Ratas del Espacio (Capítulo 4)

4 – RAIKON.

                   Cuando el ascensor acristalado se detuvo bruscamente entre dos plantas, unos segundos después de que Cassidy encerrase en él al encapuchado, una voz metálica y femenina rompió el silencio en el interior del ascensor.
- Esta unidad ha detectado una función anómala en el medio de transporte utilizado por la unidad llamada Raikon.
- Dime algo que no sepa, listilla… – masculló el encapuchado para sus adentros. Luego, añadió en voz alta – Computadora, rebobina archivo de video y pasa de nuevo los tres últimos minutos de grabación.
- Accediendo a la memoria de almacenamiento de la unidad Raikon. Procesando archivo de video. Iniciando visionado.
                   A la orden de la computadora, las imágenes de lo ocurrido en el interior del ascensor en los tres últimos minutos comenzaron a ser emitidas en la retina del cristal óptico del ojo derecho cibernético del encapuchado. Al llegar a un punto concreto de la emisión, este dio nuevas órdenes a la computadora.
- Detén la imagen. Amplia cuadrícula B-3 – la computadora obedeció las instrucciones y amplió la zona indicada de la imagen, donde podía verse una figura algo borrosa reflejada en el cristal del ascensor – Limpia imagen – A la nueva orden dada, la computadora aplicó a la imagen un abanico de filtros. Tras breves segundos, la imagen quedó perfectamente clara y nítida. En ella podía verse el rostro de Cassidy, fuera del ascensor – Analiza la imagen y busca datos.
- Analizando imagen. Buscando datos – la voz metálica de la computadora volvió a llenar el interior del ascensor – Sujeto identificado. Procesando y enviando información obtenida.
                   De nuevo, en el ojo cibernético del encapuchado aparecieron nuevas imágenes. En esta ocasión, junto a varias fotos tridimensionales de Cassidy desfilaron por la retina del mercenario los datos de la biografía completa de su objetivo.
- Olvídate de todo eso – solicitó con tono cansado el encapuchado – Dame una dirección donde pueda localizarle.
- Enviando información solicitada.
- Así que ahí es donde vives, ¿eh, amigo? – El encapuchado esbozó una leve sonrisa en su rostro al leer una dirección – Bien, será mejor que te haga una visita. Después de todo, no nos hemos presentado debidamente, Cassidy.
- Esta unidad sugiere una acción de evasión.
- ¿Ruta de escape más apropiada?
- Hacia abajo. Localizada puerta de acceso al exterior.
- Ya, por si no te has dado cuenta, estamos atrapados dentro del ascensor.
- Esta unidad sugiere utilizar cañón láser del brazo derecho en el suelo metálico del habitáculo ocupado por la unidad Raikon.
- Te he dicho un millón de veces que dejes de llamarme “unidad”. No soy una maldita máquina, ¿te enteras? – se quejó Raikon quitándose el guante largo de cuero beige de su mano derecha y mostrando una mano y un brazo cibernéticos – Aunque la mitad derecha de mi cuerpo sea cyborg, sigo siendo humano – Con un par de movimientos de muñeca de la mano izquierda, Raikon se desencajó la mano derecha y dejó libre la boca de un cañón láser. Apuntó con cautela al suelo, hacia la parte más alejada de la que él ocupaba – ¿Potencia de fuego necesaria para el disparo?
- Esta unidad estima en un quince por ciento la potencia necesaria para lograr el objetivo.
                   Raikon abrió fuego contra el suelo. El fogonazo del disparo del cañón dio paso, después, a una pequeña humareda que invadió el interior del ascensor. Segundos más tarde, en el suelo podía verse un boquete lo bastante amplio como para que Raikon se colase por él. El encapuchado, para asegurarse, se asomó a través del agujero.
- Vaya, hay una buena caída… – sentenció con desgana al ver la distancia que le separaba del suelo.
- Esta unidad sugiere utilizar el cable de acero del enganche del cinturón.
- Eso ya lo sabía, lista – masculló Raikon al oír la sugerencia de la computadora – No hace falta que me des sugerencias para todo, máquina estúpida.
