CAMBIO DE LOOK

Bueno, como podéis ver, el blog ha sufrido un pequeño cambio de imágen. Espero que os guste el nuevo look.

ZARKO DE MYZAR. CAPÍTULO 5


Capítulo 5 – Huyendo de Rimtra.

         Dejar sin sentido al guardia fue lo más sencillo. Colocarse sus ropas ya no tanto. El condenado gastaba una talla menos que Zarko y todo le quedaba algo justo. Imposible utilizar sus ropas como disfraz. Solo podrían servirle la capa, el casco y, como mucho, el peto. Rebuscó bien por la habitación y al final encontró sus pertenencias, que eran más bien pocas. En pocas palabras, la espada larga, la daga, su pequeño petate, su chaleco y sus sandalias. Ahora venía la parte más complicada. Salir de la habitación.
         Pensó que, quedándose únicamente con la bolsa del dinero, el petate podía muy bien dejarle allí dentro. La espada y la daga no tenía intención alguna de dejarlas allí, así pues, ideó la manera de llevarlas consigo. ¿La solución? La capa del soldado caído podía serle muy útil.
         Se colgó la capa y se colocó como buenamente pudo el casco en la cabeza. Así, bajo la enorme capa, podía bien disimular la espada y la daga. El peto del soldado, mal amarrado a su cuello, también daría el pego si nadie se fijaba mucho en él. Y listo. Zarko rezó una plegaria a Koyum y, respirando hondo, salió de la habitación.
         Atravesó varios pasillos con paso firme y decidido pero no muy acelerado, para no parecer alguien con prisa por abandonar el lugar, así evitaría levantar sospechas. Llegó a la calle, un enorme patio poblado por varios soldados de Rimtra yendo y viniendo de un lado a otro como hormiguitas hacendosas. Enfrente de Zarko, a unos cincuenta metros más o menos, la puerta de la salida, abierta y custodiada por tres soldados. A pocos metros de los soldados, a su derecha, tres hermosos caballos. Al otro lado de los soldados, las caballerizas y, cerca de ellas, las letrinas de los soldados, un pequeño edificio de madera con dos pequeños ventanucos sin cristales. Cerca de las caballerizas, un joven soldado atendía un puchero puesto sobre un fuego hecho con pequeños troncos de madera apilados entre sí. El cerebro del Myzarino ya tenía preparado su plan de huída.
         Con paso distraído, pero fijo en su objetivo, Zarko se encaminó hacia el soldado del fuego. Al llegar ante él, el muchacho se puso en pie e hizo un saludo militar propio de la milicia de Rimtra, consistente en golpearse el hombro izquierdo con la palma de la mano derecha y después abrir el mismo brazo, doblado en ángulo recto y con el puño cerrado.
- Saludos, señor – saludó el muchacho.
- Saludos, soldado – Zarko saludó igualmente – Descansen. El carcelero necesita su ayuda, soldado. Vaya a las celdas y vea qué es lo que necesita.
         El joven obedeció presto y se fue a cumplir la orden. Zarko disimuló frente al fuego y comprobó que no hubiera nadie observándole. Por suerte para él, allí todos parecían estar ocupados en sus cosas y no parecían tener tiempo para fijarse en nadie más. Mejor así, pensó Zarko, más fácil me lo ponen.
         Con disimulo, pero sin dejar de vigilar a su alrededor, se agachó ante el fuego y cogió uno de los leños encendidos. Dio dos pasos hacia atrás y se colocó ante el ventanal de las caballerizas. Entonces, arrojó el leño dentro de ellos, esperando que cayera encima de paja seca. Se alejó poco a poco del establo y se encaminó hacia la puerta de salida. A los pocos segundos, el humo comenzó a salir por uno de los ventanales de las caballerizas y los caballos comenzaron a relinchar enloquecidos.
- ¡Fuego, fuego! – gritó alguien- ¡Traed agua! ¡Vamos, moveos!
- ¡Vamos, hay que apagarlo! – gritaron los soldados de la puerta.
         Justo y como Zarko se esperaba. Con paso decidido se encaminó hacia los tres caballos y, tranquilizándoles, desató las riendas de uno de ellos, lo llevó hasta la salida y salió andando poco a poco, con el caballo detrás de él. Aún seguía oyendo los gritos de algunos soldados pidiendo que alguien trajera más cubos de agua. Otro gritaba que había que ocuparse de los caballos. Unos metros más adelante, cerciorándose de que nadie le veía, subió sobre el caballo y, espoleándole, salió al galope, atravesando aquella maldita ciudad todo lo veloz que pudo.
