte, claro.
- El corazón – respondió Vance tras pensarse unos segundos si debía o no responder a la pregunta – Sufrió un ataque y no pudimos hacer nada por ayudarle.
- Lástima – el extraño chasqueó los labios – A mi jefe esto no le va a gustar nada. Vaya que no. Digo.
                   A Vance aquella afirmación le cogió nuevamente por sorpresa, dado que, ni conocía a aquel extraño, ni sabía tampoco de qué conocía su jefe a su padre.
- ¿Quién es usted? – le preguntó guardando las distancias.
- Tranquilo – le calmó el extraño – No es necesario que se alarme, digo. Créame que comprendo su dolor, amigo…
- No soy su amigo – le corrigió en el acto Vance, dándole un tono seco y cortante a sus palabras – Y dudo mucho que en el futuro vayamos a serlo.
- Está bien. Está bien – el hombre alzó ambas manos en señal de asentimiento – No hace falta ponernos en tensión. Como le decía antes, comprendo muy bien su dolor y sé que este no es el momento oportuno, pero mi jefe quiere hablar con usted lo antes posible – el hombre extrajo del bolsillo frontal superior de su gabardina una tarjetita con una dirección inscrita en ella – Por favor, vaya allí cuanto antes y hable con él, ¿de acuerdo? Ah – el hombre le habló por última vez antes de irse – Por su bien, le recomiendo que no haga esperar a mi jefe, digo. Es solo un consejo. Adiós.
                   Vance observó cómo el hombre se subía a un coche, de color negro y con las lunas tintadas, que, extrañamente, le resultaba familiar. Ojeó detenidamente la dirección que venía en la tarjetita y tuvo la agobiante sensación de estar aprisionado por una mano invisible que se le enroscaba al cuello. Esa sensación le acompañó durante el resto del día.
CONTINÚA

VANCE, EL CAZADOR (CAP. 6)