                   Accionando un resorte oculto en su cinturón, Raikon extrajo de su hebilla un dispositivo metálico con forma de disco de tres centímetros de diámetro, por dos de grosor, sujeto a un fino cable de acero. Lo acercó a la banda ancha de metal que rodeaba el ascensor a la altura de la cintura y lo pegó a ella por medio de un electroimán incorporado en la base del disco. Tras esto, el mercenario se colocó nuevamente en su sitio la mano cibernética y se enfundó el guante de cuero. Acto seguido, se descolgó con el cable por el hueco del ascensor hasta llegar al suelo, donde se encontró con las puertas de cristal cerradas y bloqueadas.
- Mecanismo de apertura exterior averiado – le informó la computadora – Imposible acceder a las puertas por medios electrónicos. Esta unidad sugiere…
- … Cállate ya, por favor – la interrumpió Raikon. Con un golpe del brazo cibernético, el cristal de la puerta se resquebrajó y se hizo añicos en el punto de impacto. Dos golpes más y el agujero resultante era lo bastante grande como para poder salir por él - ¿Ves qué fácil? – espetó Raikon con sarcasmo – Y ahora, hagámosle una visita a nuestro amigo Cassidy.
- ¿Puede esta unidad sugerir una ruta rápida para llegar hasta el objetivo?
- Puedes – respondió Raikon – De hecho, ya estás tardando en dármela.
- Accediendo a base de datos. Consultando mapas de la zona. Creando ruta. Ruta establecida y comprobada. Tiempo estimado de llegada: veintidós minutos, treinta y cinco segundos.
- Bien – asintió Raikon – Envíame la moto-jet, el multi-bastón y un cuchillo nuevo.
- ¿El cuchillo marca Acme? – preguntó la computadora.
- Muy graciosa – contestó Raikon haciendo una mueca burlona – Desconecta módulo de voz hasta nueva orden.
- Computadora desconectando módulo de voz en tres, dos, uno, cero…
CONTINÚA

Ratas del Espacio (Capítulo 3)

3 – PAQUETE ESPECIAL

                   A la mañana siguiente, en un pequeño cubículo-apartamento situado en las afueras de la misma ciudad, amanecía un nuevo día para nuestros dos amigos.
- ¡Ouch…! – Despertar con un bombo gigante aporreándote el interior de tu cabeza no es nada agradable. Cassidy pudo comprobarlo en sus propias carnes al despertar esa mañana y sentir el punzante dolor atravesándole el entrecejo. La bolsa de hielo colocada sobre su frente, derretidos ya la mayoría de los cubitos que hubiera anteriormente dentro de la misma, no ayudaba en nada a mitigar el dolor.
- Vaya, ya has despertado – Mortimer se acercó a la cama de su amigo y le levantó la bolsa de la cabeza – Bueno, al menos el chichón se ha bajado.
- ¿Qué ha…?
- ¿…Pasado? – Mortimer acabó la pregunta por su amigo – Je, je, je. Agradécele tu dolor de cabeza a Renata… ¡Vaya fuerza que tiene esa mujer!
- ¿Renata? – Cassidy intentó asimilar la información de su amigo, pero una nueva punzada de dolor en su cabeza se lo impidió - ¿De qué diablos estás hablando? Yo me estaba peleando con un tío, un tío enorme… Ouch.
- Oh, sí – le contestó Mortimer sonriendo – Y le ganaste, ya lo creo que sí. Por desgracia para ti, la patada que le propinaste en el pecho le lanzó contra el escenario… y seguro que recuerdas quien estaba en el escenario en ese momento, ¿verdad? – Cassidy puso cara de circunstancias - ¡Exacto, Renata! Aquel enorme bendar la cayó justo encima, echando a perder su maravillosa actuación. Bajó del escenario hecha una auténtica furia, te levantó en alto como si fueras una silla… ¡y te arrojó contra una de las paredes del local como si fueras un dardo lanzado contra una diana! – Mortimer soltó un par de risillas - ¡Qué mujer, señor, qué mujer! Has estado durmiendo desde entonces, compañero.