         Cuando ya se encontraba a una distancia prudencial de la ciudad, Zarko detuvo a su caballo. Miró hacia la ciudad, una ciudad hermosa en verdad, y se dijo a sí mismo que, en el futuro, evitaría pasar de nuevo por ese lugar de malnacidos. Oteó detenidamente el horizonte. Haría buen tiempo. Puso rumbo hacia el nordeste. Hacia el paso de Fiyendem.
- ¡Espérame, Freyan!  - gritó Zarko para desahogarse - ¡Ya voy para allá, amigo mío!
CONTINÚA

ZARKO DE MYZAR. CAPÍTULO 4


Capítulo 4 – En las mazmorras de Rimtra.

         Los grilletes le hacían daño en las muñecas. Los brazos, en alto durante toda la noche, los tenía doloridos y entumecidos Para colmo, la cabeza también le dolía y le daba vueltas como un molino de viento. Hacía algo de frío y tenía la boca reseca. Y también tenía hambre.      La mazmorra en la que se despertó Zarko al día siguiente era sucia, maloliente y apenas era iluminada por los rayos de sol que entraban en ella a través del pequeño ventanal que había en lo alto del grueso muro de bloques de piedra. Una sucia rata devoraba los restos resecos de un pan negro y enmohecido que quedaban en un viejo y sucio plato de latón dispuesto en una esquina de la no menos sucia celda. El Myzarino gritó a la espera de ser escuchado por alguno de los guardas de la prisión.
- ¡Guardias! ¿Hay alguien por ahí? ¡Guardias!
         Obtuvo silencio como única respuesta.
- ¡Maldita sea! – refunfuñó dejadamente - ¡Carcelero! ¿Así es como tratas a tus invitados? ¿Dejándoles solos y sin atención? ¡Que me devuelvan el dinero, el servicio es pésimo!
- ¡Ya, cállate de una vez, perro! – bramó la voz de alguien que se acercaba a paso veloz por el pasillo.
- Vaya, al parecer te has dignado a hacer acto de presencia ante tu invitado – bromeó Zarko.
- ¿Qué demonios te ocurre, perro del demonio? – el carcelero, ancho de hombros, piel sucia, dientes rotos y cariados, melena larga y sucia, y tripa cervecera, sacó un manojo de llaves y, tras escoger una de ellas, abrió la puerta de la celda de Zarko.
- ¿Puedo saber, sin ánimo de molestarte u ofenderte, por qué diablos estoy aquí encerrado?
- Altercado público. Alteración del orden durante el toque de queda nocturno. Destrozo de mobiliario ajeno. Daños a terceros... – listó el carcelero – En fin, amigo, yo diría que tienes para unos cuantos días aquí dentro.
- ... ¿Me tomas por un idiota Gondariano, o qué? – bramó de nuevo Zarko - ¿Y qué pasa con el otro tipo, el asesino Riskano? ¡Él fue quien lo empezó todo! ¿Dónde lo habéis metido a él, eh?
         El carcelero no dijo nada. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta.
- ¿No oyes, perro sarnoso? –gritó furioso Zarko - ¿Dónde habéis metido al asqueroso Riskano?
- Ese no ha llegado aquí – el carcelero cerró la puerta con llave y se dispuso a marcharse por donde llegó.
- ¿Dónde está tu superior? ¡Exijo verle de inmediato! ¡Vamos, llámale y dile que venga!
         El carcelero no contestó y abandonó el lugar. Zarko rugió cuatro o cinco improperios más, hasta que se dio cuenta de que hacerlo no le iba a llevar a ninguna parte. Tenía que salir de aquella celda a como diera lugar. Y para hacerlo necesitaba todas sus fuerzas.
         Ojeó los grilletes que le sujetaban las muñecas. Muy sólidos. Imposible romperlos, al igual que las cadenas. Se fijó en las argollas que unían las cadenas a la pared. Quizá, pensó el Myzarino, si hiciera fuerza con los brazos tirando de las cadenas, pudiera soltarlas de las argollas. Probó fortuna.