6 – PADRE E HIJO

                   Mientras Vance y su hermana mantienen una amena conversación sobre sus respectivas vidas, llega a casa el padre de ambos. Su mujer sale a recibirle para darle la noticia de la llegada de su hijo, pero el señor Anderson parece estar distraído mientras su esposa le habla.
- ¿Te ocurre algo, querido? – le pregunta su mujer mientras le recoge la chaqueta para colgarla en un perchero de pie, situado frente a la entrada.
- ¿Eh?... Ah, no, no. No me pasa nada, querida – contesta él para despreocuparla – Es el calor, ya sabes que me cansa mucho.
- Siéntate en el sofá, que te preparo algo fresco para beber y te lo tomas mientras acabo de hacer la comida.
- De acuerdo, querida – contesta él sonriéndola – No diré que no a una bebida fría.
                   Con paso cansino, el señor Anderson se encamina hacia el salón de la casa y se sienta en el sofá de cuero de tres plazas que gobierna la sala, que no es muy grande. Frente al sofá hay un armario de vitrinas acristaladas donde está colocada una televisión de plasma. Entre ambos muebles se encuentra una pequeña mesita de mármol y patas de madera de caoba. A la derecha del sofá hay otro individual y reclinable, colocado junto a una doble puerta de amplios cristales que da a un pequeño balcón. En el suelo, una moqueta blanca cubre toda la superficie.
                   Steve se apodera del mando a distancia del televisor y lo enciende. Con parsimonia, va pasando los distintos canales de televisión en busca de algo interesante para ver. Cuando llega al canal de deportes, están emitiendo un encuentro de snooker, donde aparecen jugando Ronnie O’Sullivan y Tim Doherty. Como al señor Anderson le gusta mucho ese juego, se entretiene un momento viendo a ambos jugadores disputando un frame. Unos minutos después, cuando su mujer llega al salón con una bebida fría en un vaso, Steve coloca el mando a distancia sobre el reposabrazos del sofá y coge una revista de encima de la mesita.
- Aquí tienes, cariño – su mujer pone un posavasos sobre la mesita y coloca sobre él el vaso – La comida estará lista enseguida.
- Gracias, querida – Steve suelta la revista y coge el vaso para darle un sorbo a la bebida y así mitigar su sed.
- ¡Papá! – el grito alegre de June le coge por sorpresa y apunto está de atragantarse con la bebida - ¡Vance ha venido a quedarse una semana!
- Vaya, me alegra oír eso – la voz de Steve no suena muy convincente, pero Vance no se lo toma en cuenta, habida cuenta de la fría relación existente entre ambos desde hace unos años.
- Hola papá – su hijo le saluda con un tono de voz casi igual de frío - ¿Qué tal estás?
- Bien, bien – su padre se levanta del sofá y le da dos besos en las mejillas - ¿Y tú qué tal estás?
- Bien también. Me ha dicho mamá que últimamente paseas mucho por el parque.
- Oh, eso... – Steve parece no tener muy claro qué contestarle a su hijo – Sí, bueno, a mi edad uno tiene que aprovechar muy bien los pocos días de calor que vengan, ¿no te parece?
- Hablas como si tuvieras ochenta años – le ríe su hijo.
- Uy, no te creas – bromea June siguiéndole la broma a su hermano – Ya los ronda, ya...
- ¡Mocosa insolente! – Le espeta divertido su padre - ¡Ya veremos cuando llegues a mi edad como estás tú, ya veremos!
- ¿Ésta? – Vance continúa alegre con la broma – Ésta acabará solterona y rodeada de gatos, ya lo verás.
                   June intenta protestar ante la puya de su hermano, pero su madre les interrumpe para decirles que pasen a la mesa, puesto que la comida ya está hecha. Los cuatro miembros de la familia comen juntos y disfrutan de ese momento del día. No obstante, el señor Anderson, con cierta pesadumbre, esconde el terrible secreto que le atormenta desde hace ya días. Come junto a su mujer y sus dos hijos y trata de disfrutar, al igual que ellos, de ese instante, mas a él no le sabe del mismo modo que a su familia. Las deudas de juego le mantienen en vilo, pues sabe que su tiempo se agota y que no podrá pagarlas a tiempo. Y esa gente no es de las que perdonan una falta como esa así, por las buenas. Necesita tiempo, pero, desgraciadamente para él, no lo tiene.
                   Tras la comida, Vance se queda un rato en el salón, sentado sobre el sofá reclinable, para hacer la digestión mientras ve la tele. Su padre vuelve a ocupar el mismo lugar en el que estaba sentado antes de ir a comer. En la tele, en el canal de deportes, están dando una sección de noticias deportivas que no parecen interesar mucho al señor Anderson.
- Maldición – barrunta con voz queda – Otra vez hablan de los deportes de invierno. Odio esos deportes.
- No todo en la vida es snooker, papá – le espeta risueño su hijo.
- Preferiría ver antes cien partidas malas de snooker que una sola final de deportes de invierno. En serio, ¿qué le encuentra la gente de divertido en ver a un gilipollas en esquíes saltando por una rampa? No lo entiendo, te lo juro.
- ¿Ya estás gruñendo otra vez por culpa de los deportes? – su mujer entra en ese momento en el salón con un par de vasos llenos de bebida fría y los coloca en la mesa, sobre sendos posavasos.
- ¿Quién está gruñendo? – Refunfuña su marido – Yo no refunfuño, recalco algo que me parece estúpido y punto.
- Pues cambia de cadena y punto – su mujer recalca las dos palabras finales con cierta sorna – Tampoco es tan complicado, ¿no te parece?
- Mamá tiene razón – apostilla Vance – Pon algo que no te enoje y listo, se acabó el problema.
- Tú no te pongas de parte de tu madre, aprovechado – se queja su padre – Con tu madre dándome la vara con lo que debo o no debo hacer me basta, ¿te enteras?
- Tranquilo, gran jefe – Vance sonríe y levanta las manos abiertas a la altura del pecho – Entierra el hacha de guerra, que no he venido buscando pelea. Solo quería decir que mamá tiene razón, si lo que dan en el canal te molesta, cambia de canal.
- ¡Sé lo que querías decir! – el tono de su padre suena más serio de lo que éste pretende parecer – Simplemente, me joroba que estéis dándome la vara  a todas horas con vuestros consejos. Que yo sepa, ya soy mayorcito para arreglármelas solo, ¿no os parece?
- Bueno... ¡Cómo anda el patio....! – Vance trata de ignorar el tono enfadado de su padre y mira hacia las musarañas, para evitar cruzar sus miradas.
- ¡Maldito mocoso engreído, trátame con algo más de respeto! – Steve se levanta de golpe del sofá y explota sin poder evitarlo - ¿Quién te crees que eres para venir a mi casa y decirme cómo debo vivir mi vida?
- ¿Se puede saber qué mosca te ha picado ahora? – le espeta su hijo, extrañado ante el comportamiento agresivo de su padre - ¿Es que he dicho algo malo para que te enfades así?
- Tranquilizaos los dos, ¿vale? – la señora Richardson trata de serenar los ánimos de su hijo y de su marido, que sigue de pie, estático y mirando furiosamente a su hijo – Estáis discutiendo por una tontería, ¿es que no os dais cuenta?
- ¡Míralo, Claire, mira a tu hijo! – Steve parece colérico y muy alterado - ¡Ahí lo tienes, con esa arrogancia propia de los jóvenes de hoy en día, que no se preocupan más que de llegar a sus casas y llenar la panza! ¡Así es como pagan nuestros esfuerzos, ignorándonos como si fuéramos muebles viejos y abandonados!
- ¿De qué narices estás hablando? – Vance se pone en pie y se encara con su padre mientras su madre se interpone entre ambos - ¡Yo nunca os he ignorado! ¡Nunca!
- ¿Ah, no? – Su padre le golpea con el dedo índice en el hombro varias veces - ¿Y como llamarías tú a tus visitas esporádicas a esta casa, eh? Vienes de pascuas a ramos, comes y te vas. Llamas por teléfono muy de cuando en cuando y apenas te vemos el pelo, ¿cómo lo llamarías tú a eso, eh? ¡Dímelo! ¡Desagradecido, eso es lo que eres, un desagradecido!
- ¡Por favor, querido, cálmate un poco! – su mujer trata inútilmente de apaciguarle los ánimos.
- ¡No quiero calmarme, Claire! – Steve ruge aún más furioso - ¡Ya iba siendo hora de que alguno de nosotros le cantase las cuarenta a este... este...ññg! - súbitamente, el señor Steve se lleva la mano al pecho, gime y cae al suelo rodilla en tierra, siendo sujetado en el aire por su mujer e hijo, que evitan que se golpee contra el suelo.
- ¿Papá? ¿¡Papá!?
- ¿Qué te ocurre, cariño? ¡Dime algo! ¡Cariño!
CONTINÚA

VANCE, EL CAZADOR (CAP. 5)


5 – SOMBRAS

                  
                   “Muertos.
                   Papá. Mamá.
                   Muertos.
Y June secuestrada.
                  ¡Maldición! ¡Y todo esto por culpa mía!”