- Pásame un par de píldoras, ¿quieres? – Cassidy se frotó la cabeza para mitigar el dolor mientras su compañero iba en busca de las píldoras - ¿Llamó ya Yugo?
- No – contestó Mortimer desde una habitación contigua alzando un poco la voz.
- Genial – espetó con desgana Cassidy – Ahora tenemos que estar pendientes de que ese enano nos llame…
                   Mortimer volvió con un par de píldoras en la mano, una roja y una azul, y un vaso de agua en la otra. Cassidy cogió las píldoras, se las llevó a la boca y, con un trago de agua, las ingirió sin dificultad.
- ¿Te apetece desayunar algo?
- ¿Qué tenemos?
- Huevos y bacón.
- ¿Otra vez? – Cassidy se frotó de nuevo la cabeza. El dolor había remitido un poco, pero todo le daba vueltas si hacía movimientos muy bruscos. Levantarse de golpe de la cama era uno de esos movimientos. Mantuvo el equilibro a duras penas.
- ¿Te hago mejor una buena tortilla con pimientos? – Le preguntó Mortimer – Aún nos quedan pimientos.
- Como quieras, compañero – Cassidy se encaminó hacia un pequeño frigorífico que tenían en la pequeña sala que usaban como cocina y comedor. Abrió la puerta metálica del mismo y sacó un brick de cartón del interior. Lo agitó un poco para calcular la cantidad de líquido que quedaba en el envase que, a juzgar por el peso, debía de ser poco más de la mitad del mismo – Recuerda que tenemos que comprar más leche. Se nos está acabando.
- De acuerdo, tomo nota – contestó Mortimer.
                   Cassidy abrió el tapón del brick y le dio un pequeño trago a la leche, luego cerró de nuevo el envase y volvió a colocarlo en su lugar. Se estiró un poco para desperezarse mejor. Cuando lo hizo, la cabeza se le fue de nuevo y tuvo que agarrarse al frigorífico para no caerse. Justo en ese momento, el teléfono incrustado en la pared de la cocina, junto a la puerta, emitió dos tonos prolongados. Un par de segundos después, el contestador automático entró en funcionamiento seguido de un tono algo más corto que los dos primeros y ligeramente más agudo. Se oyó un pequeño carraspeo y, acto seguido, la voz de Yugo.
- Sé que estáis ahí, así que iré directo al grano. Podréis recoger el paquete en el muelle de atraque número seis de la compañía Spears. Víctor os entregará allí el paquete dentro de una hora. Recordad que es muy “delicado” – Yugo hizo especial hincapié en la última palabra. Tras ello, colgó y el teléfono emitió dos nuevos tonos, más cortos y graves esta vez.
- ¿La Spears? – preguntó intrigado Mortimer - ¿Por qué habrá elegido Yugo un lugar tan público para la entrega del paquete?
- Y yo qué sé… - Cassidy se frotó los ojos con las manos y después bostezó, estirándose – Ahora mismo no estoy para pensar mucho. Venga, será mejor que vayamos para allá.
                   Cassidy cogió su casaca roja de un enganche clavado en la pared a modo de perchero y se la puso, así como también se colocó la pistola Taurus V y su funda en la cadera derecha. Luego, ambos salieron al exterior del cubículo por una ventana que daba a una pasarela metálica, que se conectaba con las otras pasarelas del resto de las cuatro plantas del edificio mediante otras escaleras metálicas. Al llegar a la azotea del cubículo-apartamento, Cassidy sacó del bolsillo de su pantalón vaquero negro un pequeño mando con un botón y lo pulsó. Al hacerlo, uno de los cuatro aerodeslizadores que había aparcados sobre la azotea, con forma de coche sin ruedas, de color rojo y de dos plazas, se puso en marcha y se elevó flotando a unos treinta centímetros del suelo. Los dos amigos se subieron en el vehículo y pusieron rumbo al punto de destino, el muelle de atraque número seis de la compañía Spears.
- Oye - le dijo Mortimer a su compañero antes de ponerse en marcha -, ¿paramos antes donde Kenny? Creo que hoy le llegaba la nueva entrega de “Motor avanti”.
- ¡Das más que hacer que un crío! – se quejó Cassidy.