         Agarró una de las cadenas con ambas manos y tiró de ella hacia abajo. Nada. Probó de nuevo. Esta vez apoyó su pie derecho contra la pared, tensó al máximo todos los músculos de sus hombros y sus brazos y volvió a hacer fuerza hacia abajo. Y tiró. Y tiró. Y tiró...
         Y entonces, la argolla cedió. Una mano libre. Ahora solo le quedaba liberar la otra. Tomó aire un par de veces, se relajó todo lo que pudo y volvió a la carga.
         Era ya por la tarde cuando el carcelero comenzó la ronda de la comida. Caminaba tambaleante con un enorme puchero metálico colgando de su mano derecha. De cuando en cuando, habría una celda, entraba en ella, servía la ración del mugriento potaje a su inquilino y salía en dirección a la siguiente celda. Cuando entró en la celda de Zarko, éste parecía dormitar.
- ¿Qué, ya te has cansado de gritar, perro sarnoso?
         El carcelero se mofó del Myzarino y se entregó a la tarea para la que había venido. Fue hasta el plato viejo y sucio de latón y lo rellenó con el mugriento y maloliente potaje del puchero. Fue el último plato que llenaría en vida.
         Aprovechando el descuido y la torpeza del carcelero, que ni siquiera se había percatado de que las cadenas del Myzarino ya no colgaban de las argollas como lo habían hecho hasta el momento, Zarko saltó sobre él y, con un tremendo golpe de sus puños en la espalda, lo derribó contra el muro. Acto seguido, le enroscó las gruesas cadenas al cuello y las apretó todo lo que pudo. El carcelero gemía, gorgoteaba y bufaba tratando de quitarse de encima al Myzarino, pero Zarko estaba colocado en una posición muy ventajosa, sentado sobre la espalda del apurado carcelero, y le resultó inútil cualquier intento. Segundos después, el carcelero dejaba de respirar y de forcejear.
         Zarko rebuscó entre el manojo de llaves del carcelero hasta que halló la llave que le quitaba los grilletes. Después, para recuperar algo de fuerzas, se obligó a sí mismo a engullir aquel asqueroso potaje del puchero. Una vez saciada su hambre y sus fuerzas ya recuperadas, pensó en la manera de salir de aquella pocilga sin llamar mucho la atención. Observando al fallecido carcelero, se dio cuenta de que eran casi de la misma talla. Entonces se le ocurrió una idea que quizás funcionase.
- Mira por donde,... – se sonrió Zarko mirando al cadáver del difunto carcelero - ...al final me vas a ser útil.
         Dos guardias paseaban por el pasillo hablando entre ellos de cosas ajenas a su trabajo. Uno de ellos parecía quejarse de su mujer. El otro solo se limitaba a reírse una y otra vez ante los comentarios sarcásticos de su compañero. En mitad del pasillo ambos se hicieron a un lado para dejar pasar al carcelero, que caminaba con la cabeza baja y portaba un puchero metálico en una de las manos. Ni siquiera le saludaron, se limitaron a dejarle pasar y continuaron con su camino y su conversación. Cuando doblaron la esquina, el carcelero se detuvo ante la puerta situada a su derecha, la abrió y entró. Era la habitación donde se guardaban los objetos personales confiscados a los presos que se alojaban en la prisión. Un guardia, de espaldas al carcelero, revisaba los objetos. Zarko sonrió ante la buena fortuna que tenía, pues la suerte parecía serle favorable una vez más.
CONTINÚA

ZARKO DE MYZAR. CAPÍTULO 3


Capítulo 3 – Una noche agitada.

         Hacía calor esa noche, y la copiosa cena de la que habían dado cuenta en la posada no hacía más fácil el conciliar el sueño. Zarko, cansado ya de dar vueltas sobre el desconchado colchón de paja y heno, salió al amplio balcón de las tres habitaciones que habían alquilado para esa noche y que dicho balcón comunicaba entre sí. Se apoyó sobre la balaustrada de piedra caliza y contempló el paisaje nocturno de la ajetreada ciudad.