******************
                  
                   La lluvia baña los tejados de los edificios con su fino pero persistente manto y va calando poco a poco la ropa hasta que, al final, su humedad se te mete entre los huesos. A Vance Anderson, en esta noche oscura, húmeda y fría, la lluvia es lo que menos preocupado le tiene.
                   Su mirada se pierde en el horizonte de la ciudad, bañado en puntitos luminosos que parecen titilar bajo la lluvia como diminutas luciérnagas estáticas. Sus pensamientos son un maremagnum de sentimientos encontrados; ira, tristeza, frustración, odio, resentimiento, miedo... Trata de encontrar una respuesta a lo sucedido en los últimos días; de saber qué es lo que ha pasado y por qué, pero no halla la respuesta y eso le hace enfurecerse aún más consigo mismo.
                   Un extraño ruido a su espalda, parecido al de un mantel al ser sacudido por el viento, le hace saber que la persona a quien espera acaba de llegar. Vance le saluda sin ni siquiera mirarle.
- ... Llegas tarde.
- Yo bien, ¿y tú que tal? – contesta el recién llegado con acritud, un muchacho de color y algo joven.
- ¿Lo has traído?
- Sí, toma – el visitante le entrega un maletín negro - ¿Qué piensas hacer con ello?
                   Vance no contesta. Sigue mirando al lejano horizonte y su mente parece encontrarse muy distante, a miles de millas del lugar. El recuerdo reciente de la muerte de sus padres le atenaza el corazón y le ahoga por dentro. Quiere gritar, salir corriendo, alejarse de esa maldita ciudad y de sus calles; pero la ciudad parece escucharle y sus sonidos parecen estar diciéndole “Ánimo, ya pasará. El dolor siempre pasa”. Las finas gotas de lluvia que resbalan por sus mejillas encubren las lágrimas que se le escapan sin poder evitarlo. Se obliga a sí mismo a dejar de llorar; después de todo, se dice, es un asesino; y los asesinos no lloran. Con algo de cansancio, se levanta del húmedo tejado y observa una última vez el horizonte. La lluvia cesa y los sonidos de la noche envuelven a la ciudad una vez más con su nocturna serenata.
- Oye, podrías contestar, ¿no te parece? – Le recrimina su compañero - ¿Para qué lo quieres?
- Para reparar un error – Vance recoge el maletín – Gracias por traerlo. Ahora necesito que me lleves a un sitio.
- Tendrá morro el tío... ¿Te crees que soy un taxi o qué? – contesta su visitante.
- No tengo tiempo para tonterías, Archer – le recrimina Vance con cierta dureza en su mirada – Vamos.
- Vale, vale... – el tal Archer hace un par de aspavientos con sus manos como queriendo quitarle hierro al cabreo de su compañero – Pero dime una cosa, ¿por qué narices me llamas siempre por mi apellido?
- ¿Acaso te molesta?
- No – contesta Archer – Pero digo yo que no te cuesta nada llamarme por mi nombre, ¿no te parece?
- En serio, Julius – Vance recalca con cierto retintín el nombre de su amigo – No tengo tiempo para estas tonterías. Vamos.
- Está bien, colega – Archer se da por vencido con su compañero y utiliza su don, el de abrir portales de traslado, para abrir un portal junto a ellos – Tú dirás, colega, ¿a dónde te llevo?
- Al muelle antiguo. Almacén número 13 – Vance contesta a la pregunta con voz seca y mirada fría y distante.
- ¡Fiu...! – Archer silba con asombro mal disimulado al fijarse en la mirada de su compañero – Por la cara que llevas, la cosa debe estar muy chunga...
- Créeme, Archer – Vance se adentra en el interior del portal mientras le contesta a su amigo – Las cosas se pondrán mucho peor cuando encuentre al culpable de todo esto. Pero que mucho peor.
CONTINÚA

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VANCE, EL CAZADOR (CAP. 4)