- Bueno, pero, paramos, ¿no? – repuso Mortimer con cara de inocente.
                   Media hora más tarde, el dúo llegaba a su destino. El lugar estaba bastante concurrido. Pasajeros de naves recién llegadas, o que iban a salir en breve, mozos de carga con distintos equipajes, agentes de seguridad de la compañía y demás clase de operarios típicos de cualquier muelle de atraque, pululaban por allí en ese momento, como hormiguitas afanosas. Mientras descendían por unas escaleras mecánicas, Mortimer trataba de localizar a Víctor en algún lado entre aquel hormiguero humano. Cassidy, por su parte, se limitaba a dejarse transportar por la máquina mientras veía pasar a las personas, sin fijarse apenas en ellas. O, al menos, eso parecía.
- Atención – golpeó disimuladamente con el codo a su compañero en el costado – A la derecha. Junto a la columna grande.
                   Mortimer miró con disimulo hacia el lugar indicado por su compañero, donde pudo ver a un hombre con capucha y una armadura laminada de cuero negro, que les estaba observando también disimuladamente, mientras ojeaba lo que parecía ser un periódico.
- ¿El de la capucha beige? – preguntó para asegurarse.
- Sí – le confirmó Cassidy – No ha perdido de vista la escalera desde que nos hemos subido en ella.
- Vaya, eso significa que nos esperaban…
- A nosotros no – Cassidy le golpeó de nuevo y le indicó la columna contraria, donde podía verse a Víctor apoyado contra ella y de brazos cruzados – Al paquete, más bien.
- Oh, vaya…
- Cuando lleguemos al final de la escalera, no vayas directo hacia Víc, quédate por aquí. Ya te avisaré yo cuando haya pasado el peligro.
- ¿Vas a ocuparte de nuestro guardaespaldas?
- ¿Por qué, quieres hacerlo tú? – le preguntó en tono burlón Cassidy.
- Ni de broma – le respondió su amigo – Todo tuyo. Buena suerte.
                   Al llegar al final de la escalera, y siguiendo las órdenes de su amigo, Mortimer enfiló recto a través de ambas columnas. Cassidy, por su parte, giró en redondo hacia su izquierda, por detrás de las escaleras mecánicas, y se escabulló entre la gente que iba y venía. Víctor, por su parte, aunque les reconoció, no dio muestras de ello en ningún momento. Sus muchos años en el negocio le habían ayudado a saber cuándo había problemas y cuándo las cosas eran seguras a la hora de llevar a cabo este tipo de “encuentros”, por algo era uno de los guardaespaldas con mejor reputación del planeta. Siguió ignorando a la gente, tal y como había estado haciendo hasta el momento, a la espera de ver lo que ocurría.
                   Lejos de la mirada del encapuchado, Cassidy dio un rodeo por la zona, oculto entre la gente que iba y venía, para colocarse por detrás de éste y así cogerle por sorpresa.
- No te muevas, amigo – El cañón de la pistola de plasma de Cassidy pegándose a las costillas del desprevenido encapuchado, anunció al mismo su poco ventajosa situación – Ni te gires. Camina lentamente hacia los ascensores. Las manos en donde yo pueda verlas en todo momento. Ah, y me quedaré con esto – Cassidy sacó un puñal de hoja larga dentada que el encapuchado llevaba en una funda sujetada en la cachera de la pierna derecha.
                   Ambos hombres comenzaron a andar encaminándose al lugar indicado por Cassidy. Este no perdía de vista en ningún momento a su prisionero. Cuando llegaron ante los ascensores, Cassidy le ordenó al encapuchado que llamara a uno de ellos. De los tres que había en funcionamiento, el encapuchado llamó al del medio, que tardó en bajar.
- ¿Es que piensas matarme aquí, delante de todo el mundo? – le preguntó a Cassidy.
- Calladito, ¿de acuerdo? – le contestó este – Y no, no voy a matarte. Iba a preguntarte quién te envía, pero seguro que no vas a decírmelo, ¿verdad?
- Por supuesto que no – le contestó el encapuchado - ¿Qué clase de profesional sería si dijera por ahí el nombre de quien me contrata? Perdería reputación, ¿no crees?