         Reinaba el silencio, roto en ocasiones por el ladrido de algún que otro perro que vagabundeaba por las callejuelas desiertas. Abajo, en la planta baja de la posada, ya no quedaban clientes y el dueño barría los últimos trozos de vasos rotos y restos de comida que hasta hace unos minutos se encontraban esparcidos por el suelo del local. Un par de borrachos se alejaban calle abajo canturreando una vieja canción de guerra mientras se tambaleaban de un lado a otro y se reían a carcajadas. Dos soldados hacían su ronda nocturna y pasaron frente a la posada. El tabernero les saludó y habló animadamente con ellos unos minutos, los que ambos soldados tardaron en beberse dos jarras de vino que el propio tabernero les había servido. Un pequeño “agradecimiento” por parte del tabernero en atención a la protección que su local recibía por parte de la milicia de Rimtra. Zarko continuó contemplando la ciudad unos minutos más. De repente, algo llamó su atención.
         Eran cuatro sombras que se movían por los tejados de los edificios bajos que colindaban con la posada. Se movían, a la par que ágiles, veloces y silenciosos y parecían saber muy bien qué, o cuál, era su objetivo. Zarko también lo supo enseguida. Su objetivo era la posada donde él y sus dos amigos se alojaban esa noche.
         Se agazapó en el balcón y, oculto entre la sombra que ofrecía éste mismo, observó en silencio. Las cuatro sombras llegaron hasta el balcón situado al lado derecho del balcón ocupado por el Myzarino, que escudriñaba entre los gruesos barrotes de piedra de la balaustrada de su balcón a los cuatro extraños. Reconoció enseguida las ropas de los extraños sujetos, y saberlo le intranquilizó bastante. Eran asesinos de Riska, los asesinos más letales y eficaces de la región de Suria. La pregunta más importante que se hacía en esos momentos Zarko era, ¿a quién buscaban en aquella posada?
         Con todo el sigilo del mundo, el Myzarino entró en su habitación y recogió su larga espada y su daga, arrebatada ese mismo día a los bandidos que les asaltaron en el camino, y salió nuevamente al balcón. Los asesinos habían abierto la puerta del balcón y habían entrado ya en la posada. Zarko entró rápidamente en su habitación, la atravesó veloz y salió al pasillo.
         Con sigilo, pero con rapidez, abrió la puerta de la habitación de Freyan y entró en ella. Iba a girarse cuando el frio tacto metálico de un cuchillo apoyado sobre su garganta le hizo detenerse en seco.
- Soy yo, Zarko – susurró en voz baja.
- ¡Por los dioses, Zarko! ¿Qué haces entrando así en mi cuarto a estas horas? – Freyan retiró el cuchillo de la garganta y lo guardó – Casi te rajo el cuello.
- Tenemos visita – le aclaró el Myzarino – estate atento a mi señal para pasar a la habitación del muchacho.
- ¿Por qué? ¿Acaso crees que el muchacho corre peligro?
- No lo sé, pero es mejor asegurase. Nuestros visitantes son asesinos Riska.
- Mal asunto... – masculló Freyan extrayendo nuevamente su cuchillo.
         Zarko entreabrió la puerta del cuarto y ojeó el pasillo. No había nadie, así que, le hizo un gesto a Freyan y ambos, con mucho cuidado de no hacer ruido alguno, atravesaron el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación ocupada por Fedhoram. Zarko la abrió con cuidado y entraron dentro de la habitación. Fedhoram dormitaba a pierna suelta sobre el viejo colchón de paja y heno. Freyan se acercó hasta el muchacho y, tapándole la boca con su mano, le despertó y le hizo un gesto con su otra mano para que guardara silencio.
- Tenemos compañía – le informó susurrando – Prepárate. Nos vamos de aquí.
- Eso no va a ser nada fácil con esos cuatro merodeando por aquí – le informó Zarko – Quedaos aquí hasta que yo os avise.
- ¡Ni lo sueñes! – Freyan se unió a él – Vamos los tres juntos. Si a ti te pasara algo, ¿crees que a nosotros dos solos nos iba a ir mejor?
- Tú no me preocupas en lo más mínimo, pero el muchacho en cambio... – Zarko señaló con la mirada a Fedhoram – No creo que el muchacho esté listo para enfrentarse a un peligro como este. Puede salir mal parado... Y nosotros con él.
- Yo respondo de él. No nos causará ningún problema. Te lo aseguro.
- Seguidme en silencio. Y vigilad vuestras espaldas en todo momento. Vamos.
         Salieron los tres al pasillo, caminando pegados a la pared. Al llegar a la esquina del pasillo, se pegaron a ella y Zarko echó una mirada. Vio a dos de los asesinos, que estaban de espaldas a ellos y así se lo indicó a Freyan con un gesto de su mano. Del mismo modo, le indicó cómo actuar. Zarko atacaría al de la derecha y Freyan al de la izquierda.