4 – REUNIÓN FAMILIAR

                   Mediodía. Claire Richardson, mujer que sobrepasa ya los cincuenta, cabello gris con ligeros mechones canosos y de rodillas en el césped de su jardín, ocupa el rato en su pasatiempo favorito; el cuidado y arreglo de sus flores.                             
                   Sus manos, arrugadas y de pulso ya tembloroso, trabajan la tierra donde cultiva sus muchas y variadas clases de flores. Con la habilidad propia de quien lleva ya tiempo cultivando, va podando aquí y allá los brotes defectuosos, las hojas picoteadas por las aves o que han sido atacadas por los pulgones u otros parásitos propios de las plantas. Con la ayuda de un pequeño azadillo, cava un hoyo pequeño en la tierra húmeda y coloca en su interior un manojillo de camomilas. Acto seguido, ayudándose únicamente de sus manos, cubre sus raíces con la tierra restante, sacada del propio hoyo. Después se sacude las manos para eliminar de su piel los restos de granos de tierra que se han quedado pegados en ellas.
- Siempre me gustó el aroma de las camomilas – la voz de su hijo la coge por sorpresa.
- ¿¡Vance!? – Claire se pone en pie casi de un brinco y abraza llena de alegría a su hijo - ¡Qué alegría, hijo! ¿Cuándo has llegado? ¿Y por qué no me has avisado de que ibas a venir?
- Acabo de llegar ahora mismo – su hijo le da dos besos en las mejillas a modo de saludo – Quería daros una sorpresa. Toma – Vance le entrega el paquete que, a primera hora de la mañana, tal y como le prometiera el señor Garibaldi, el señor Lenny le hizo llegar por medio de un recadero – Feliz cumpleaños, mamá.
- Desde luego, que ya tienes cara, mozalbete – su madre le da un pequeño codazo en las costillas mientras agarra el paquete que su hijo le entrega en mano – ¿Crees que con un simple regalito voy a olvidar que no viniste a casa por mi cumpleaños?
- Debes creerme, mamá – Vance le sonríe con dulzura – Hice cuanto pude por venir, pero me fue imposible...
- No te preocupes, cariño – ella le acaricia con ternura una de las mejillas – Solo estaba bromeando. Sé de sobra que harías lo imposible por no faltar a ese día – con manos temblorosas, medio por los achaques propios de la edad, medio por motivo de la emoción contenida, Claire rompe el envoltorio del regalo y abre el estuche lacado, que guarda en su interior un colgante plateado en forma de dos pequeñas rosas entrelazadas entre si - ¡Oh, Dios mío...! ¿Cómo has podido...? No tenías que haberte molestado, hijo mío.
- ¿Te gusta? – Vance observa complacido la cara de asombro y felicidad de su madre. En verdad, piensa para sus adentros, el señor Lenny sabe escoger sus regalos.
- ¿Que si me gusta? ¡No seas idiota, Vance! ¡Cómo no va a gustarme, si es precioso! Ayúdame a ponérmelo, por favor.
                   Vance coge con cuidado el colgante por ambos extremos de su cadena y los pasa por encima de los hombros de su madre, que se recoge el cabello con las manos para ofrecer a su hijo su cuello desnudo para que éste le ate el colgante.
- ¿Y papá? – Le pregunta su hijo - ¿Dónde está?
- Llegará enseguida, ha salido a dar un paseo hasta el parque. Últimamente suele hacerlo a menudo. Se alegrará de verte, ya lo verás, hijo.
- ¿Tú crees? – Vance no parece muy convencido ante la apreciación hecha por su madre.
- ¡Por supuesto que sí! A fin de cuentas, eres su único hijo varón, ¿no es cierto?
- Sí, pero ambos sabemos quién es su ojito derecho, ¿verdad?
- ¡June, la olvidaba! – Su madre se lleva las manos a la boca, queriendo disimular su sorpresa – Verás cuando te vea, ¡lo contenta que se va a poner!
- ¿Sigue estudiando?
- Oh, no, no... – Su madre le hace un aspaviento con una de las manos en gesto de negación – Hace ya meses que dejó los estudios y se puso a trabajar. A tu padre al principio no le hizo ninguna gracia que tu hermana dejase los estudios, pero el enfado le duró muy poco; cosa harto habitual en él, tratándose de su ojito derecho.
- Sí – Vance puso cara de circunstancias – Recuerdo que cuando yo dejé los estudios me retiró la palabra durante un año; hasta que me saqué el carnet de conducir con mi propio sueldo.
- Ya, bueno – su madre le quita importancia al tema – Ya sabes lo cabezón que es tu padre, pero en el fondo sabes que te quiere con locura; tanto como a tu hermana...
- ... ¿Tanto, tanto? – bromea Vance.
- Bueno..., vale, quizás un poco menos – su madre le sigue la broma con una mueca de felicidad dibujada en su boca – Pero os quiere a los dos con locura, que no te quepa la menor duda sobre eso, jovenzuelo.
- ¡Vance, Vance, Vance!
                   Al oír su nombre, Vance se gira justo a tiempo para recibir de lleno el efusivo abrazo de su hermana pequeña, que acaba de llegar al domicilio paterno en ese momento.
- ¿Cuándo has llegado? ¿Y por qué no me has llamado para decirme que venías, so tonto?
- ¡Hola, hermanita! – Vance le da dos besos a su hermana para saludarla – Hace apenas unos minutos. ¿Qué tal te encuentras?
- Yo bien, ¿Y tú? – Su hermana le devuelve los besos - ¿Piensas quedarte?
- Tenía pensado quedarme una semana – Vance echa una mirada inquisitiva a su madre – Si no es mucha molestia, claro.
- Por supuesto que no – le responde ésta – Sabes de sobra que nos encanta tenerte con nosotros. Venga, entrad en la casa. Mientras os ponéis al día, yo prepararé algo de comer, ¿qué os parece?
- ¡Pizza! – exclama June jubilosa - ¡Pizza, pizza, pizza!
- ¡De eso nada, jovencita! – Refunfuña casi sin ganas su madre - ¡En mi casa no se come esa comida basura! ¡De ninguna manera!
                   Los dos hermanos entran riendo en la casa, seguidos de su madre. June va agarrada al brazo derecho de su hermano mientras le bombardea a preguntas sobre su persona, que Vance responde de buena gana. Su madre tiene en sus ojos el brillo de la felicidad más grande y pura que existe en el mundo. La felicidad que le da a una madre el ver juntos a sus hijos; sanos, alegres y sin preocupaciones de ningún tipo. Claire Richardson es, en ese momento, una mujer dichosa y feliz.
                   El sol brilla en el cielo. Los pájaros cantan alegres entre las copas de los árboles y una cálida brisa mece suavemente un manojillo de camomilas recién plantadas. Mientras tanto, en la acera de enfrente, un coche negro, con las lunas tintadas y dos ocupantes en su interior, arranca y se pone en marcha. Segundos después, el acompañante del conductor del vehículo marca un número privado en su teléfono móvil y espera a que contesten.
- ¿Señor? Soy Joe. Acaba de llegar. Sí señor. De acuerdo, así lo haremos.
CONTINÚA

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VANCE, EL CAZADOR (CAP. 3)


3 – ENCUENTRO

                   El día se presenta soleado y la gente sale a la calle en busca de los agradables rayos solares. Los árboles que discurren en hilera a lo largo del paseo parecen tener más follaje. Hasta el parque parece estar más lleno de vida que de costumbre. En algunos de los bancos dispersos por él, grupos de madres cotillean entre ellas sobre los chismorreos cotidianos mientras sus hijos, inmersos en sus fantasías y ajenos a ellas, disfrutan de los diferentes aparatos colocados por el parque. Todo el mundo parece feliz.
                   Steve Anderson, un hombre entrado ya en los cincuenta, gafas de pasta color marrón, pelo ya canoso, tez morena y cara surcada por las arrugas, observa a los niños jugando en las diferentes atracciones del parque. Mira al cielo azul y limpio de nubes, donde los pájaros se hacen señores del aire como si de escuadrones aéreos se tratasen, y respira hondo mientras cierra los ojos.
- Bonito día, ¿no es cierto? – la voz le sobresalta y mira a su lado. Un hombre algo más joven que él acaba de sentarse a su lado. Va bien trajeado y observa a los niños con interés disimulado.
- ¿Qué hace usted aquí? – Steve se pone nervioso y mira intranquilo hacia los lados, como queriendo ocultar su presencia al resto de las personas que hay en el parque – Ya les he dicho que les pagaré...
- ... Y el jefe está seguro de que lo hará, señor Anderson – el otro hombre le interrumpe - Créame, confiamos en su palabra.
- Entonces, ¿a qué ha venido usted aquí?
- A recordarle el motivo por el cual no le conviene faltar a su promesa – el hombre saca una foto y se la entrega a Steve, que la recoge con su temblorosa mano – Por su bien, - el extraño se levanta del banco y posa su mano derecha sobre el hombro de Steve – más le vale no faltar a su palabra.
                   Cuando el hombre abandona el parque, Steve observa con tristeza y preocupación mal disimuladas la fotografía. En ella aparece una joven de melena corta y morena, ojos color avellana y una sonrisa radiante. Al dorso de la foto aparece un nombre escrito a mano; “June”.
                   Steve trata de contener las lágrimas que se empeñan en escapar rodando por sus mejillas y aprieta la foto contra su pecho.
- Malditos, malditos, malditos... – balbucea por lo bajo y asustado, temeroso de ser escuchado por oídos indiscretos que puedan delatarle – Perdóname pequeña, perdóname...
                   El día es precioso. Hace calor, los niños juegan alegres, sus madres cotillean despreocupadas, los pájaros vuelan por el cielo azul, el sol es cálido y el horizonte está limpio de nubes. En verdad es un día hermoso; sin embargo, para Steve Anderson no lo es tanto, pues ha descubierto que tiene un problema entre manos que le puede costar mucho más caro que todo el dinero que debe.
                   Con cierta dificultad se pone en pie, guarda la foto en el bolsillo interior de su chaqueta y abandona el lugar con pasos cortos. Se detiene a la entrada del parque y lo observa una última vez en todo su esplendor. Inspira profundamente y se maldice a si mismo por su mala suerte.
- Dios mío... ¡Qué voy a hacer! – agacha pesaroso la mirada hacia el suelo y prosigue su camino.
                   Para él, hoy es el día más triste de su vida; porque se ha dado cuenta de que está solo y nadie puede ayudarle. Nadie.
CONTINÚA