- ¿Y tu nombre? – Le preguntó Cassidy – Al menos puedes decirme tu nombre, ¿no?
- Solo si me dices el tuyo – contestó el encapuchado justo en el momento en el que se abrió la puerta del ascensor ante ellos.
- Buen intento, pero no es tu día de suerte. Entra adentro y no te gires.
                   El encapuchado obedeció y entró en el interior del amplio ascensor acristalado tal y como le ordenó Cassidy.
- ¿Y ahora qué? – Preguntó con cierto tono de curiosidad en su voz - ¿Piensas golpearme y abandonarme aquí?
- Hay formas menos “violentas” de dejarte fuera de circulación – le contestó Cassidy – Al menos, el tiempo necesario para salir de este lugar sin que puedas seguirnos. Si mi memoria no me falla, – añadió con aire risueño – cada vez que un ascensor se avería, los técnicos cortan la energía del mismo hasta que solucionan la misma – dicho esto, Cassidy tecleó un número al azar en los botones del cuadro de control interno del ascensor y dio unos pasos hacia atrás para quedar fuera del mismo - Que te aproveche el viaje, amigo. Chao.
                   Cuando el ascensor comenzó a subir, nuestro amigo utilizó el cuchillo de su adversario para destrozar los paneles de control exteriores de las tres puertas de los ascensores.
                   Con el encapuchado fuera de juego temporalmente, Cassidy fue en busca de su compañero. Lo encontró en un pequeño kiosco, charlando amigablemente con el quiosquero. Cuando Mortimer vio llegar a su compañero, le saludó levantando la mano.
- ¡Aquí, Cassidy! Te presento al viejo Archie – Mortimer señaló al hombre que atendía el pequeño negocio, de avanzada edad, pelo escaso y canoso, gafas pequeñas y manchas en la piel – Estuvo con mi padre en Talos VI, durante la campaña de Selar.
- Batallón de la decimoctava, caballero – apuntilló el tal Archie con orgullo – Aquello fue una auténtica carnicería, amigo.
- Encantado, señor – Cassidy le tendió la mano al hombre, que se la estrechó afablemente – Es un orgullo saludar a quien luchó allí. Si nos disculpa, mi amigo y yo tenemos que irnos.
- No te disculpes – contestó Archie – Los jóvenes tenéis que aprovechar bien el tiempo, sí señor. Si yo tuviera vuestra energía, estaría ahora mismo recorriendo la galaxia en pos de aventuras y buenas mozas. Por desgracia, la metralla de una mina se llevó mi pierna derecha y parte de mi salud – Archie se golpeó en la pierna y el golpe sonó a metal – Aquella maldita guerra fue una auténtica barbarie, ya lo creo que sí…
- Adiós, señor – se despidió Cassidy – Un placer conocerle.
- Lo mismo digo – respondió Archie – Hoy en día es raro encontrarse con gente tan amable.
- Adiós, Archie – se despidió a su vez Mortimer con un abrazo – Dale recuerdos a tu hija Sally si la ves, ¿de acuerdo?
- Lo haré, no te preocupes – le dijo Archie – Cuidaros los dos. Y volved por aquí cuando queráis.
                   Los dos compañeros se alejaron del lugar con paso firme. Cuando llegaron a la columna ocupada por Víctor, este ni siquiera se inmutó, simplemente se limitó a enderezarse, puesto que seguía apoyado contra ella.
- ¿Es que pensabais tenerme aquí esperando todo el día? – les preguntó con tono huraño.
- Cassidy ha tenido que hacerse cargo de un “imprevisto” – Mortimer recalcó la última palabra con algo de sorna.
- Sí, ya vi al encapuchado – Víctor miró de soslayo a Cassidy - ¿Y por eso habéis tardado tanto?
- Este – Cassidy señaló a su compañero –, que le da la cháchara a todo el mundo. ¿Y bien? – Añadió a continuación - ¿Dónde está el paquete?
- Seguidme. Es por aquí.