         A una señal del Myzarino, ambos saltaron sobre los desprevenidos asesinos y los despacharon enseguida. Zarko atravesó con su daga la espalda de su oponente, dándole una puñalada certera a la altura del corazón. Freyan, por su parte, se encargó del suyo rebanándole el cuello en un abrir y cerrar de ojos mientras le tapaba la boca para que no pudiera gritar. Sin embargo, los otros dos asesinos salieron de improvisto de una de las habitaciones, justo por detrás de ellos.
         Por unos milímetros, Fedhoram logró esquivar el tajazo que le enviaba uno de ellos con su espada. Zarko saltó enseguida para interponerse entre Fedhoram y el asesino, justo a tiempo de parar una nueva estocada lanzada por este último.
- ¡Salid de aquí, rápido! – les ordenó parando la hoja de la espada del asesino con su daga – ¡Les retendré todo lo que pueda!
- ¿Estás loco? – le gritó Freyan - ¡No puedes enfrentarte tú solo a ellos!
- ¡Marchaos! – le ordenó nuevamente Zarko - ¡No me buscan a mí, sino al muchacho!
- ¿Cómo puedes estar tan seguro?
- Porque somos los únicos que se hospedan en esta posada esta noche. ¡Marchaos ya de aquí, vamos!
- Ve al paso de Fiyendem – le susurró al oído Freyan – Te esperaremos allí.
         Freyan agarró a Fedhoram y le sacó del pasillo casi a rastras, pues las piernas del muchacho no dejaban de temblarle. Zarko taponó el pasillo, impidiendo así que ninguno de los dos asesinos que quedaban en pie pudiera atacarles por la retaguardia.
- Y bien, hijos de puta – espetó Zarko - ¿Quién de los dos me va a alegrar la noche primero?
         Zarko observó atentamente a los dos asesinos. Estos, blandiendo dos pequeñas espadas cada uno, sopesaban la amenaza que podría resultar ser el Myzarino. Zarko, por su parte, blandiendo su espada en la derecha y su daga en la izquierda, sopesaba el terreno en el que se encontraban. La angostura del pasillo podía jugar a su favor contra dos oponentes, pero era todo lo contrario. Si bien entorpecería a los dos asesinos, de tal modo que, de querer atacarle habrían de hacerlo en orden y cuidando de no herirse entre ellos, también era cierto que eso le impediría a él mismo atacar abiertamente, bajo peligro de verse con la guardia baja al enfrentarse a uno de los asesinos, con lo cual, el segundo tendría un blanco perfecto.
         Por lo tanto, los tres contendientes estudiaban con atención los movimientos del contrario, a la espera del momento oportuno de atacar. El asesino situado a la derecha de Zarko atacó primero.
         Lanzó una rápida estocada con una de sus espadas y Zarko la detuvo hábilmente con su daga y, con un rápido giro de caderas, lanzó, a su vez, un golpe con la empuñadura de su espada a la cabeza. El golpe hizo tambalearse hacia atrás al asesino, pero su lugar fue rápidamente ocupado por su compañero, que lanzó una serie de rápidos mandobles con sus dos espadas. Zarko los paró todos con la misma rapidez con que el asesino se los lanzaba y, al final, le propinó un fuerte puntapié en la boca del estómago. El asesino se encorvó y cayó al suelo doliéndose. Zarko quiso aprovecharse del momento para rematarle, pero su estocada fue detenida por la hoja de la espada del otro asesino, ya recuperado del golpe en la cabeza.
- ¡Malditos perros Riskanos! – juró Zarko – No se quién os paga, pero os juro por el gran Koyum que venderé cara mi piel y la de ese muchacho. ¡Atacad si queréis, vamos perros!
         El asesino volvió a la carga y lanzó dos mandobles más contra Zarko. El primero le rozó el antebrazo y le provocó un corte superficial. El segundo lo detuvo con su daga y, al tiempo, lanzó un mandoble con su espada, hiriendo en el hombro a su rival, que dio dos pasos atrás agarrándose el brazo herido. Su compañero ocupó el lugar y atacó salvajemente a Zarko. Le lanzó rápidos y fuertes mandobles de espada que hacían retroceder cada vez más al Myzarino. Entonces, Zarko hizo su movimiento.