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VANCE, EL CAZADOR (CAP. 2)


2 – AMISTADES

- ¿Jefe? Soy Vance. Ya me ocupé del paquete – Vance suelta una bocanada de humo del cigarrillo que se está fumando y espera a que la pareja que pasea por la calle en ese instante pase de largo para continuar hablando por el teléfono público desde el que está llamando – Sí, sin ningún problema jefe, tranquilo – antes de seguir hablando le da otra calada al pitillo – Por cierto, voy a ausentarme por unos días, espero que no le importe. Sí, quiero visitar a la familia. No, no, no pasa nada grave. Es solo que quiero hacerles una visita. Gracias jefe, le prometo que será solo una semana. Adiós.
                   Vance cuelga el teléfono y suelta otra bocanada de humo. La nube asciende lentamente formando pequeños remolinos que se retuercen y se entremezclan en un amasijo sin armonía. Vance observa a la poca gente que deambula por la ciudad a esas horas de la noche. Su mirada acaba recayendo sobre la entrada de un conocido local nocturno de la zona, llamado “Murasane”. Sonríe para sus adentros y piensa que la noche aún es joven. Arroja el cigarro a medio terminar al suelo, lo apaga con la suela de la puntera de su zapato y se encamina hacia la puerta del local silbando entre dientes “As time goes by”.
                   La entrada del local está custodiada férreamente por dos porteros de aspecto disuasorio. Los dos hombres que montan guardia ante la puerta de doble hoja de cristal opaco son profesionales en su campo, según puede comprobar Vance al verlos trabajar. Uno de ellos es de color y bastante alto, de anchos hombros, cabeza completamente calva, nariz ancha, labios gruesos y mentón ancho. El otro, más menudo que el anterior, es de complexión más delgada, nariz aguileña, mentón afilado y melena negra recogida en una cola de caballo. Ambos hombres visten el mismo traje de color negro. Cuatro personas hacen cola frente a los dos hombres a la espera de recibir el visto bueno de éstos para poder acceder al interior del local. Vance se acerca y se coloca al final de la cola. Los dos gorilas, al verle, se sonríen mutuamente, pues le conocen de hace ya tiempo.
- Que, Vance, ¿de juerga esta noche? – le saluda el hombre bajo.
- Ya ves, Hobs – Vance le devuelve el saludo – Quería ver como estabas, como hace ya tiempo que no me invitas a tu casa.
- ¡Qué cabrón! – Hobs, el de la melena, sonríe abiertamente – Como si no supieras porqué no te invito a mi casa. ¿Debo recordarte lo que pasó la última vez que estuviste?
- Vamos, hombre – Vance le palmea amistosamente en el hombro derecho mientras le estrecha la mano – Seguro que a tu madre ya se le ha pasado el cabreo, ¿no te parece?
- Más quisiera... – Hobs pone un gesto de resignación en su cara – Para que lo sepas, mi padre aún sigue durmiendo en el sofá.
- ¿Todavía tiene castigado al bueno de Joe? – Vance rió a carcajada limpia - ¡Dios santo, Hobs, tu madre es de armas tomar!
- ¡Uy, no la conoces tú bien! Si a ti no te hubiera dado por emborracharte con mi viejo aquella noche, las cosas en mi casa irían hoy mucho mejor, capullo.
- ¿Te lo puedes creer, Mitch? – Vance le da un pequeño codazo de complicidad al grandullón de color – La madre de Hobs se enfadó con el viejo Joe y conmigo solo por emborracharnos un poco. ¡Qué mujer, Mitch, qué mujer!
- ¿Un poco dices, capullo? Le jodísteis la urna donde tenía metidas las cenizas de la abuela; eso sí, después de usarla como cenicero. Yo diría que tiene motivos más que suficientes para enfadarse con vosotros, ¿no te parece?
- Por cierto, ¿recibió las flores que le mandé como disculpa?
- Sí, las recibió, le gustaron mucho y las colocó en el salón, pero de ahí a perdonarte le queda un buen trecho, te lo digo yo.
- Ah… - Vance ríe abiertamente – La verdad es que fue una gran cagada lo de esa noche... Bueno, me voy dentro a visitar a Garibaldi. Cuidaros los dos, ¿de acuerdo?
- Ten cuidado tú también – Hobs le saluda sonriendo – Y no estaría de más que te pasaras un día por casa para disculparte ante mi vieja. Quizás con eso consigas que se le ablande un poco el corazón y te perdone.
- ¿Tú crees que lo haría?
- He dicho que quizás, capullo.
- A cuidarse, señores.
                   El interior del “Murasane” es bastante grande y bien iluminado con luces de varios tonos y colores. Posee una planta inferior y otra superior que rodean a la pista de baile con una pared acristalada. Hay mucha gente esa noche dentro del local. La música envuelve perfectamente el interior del local sin resultar estridente ni atronadora. Grupos y parejas se reparten por doquier entre las muchas mesas situadas por todo el local, al igual que por las barras donde se sirven las bebidas, situadas ambas al fondo de las dos plantas. La barra inferior está flanqueada por dos escaleras, una a cada lado, utilizadas para acceder al piso superior.
                   Vance, tras observar un poco los sugerentes movimientos de las tres go-gós que bailan sobre el podio central circular de la pista, decide subir al piso de arriba por la escalera situada a mano derecha. Una vez arriba, se dirige hacia una puerta custodiada por otros dos gorilas. Vance conoce a uno de ellos, un hombre bajo, de hombros anchos, mentón ancho, bigote poblado, cejas grises muy pobladas y cabello gris cortado a lo cepillo.
- Hola, Jake, ¿anda Garibaldi por aquí?
- Hola, Vance – Jake le devuelve el saludo con una voz grave pero tranquila – Sí, está dentro. Pasa.
                   Cuando Vance se dispone a acercarse a la puerta, el otro hombre, un poco más alto y joven que Jake, le pone mala cara.
- Tranquilo, Elwood, este es de la familia. Déjalo pasar.
- ¿Elwood? – Vance le hace un gesto de incredulidad a Jake, que enseguida le pone cara de perros.
- Sí, sí, ya me han hecho la jodida bromita unas diez veces en lo que va de día. ¡Os podéis ir a la mierda tú y los jodidos Blues Brothers esos!
                   Vance ríe a carcajada limpia ante el cabreo de Jake y abre un poco la puerta, golpea suavemente dos veces en ella con los nudillos y pide permiso para entrar. Una voz algo ronca le saluda desde el interior con un tono alegre y familiar.
- ¡Ah, mi querido Vance, pasa, pasa! ¿Qué te trae por aquí?
- Pasaba por aquí y decidí entrar a visitarle – Vance cierra la puerta y se acerca a darle un abrazo a Garibaldi, un hombre ya cincuentón, pelo canoso, algo gordo y de estatura baja – Me ausentaré unos días de la ciudad y no quería olvidarme de pasar a decirle adiós, señor.
- ¡Te he dicho un millón de veces que no me llames así! – Garibaldi hace un par de aspavientos con sus manos antes de ir a sentarse en el sillón que hay dispuesto tras la enorme mesa de caoba que preside su despacho – Prácticamente eres como de la familia, así que llámame Garibaldi, ¿de acuerdo?
- Sabe que me resulta incómodo tutearle, ¿por qué insiste en que lo haga?
- Porque a mí me resulta igual de incómodo el que me llames señor, solo por eso. ¿Te apetece un puro? – Vance declina amablemente la oferta del señor Garibaldi con un leve gesto de la mano - Ah, es verdad, no te van los puros, lo olvidaba. ¿Cuál es el motivo de tu viaje, muchacho?
- La familia – responde Vance mientras se sienta en una silla que está situada ante la mesa – Quiero ir a visitarles.
- Haces bien, muchacho – Garibaldi coge un puro y le capa con ayuda de una pequeña guillotina – La familia es un bien muy preciado que todo buen hombre debe apreciar y cuidar. ¿Es por algún problema? La visita, me refiero.
- Oh, no, no. No ocurre nada malo. Es solo morriña.
- Ah, ah... – Garibaldi coge un mechero y enciende el puro a base de buenas caladas - ¿Necesitas algo, algún detallito para tu madre?
- Pues, ya que lo menciona... – Vance no puede evitar el sonrojarse ante la inquisitiva mirada del señor Garibaldi – La verdad es que venía a pedirle un pequeño favor.
- Ya estás escupiéndolo por esa boca, muchacho – Garibaldi suelta una gran bocanada de humo y le hace gestos con las manos a Vance para que continúe hablando.
- Necesito que me consiga para mañana alguna joya para mi madre. El día de su cumpleaños no pude asistir por motivos del trabajo y quería compensarla por ello de algún modo. Me serviría algún colgante o algún broche. Nada ostentoso, por supuesto. Yo no tengo mucha idea sobre esas cosas, así que pensé que usted podría ayudarme con ese tema.
- Descuida, le pediré a mi viejo amigo Lenny que te envíe a primera hora de la mañana algo que sea apropiado. Confía en mí, no te preocupes, muchacho. Con todas las veces que me has ayudado con el tema de la seguridad en mi local, es lo menos que puedo hacer por ti, faltaría más. ¿No necesitas nada más?
- No, no. Muchas gracias, señor – Vance se levanta de la silla para irse – Es un placer hablar con usted, señor. Muchas gracias por ayudarme con ese tema.
- Tonterías, muchacho – Garibaldi se levanta igualmente y le da un abrazo – Ya sabes que me encanta tenerte por aquí de visita.
- Gracias de nuevo por todo, señor.
- ¡Que no me llames así, narices! ¿Cómo tengo que decírtelo, en chino?
- Lo siento – Vance sonríe tímidamente ante su torpeza – No puedo evitarlo.
                   Tras tomarse un par de copas y hablar de cosas más mundanas con Jake, Vance decide marcharse a dormir. Tras despedirse de su amigo, y también de Hobs y Mitch, Vance abandona el local rumbo a su apartamento. Por el camino se regodea disfrutando con los sonidos de la noche. Algunos coches tocan sus bocinas, otros hacen rugir sus motores. A lo lejos se escuchan, de cuando en cuando, las sirenas de la policía o de alguna ambulancia. De las puertas de los diferentes locales nocturnos que engalanan con sus letreros luminosos las aceras salen músicas de todos los estilos. En una esquina un mendigo toca lánguidamente un viejo saxofón, arrancándole notas que parecen llorar. Un gato maúlla en el alero de un tejado y un perro vagabundo aúlla tristemente a lo lejos. Vance oye todo eso y se empapa de ello, porque ese es su mundo. La noche le abraza y Vance se deja abrazar por la noche.
CONTINÚA

VANCE, EL CAZADOR (CAP. 1)


Vance, el Cazador. Por El Abuelo.

“Mi mundo es oscuro y febril.
Mi mundo es la noche, llena de sombras y oscuridad.
Mi mundo es la caza.
Me llamo Vance… y soy un Cazador”.