         En una de las embestidas de su adversario, se apartó a un lado de repente, desequilibrándole por completo. Aprovechó el movimiento para hacerle la zancadilla, con lo cual, logró que el asesino cayera al suelo chocando contra una pared. Fue entonces cuando se encargó de su compañero herido en el hombro. Con una embestida salvaje y veloz, Zarko se arrojó sobre el desprotegido y sorprendido asesino y le lanzó un certero mandoble con la espada, atravesándole el pecho. Apoyando su pie sobre el pecho del asesino inerte, Zarko desclavó su espada. Entonces vio cómo el segundo de los asesinos se ponía nuevamente en pie, recuperándose del golpe recibido hace unos segundos. Zarko sabía muy bien que no podía dejarle marchar, así que, sin pensárselo dos veces, se arrojó lleno de furia contra él. Ambos se abrazaron y cayeron rodando por las escaleras que llevaban a la planta baja del local.
         El asesino se levantó primero, pero Zarko le propinó una certera patada en las espinillas y le hizo caer de nuevo. El Myzarino se levantó ágilmente y cayó sobre la espalda del asesino. De rodillas sobre éste, le golpeó con el puño en la cabeza. El asesino, no obstante, no era manco.
         Con un hábil movimiento de caderas, logró girarse lo justo como para golpear con su codo en las costillas de Zarko y hacerle caer a un lado. Entonces, el asesino se puso rápidamente en pie y le lanzó una patada en la cara, que Zarko recibió de lleno. Zarko se resintió del golpe recibido en la cara, pero eso no le amedrentó en absoluto. Viendo que el asesino echaba a correr hacia la calle, agarró un taburete y lo lanzó contra éste, estrellándose de lleno en su espalda. El asesino cayó estrepitosamente contra una de las mesas destrozándola entera. Zarko se puso en pie de nuevo.
- ¿A dónde ibas, perro cobarde? – le espetó jactancioso - ¡Justo ahora empiezo a divertirme!
         Zarko rugió y se lanzó sobre el caído asesino. Éste, viéndole caer sobre él, usó una llave de lucha y, con sus pies a modo de trampolín, arrojó a Zarko contra otra de las mesas. Ambos se levantaron rápidamente del suelo y se lanzaron al ataque. El Riskano golpeó primero y lo hizo lanzando una serie de patadas altas que Zarko paró a duras penas con sus antebrazos. A su vez, Zarko agarró al desprevenido asesino por el cuello y le propinó un duro puñetazo en los morros.
- Esto es por fastidiarme la noche...
         El Riskano forcejeó para soltarse de la presa de Zarko, pero el Myzarino le tenía bien sujeto. Le lanzó otro puñetazo a la boca.
- ...Y este otro por querer matarme a mí y a mis amigos.
         Zarko alzó por los aires al atontado asesino.
- ...Y esto otro – lanzó al asesino contra otra de las mesas – por ser unos moscones tan jodidamente pesados.
         El cuerpo del asesino se estrelló ruidosamente contra la mesa y los taburetes de madera, haciéndolos añicos. Aún así, se levantó tambaleante.
- ...Oh, vamos – Zarko agarró otro taburete y se lo lanzó también - ¡Cáete ya!
         De repente, algo le golpeó en la cabeza y sintió cómo perdía el conocimiento. Pudo oír unas voces antes de caer en la oscuridad total.
- ...Amarradlo bien... A ese... ...también.
- ... ¡Cuidado..., va... armado!
CONTINÚA

ZARKO DE MYZAR. CAPÍTULO 2


Capítulo 2 – Rimtra y sus gentes.
                           
         El trío de jinetes continuó a buen ritmo su caminar y ya entrada la tarde, llegaron a las afueras de Rimtra, la antigua ciudad del sur de Careón, famosa por sus burdeles y sus mujeres.
- Mal sitio para quedarse – masculló Zarko con mal gesto en su cara – Pero, si queremos que estos animales descansen, no nos queda otro remedio que pasar aquí la noche.
- Podríamos seguir hasta Fueden – propuso Freyan – En un principio, esa era nuestra intención.
- Y sería una buena idea si no fuera porque estas no son nuestras monturas y ya estaban algo cansadas cuando nos hicimos con ellas – Zarko desmontó de su caballo – Vamos.