1 – VANCE
                  
                   La noche extiende su oscura mano sobre la ciudad, abofeteándola de paso con su frío aire. En el silencio, mecido por el aullido lejano de un perro vagabundo, el sonido de unos pasos apresurados y una respiración jadeante y ahogada rompen la magia que parece envolver el lugar y el momento. Un gato observa curioso al asustadizo visitante nocturno, olisquea nervioso el aire, maúlla y se aleja de ese sitio, temeroso de algún peligro invisible. El visitante, agotado, confundido y asustado, maldice su suerte al encontrarse de golpe con aquel enorme muro que le impide seguir avanzando. Oye unos pasos y se vuelve aterrado.
- Por favor… - está temblando y asustado cuando se dirige a su perseguidor - … no me hagas nada, ¡por favor!
- Ben, Ben, Ben – el extraño posee una voz profunda y marcada que le confiere a su dueño un halo de peligro – Eso no está bien, muchacho. No está bien tenerme correteando por la ciudad detrás de ti en esta noche tan bonita, pero que nada bien.
- Lo s-siento – Ben balbucea torpemente las palabras – Y-yo n-no quería…
- ¿No querías el qué? – el extraño introduce lentamente su mano derecha bajo el abrigo de cuero negro, con estola negra, que le cubre el cuerpo casi hasta los tobillos y saca una pistola plateada de su interior - ¿Hacerme perder el tiempo buscándote? No te preocupes, no pasa nada Ben, me gusta la caza.
- Joder… - una nueva voz rompe las sombras con un tono seco, arisco y cortante – Dime una cosa, tío, ¿no tenías un atuendo menos rebuscado para ponerte?
- ¿Quién eres? ¡Sal para que pueda verte, condenado! – el perseguidor del hombre llamado Ben escruta nervioso entre las sombras que envuelven el callejón.
- Creo que he visto a más de cinco malos de series animadas vistiendo un abrigo parecido al tuyo. En serio, colega, ¿compráis la ropa en la misma tienda?
- ¡Quienquiera que seas, sal! – grita el hombre del abrigo largo apuntando con la pistola en varias direcciones.
- Tranquilo, hombretón – el desconocido ríe dejadamente – Vas a lograr asustarme.
- ¡Que salgas donde pueda verte, cojones! – el hombre del abrigo dispara una vez a las sombras, tratando de alcanzar al extraño invitado.
- Oh, vamos, ¿quieres hacer el favor de no ponerte nervioso? – la voz del extraño, por su parte, denota una absoluta tranquilidad en su estado de ánimo – Por el amor de Dios, se supone que eres un asesino de sangre fría, un tipo frío y sin escrúpulos, ¿no es así?, ¿qué pensarán de ti tus víctimas si te ven ponerte nervioso en cuanto oyes otra voz que no es la tuya?
- ¡Maldito cabrón! – el hombre del abrigo dispara dos veces más contra las sombras, en busca de su invisible adversario - ¿Dónde te metes, mal nacido?
- ¿Sabes una cosa? Sois los tipos como tú los que le dais una mala imagen a nuestro gremio.
- ¿Por qué no das la cara para que pueda verte, mamón? ¿Quién coño eres?
- ¿Quién soy? – el extraño ríe entre las sombras – Mejor deberías preguntarme qué soy, ¿no crees?
- ¡Jódete, cabrón! ¡Te voy a matar! – el hombre del abrigo dispara dos veces más a las sombras.
- Mi mundo es oscuro y febril – la voz del extraño adquiere un tono grave y oscuro cuando habla ahora - Mi mundo es la noche, llena de sombras y oscuridad – de repente algo brilla en las sombras y un siseo metálico recorre el aire - Mi mundo es la caza. Me llamo Vance… - como por arte de magia, el extremo de una cuchilla plateada sobresale del pecho del hombre del abrigo - y soy un Cazador.
                   El hombre del abrigo se lleva las manos al pecho e intenta arrancarse el cuchillo, pero, segundos después, cae rodilla en tierra y, finalmente, se desploma en el suelo sin vida. Ben ahoga un grito de angustia al presenciar la muerte de su asesino y cae también de rodillas en el suelo, temblando como un perro asustado. Escudriña entre las sombras, tratando de ver a su “salvador”, pero no lo logra. La voz del extraño le sobresalta al oírla detrás de su espalda.
- ¿Eres Ben Bradock, el presidente de Industrias Bradock?
- S-sí, s-sì s-señor… - logra balbucear a duras penas.
- Bien, Ben Bradock – el extraño emerge de entre las sombras, viste pantalón vaquero desgastado, camisa negra corta y una chaqueta corta de cuero negro sobre ella. Lleva melena negra corta, es de complexión delgada, pero atlética, y altura media. Se acerca al cadáver del hombre del abrigo largo y le arranca la cuchilla plateada del pecho. Para sorpresa del aterrado Ben, con un leve gesto de la mano, la cuchilla desaparece en el aire – por suerte para ti, quienes me pagan me ordenaron vigilarte de cerca. Puede decirse, Ben, que eres un tipo con suerte.
- G-gracias, s-señor…
- … Vance, llámame Vance – su extraño salvador le dedica una sonrisa de complicidad – Por cierto, mis jefes de la organización de “La Pirámide”, me han pedido también que le recuerde que no vendría nada mal que usted tuviera a bien “agradecerles” sus servicios con un jugoso donativo a su “empresa”, usted ya me entiende, ¿verdad, Ben?
- P-por supuesto, por supuesto. Cuenten con ello, señor…
- Vance, llámame Vance.
- …Vance, por supuesto, señor Vance – Ben afloja el nudo de su corbata y respira aliviado - Déle las gracias a sus jefes, señor.
- Bien, Ben. En breve recibirá la visita de uno de nuestros “cobradores” en su oficina – Vance desaparece entre las sombras del callejón sin hacer un solo ruido – Por su bien, espero que no olvide lo ocurrido esta noche. Adiós.
- A-adiós – Ben traga saliva y sigue temblando minutos después de que su salvador ya se haya marchado.
                   Con dificultad, se pone en pie y abandona el lugar a toda prisa. Mañana será otro día, piensa para sus adentros. Sí, otro día. Mientras sigue corriendo, piensa en la generosa cantidad que les pagará a sus invisibles protectores. Sí, será una jugosa cantidad.
                   Mientras tanto, en lo alto de un tejado colindante al callejón, Vance observa a Ben alejándose del lugar. Otro trabajo más cumplido, otro cheque más para embolsarse. Mira a la luna llena y sonríe complacido. Le gusta su trabajo. Le gusta la noche. Es un cazador. Y es el mejor en su trabajo.
CONTINÚA