- No me apetece mucho pasar aquí la noche – Freyan le imitó – Pero creo que tienes razón. Descansemos aquí esta noche.
- ¿Por qué le haces caso, Freyan? Deberíamos seguir hasta Fueden - protestó el malhumorado Fedhoram.
- Sabes de caballos menos que de modales, muchacho – le espetó Zarko con una sonrisa dibujada en su cara – Tal y como está tu caballo, al que, por cierto, has espoleado más de lo debido durante el corto trayecto que hemos hecho, el pobre animal caería reventado de cansancio en menos de dos horas. Resultado; estarías sin montura en medio de la nada y sin lugar alguno donde pasar la noche más que al raso. Y créeme si te digo que las noches al raso, en esta época del año, son demasiado frías aún.
         De mala gana, Fedhoram desmontó de su caballo y siguió a sus compañeros. La enorme muralla de piedra blanca caliza que rodeaba a la ciudad abrió sus dos enormes portalones de madera para darles la bienvenida. La ciudad demostraba ser un lugar lleno de vida y sus gentes, de todas las razas conocidas, iban y venían de un lugar a otro en el trajín de su devenir diario. Unos mendigos por aquí, unos mercaderes por allá. Vendedores de esclavos por un lado, predicadores de antiguas creencias por el otro. Putas en un lado, borrachos en el otro. Rimtra estaba bien curtida y poblada de las razas de más bajo calibre en todo el mundo conocido. Nadie prestaba atención a los tres desconocidos recién llegados de no se sabe dónde. En Rimtra, todo el mundo era bien recibido. Salir de allí ya era otra cosa bien distinta.
         Los tres viajeros caminaban por la calle principal de la ciudad envueltos entre un barullo de gente. Algunos vendedores emboscaron al joven Fedhoram tratando de enjaretarle las más variopintas mercancías. Collares de perla falsos, baratijas de latón y cobre, pulseras de cuero con abalorios de múltiples formas, velos de varias clases de tela y color, juguetes de madera toscamente tallados. El muchacho no daba crédito a cuanto a su alrededor sucedía. Los poderosos brazos de Zarko lo salvaron de aquella marejada de vendedores posesos.
- Vigila bien tu bolsa, muchacho – mientras le advertía, Zarko sujetó el brazo de un harapiento que se cruzaba en ese momento con ellos y se lo retorció. En su mano había una pequeña bolsa de cuero que devolvió a Fedhoram – Estos malnacidos harán lo posible por hacerse con tu dinero. De una manera o de otra, te lo quitarán.
- No deberíamos haber venido a esta pocilga – Fedhoram se guardó la bolsa – Habríamos hecho mejor si hubiéramos pasado de largo.
- Quizás, pero no habríamos llegado muy lejos. Y lo sabes.
         Continuaron caminando. Zarko, en un par de ocasiones, tuvo que alejar a varios vendedores del muchacho y a un par de desfiguradas y sucias prostitutas que, según le decían, querían “hacerle pasar un buen rato”.
- Olvida a esas – le recomendó el Myzarino – en cuanto cierres los ojos mecido en los brazos de Emudis, el gran dios de los sueños, te despojarán de todas tus pertenencias y ya no las volverás a ver. Ni a ellas tampoco – Freyan acompañó con una carcajada al comentario del Myzarino.
         Llegaron a la plaza principal y, en el centro de la misma, un vendedor de esclavos ofrecía su “género” a los transeúntes y el público que se amontonaba frente al entarimado usado como escenario construido con tablas, tarimas y maderos.
         Frente al entarimado del vendedor de esclavos se alzaba otro entarimado bien distinto. Se trataba de un patíbulo. Sobre él aguardaban la hora de la ejecución cuatro desgraciados. ¿La pena? La horca. ¿El delito? Variados. Uno de ellos fue pillado tratando de robarle su bolsa a un adinerado viajante del sur de Fanry, ciudad que posee una estrecha relación político-comercial con Rimtra. Otro de ellos, una mujer, fue encontrada en la cama con un iniciado de la orden de los Ghensuin, monjes que tienen su templo cerca de Rimtra. El tercero era, cómo no, el propio iniciado. En lo que al cuarto se refiere, baste con decir que tuvo la mala fortuna de echarle encima de la cabeza una jarra de buen vino al jefe de la guardia principal del conde de Visuar.
         Un redoble de tambor, hecho de piel de cabra curtida, anunció el fatídico  momento. El verdugo, un hombre enorme y robusto, aferró la palanca de madera que accionaba las trampillas y tiró de ella. Los cuatro desgraciados cayeron a plomo y sus cuerpos se balancearon en el aire, dando pequeñas sacudidas epilépticas durante unos segundos. Poco después, esos cuatro cuerpos se balanceaban inertes. Freyan no pudo evitar mostrar en su cara un gesto de repugnancia.
         El trío continuó andando y dejó atrás al vendedor de esclavos y al patíbulo. Al final de una calle, el camino se dividía en dos y era flanqueado por varios edificios. Cuatro a la derecha y otros tantos a la izquierda, más uno de mayor altura que el resto, que era el que cortaba y dividía el camino. Se trataba de una posada.
         El edificio, de tres plantas, era de pared blanca caliza, ventanales de piedra con contraventanas de madera roja, tejado de tejas rojizas de arcilla cocida y una gran puerta doble de madera envejecida de abeto pintada de rojo como las ventanas. Frente a la puerta un anciano se balanceaba sobre una vieja mecedora tapando su envejecido rostro con un no menos viejo sombrero de paja raída. Zarko y sus compañeros amarraron a sus caballos en el pretil de madera que había dispuesto para tal menester frente al propio edificio y entraron dentro.
         La planta baja era amplia. Una larga barra para servir, situada al fondo, dominaba la sala. Varias mesas se encontraban colocadas asimétricamente por el local, rodeadas, cada una de ellas, por cuatro o cinco taburetes de madera. Al fondo, una hilera de taburetes demarcaba aún más el espacio gobernado por la barra. Había bastante gente dentro de la posada que, al parecer, ejercía las veces de taberna. Un negocio lucrativo para su dueño.
         Zarko señaló una de las mesas vacías en una de las esquinas y allí se sentaron. Después llamó al tabernero. Éste, bajo, regordete y de rostro rechoncho, bigotudo y colorado, les atendió enseguida.
- ¿Desean algo los señores? – su voz era ronca y algo apagada.
- Para mí – Zarko fue quien habló primero – una jarra del mejor vino que tengas, una fuente de frutas y un buen filete de carne de vaca asado a la parrilla.
- Para mí lo mismo – pidió Freyan.
- Yo solo un filete de vaca, no muy grande, y una jarra de cerveza – habló Fedhoram.
- Enseguida les sirvo. ¿Alguna cosa más?
- Si – habló nuevamente Zarko - ¿Puedes decirnos dónde podemos abrevar a nuestras monturas?
- Oh, no se preocupen por eso los señores – el tabernero esbozó una amplia sonrisa – Por unas míseras monedas de cobre, ocho solamente, mi ayudante se encargará de abrevar a sus caballos y de asearlos un poco.
- De acuerdo entonces, buen hombre – Zarko sonrió – Ahí van las monedas.
         El tabernero recogió las monedas que Zarko puso sobre la mesa y se las guardó en el bolsillo de sus viejos pantalones de tela raída. Después, con un gesto de la mano, llamó a su ayudante, un mozalbete de unos trece años, pecoso, pelo negro como el carbón, tez morena y dientes desiguales y negros y le encomendó la tarea de los caballos.
- ¿Es prudente confiarle nuestros caballos a un extraño? – preguntó Fedhoram cuando el tabernero se hubo alejado de la mesa.
- Tan prudente por nuestra parte como imprudente sería por la suya el jugarnos una mala pasada con nuestros caballos – afirmó Zarko.
- ¿Y qué le impediría el hacerlo?
- Él sabe que, de hacerlo, se arriesga a ser descubierto por nosotros, con lo cual, su reputación se vendría abajo, con lo cual, su negocio se vendría igualmente abajo.
- La vieja regla del “Negocio tan rentable como la reputación del dueño”, tan popular entre los dueños de posadas y prostíbulos – apuntó Freyan.
- Exacto – afirmó Zarko – Aquí en Rimtra, todos saben que, si quieres tener un buen negocio, lo primero que debes de cuidar es tu reputación, después tu imagen y, por último...
- ...las mujeres que alegran la vista a tus clientes - acabó Freyan la frase, riendo a carcajada limpia.
- ¡Exactamente, amigo mío! ¡Exactamente! – rió abiertamente el Myzarino.
CONTINÚA