69 SOLEDADES


69 SOLEDADES. Por El Abuelo.

                  
                            El sol hoy parece haberse escondido en una cueva, pensó para sus adentros Rafael. Mal día para salir a la calle, farfulló para sí mientras se retiraba de la ventana con pasos cortos y apoyándose sobre su vieja cachava de madera de roble envejecido. Acercándose hasta la vieja chimenea de ladrillo de barro cocido de color rojizo, tomó del suelo un viejo taco de madera y lo arrojó al fuego, arrancándoles a las tenues llamas un chisporroteo de vida. El fuego, abrazándose al taco de madera, pareció cobrar intensidad y Rafael acercó sus temblorosas manos a las llamas para, de ese modo, robarles algo de calor con el que poder templar sus fríos dedos.
                            Después, siempre con pasos cortos y cansados, se acercó hasta la vieja mesa de roble, cubierta con un viejo mantel a cuadros rojos, de colores ya gastados por los años, y que presidía la pequeña cocina en la cual él hacía su vida en los duros inviernos. Sentándose en el pequeño y también viejo taburete de madera de pino, tomó entre sus manos la torta de pan y, ayudándose de un gastado cuchillo de cocina, de mango remendado con un trozo descolorido de cinta adhesiva negra, cortó un pequeño trozo de pan y se lo metió en la boca con ayuda de sus temblorosos dedos.
                            Masticó el trozo de pan pausadamente, sin prisas, degustando con tranquilidad su sabor. Cogió la jarra de barro cocido donde guardaba el vino tinto y echó un trago para ayudar a pasar el  trozo de pan. La tos hizo acto de presencia y Rafael vió como era interrumpida su comida por el molesto coscojo, producto de la no menos molesta tos. Tras un par de carraspeos más, se aclaró la garganta con un nuevo trago de vino, que esta vez le supo más a gloria que de costumbre.
                            Mirando nuevamente a través de la ventana, pues la mesa quedaba justo frente a ella, Rafael vió que seguía lloviendo y dejó divagar a su mente libremente...  Y comenzó a recordar otros tiempos, ya casi perdidos en su memoria, en los cuales el clima le traía sin cuidado... Recordó aquellos días en los que se subía hasta lo alto de la montaña, simplemente para disfrutar de las preciosas vista del valle, que la montaña ofrecía a cuantos gustasen de coronarla. Recordó los baños en el río al atardecer, bañando su cuerpo no solo con las refrescantes aguas del río, sino también con los cálidos rayos de sol del atardecer.
                            Recordó a los viejos amigos de armas, muertos todos a causa de la guerra. Recordó las fiestas del pueblo vecino, a las cuales él solía acudir con sus amigos... Y, sobretodo, la recuerda a ella, a su querida Irene, la que fuera su esposa hasta hace seis años...
                            Irene ya no está. Murió a causa de unas fiebres contraídas en el invierno. Dicen los lugareños que, si el invierno no te mata en la montaña, lo hará el aburrimiento y, sino, nada lo hará... Pues a Irene la mató el invierno.
                            Cada vez que la recuerda, a Rafael se le hace un nudo en el estómago y la tristeza se le agarra al corazón. Irene era su mejor razón para desafiar al tiempo. La mejor carta de su baraja para ganarle a la vida todos los momentos de felicidad que quisieran. La torre que coronaba su castillo. La bandera por la que batallar orgulloso allá donde fuese.  La única patria por la que dejar la vida. La libertad que rodeaba su mundo... Irene lo era todo para él.
                            Recuerda cómo la pidió en matrimonio justo el mismo día en que la conoció. Ella, por supuesto, rió la alocada ocurrencia de aquel jovenzuelo descarado y desaliñado, pero, no por ello dejó de agradarle tamaño gesto de cortesía hacia su persona. Con los días, nació una gran amistad entre los dos, una amistad que, como suele ocurrir en muchos de los casos, dio paso, meses más tarde, al amor, un amor puro y profundo como nunca antes nadie vió por esas tierras.
                            Del noviazgo pasaron, dos años después, al matrimonio, con una dicha en sus miradas que hasta los más grandes reyes y príncipes del mundo entero sentirían envidia de tal felicidad. A los dos años después llegó a sus vidas el primero de sus hijos, de los tres que habrían de llegar. Por desgracia para ellos, todos ellos murieron jóvenes, a causa de la guerra. Rafael trató de mitigar, en la medida de lo posible, el dolor de su mujer ante la pérdida de sus hijos, pero el pobre hombre poco pudo hacer para ayudar a su esposa, que, rota por el dolor, se fue apagando poco a poco, como se va apagando la llama de una cerilla en una habitación a oscuras.
                            Y, al final, entre la tristeza que la acompañaba a todas partes como una mortecina niñera, y el riguroso invierno que se arrastró por aquellas tierras aquel año, Irene enfermó. Tras unos meses de convalecencia, sucumbió ante la enfermedad y dejó solo al desconsolado Rafael que, a partir de entonces, se limitó a ver pasar los días asomado al cristal de su ventana, tal vez esperando ver pasar a Irene para, cogidos de la mano, irse  juntos a lo alto de la montaña y, desde allí, poder contemplar la grandeza del valle que ahora es su prisión.
                            Volvió a mirar a través  de la ventana, seguía lloviendo. Algún día pasará, se dijo para sus adentros... Algún día vendrá Irene a buscarme y nos iremos  juntos a la montaña... Cerró los ojos y se fue durmiendo poco a poco, arropado por el suave calorcillo de la lumbre.

-FIN-