                   El dúo siguió a Víctor, que se encaminó hacia los servicios para hombres. Atravesaron una puerta primero, luego cruzaron por un largo pasillo y, al final, cruzaron por otra puerta. Dentro de la zona de servicios había dispuestas varias puertas, así como varios urinarios anclados a la pared situados frente a las mismas. Víctor golpeó varias veces en una de ellas, con golpes repetidos y siguiendo un ritmo establecido, a modo de código secreto. Tras el último golpe, la puerta se abrió lentamente. Al ver lo que la puerta ocultaba, Cassidy y Mortimer se quedaron con la boca abierta de par en par.
- ¿Este es el “paquete”? – preguntó con asombro Mortimer.
- ¿Estarás de guasa, verdad? – preguntó a su vez Cassidy con cierto mosqueo en su voz.
- ¡Mírame, capullo! – Le indicó Víctor con enojo - ¿Es que tengo cara de estar bromeando?
                   Ante ellos apareció una joven de unos catorce años de edad, pelo corto moreno y revuelto, pantalón negro ajustado, desgastado y roto por varios sitios, con un cinturón de cuero negro lleno de tachuelas, un top rojo que no le llegaba a tapar el ombligo, donde colgaba un piercing con una pequeña estrellita plateada, un pequeño chaleco de tela negra y unas gafas de sol, con cristales marrones ahumados, puestas sobre la cabeza a modo de diadema.
- Hola – les saludó risueña – Me llamo Yuni.
CONTINÚA

Ratas del Espacio (Capítulo 2)


2 – ENCUENTROS Y ENCONTRONAZOS

                   Cassyblanka, antro de mala muerte situado en el barrio más peligroso de la ciudad-cúpula de Satur, del planeta Kaito, situado en el sistema solar de Trekstar. Doce de la noche, hora terrestre.
                   A esa hora, poner un solo pie en ese barrio (y más concretamente en ese local) significa una de estas dos cosas; o bien que necesitas reclutar “mano de obra” para llevar a cabo algún “trabajito”, o bien que los tienes bien puestos. El caso de las dos personas que acababan de entrar por la puerta doble batiente del Cassyblanka bien podría ser el segundo. Eso, y las excelentes bebidas que sirven, además de las exuberantes y exóticas bailarinas que amenizan con sus bailes a la clientela durante la noche.
                   Sin embargo, esta noche, a estos dos visitantes les ha traído hasta aquí algo más que las bebidas y las mujeres.
- ¿Crees que estará por aquí hoy? – preguntó Mortimer poniéndose de puntillas y escrutando a través de la clientela del local, en cuyo techo se acumulaba una densa capa de humo que dibujaba curiosas formas a causa de las diferentes luces que lo iluminaban.
- Desde luego que lo creo – respondió Cassidy, escrutando igualmente por entre la gente – Hoy actúa Renata, y ese pequeño cabrón no se pierde ninguna de sus actuaciones casi nunca…
- ¡Hum…! Me gusta Renata. Canta bastante bien.
- A casi todo el mundo le gusta Renata – corroboró Cassidy a su amigo - ¡Ajá, ahí está! – señaló hacia uno de los lugares menos iluminados del local, situado a uno de los lados del pequeño escenario semicircular que el Cassyblanka disponía para sus actuaciones – Ya sabía yo que Yugo no faltaría hoy a su cita con Renata. Vamos. Saludémosle.
- Vale, – asintió Mortimer siguiendo a su compañero – pero prométeme que podremos oír cantar a Renata. Al menos durante un ratito.
- ¿A qué viene eso? – Preguntó Cassidy algo mosqueado por la petición de su compañero - Ni que yo te lo impidiera.
- No, pero sé cómo suelen acabar nuestras visitas a este sitio… - le contestó Mortimer.
- ¿Ah, sí? ¿Y cómo, tío listo?
- >Pché<… Tú te peleas con alguien, generalmente por culpa de alguna chica, a mí me dan algún puñetazo o golpe que iba dirigido a ti, nos enzarzamos en una pelea contra unos cuantos matones y, al final, acabamos saliendo por patas del local. ¿Se me olvida algo?
- Eres un exagerado – le espetó Cassidy – Eso solo ha pasado en dos ocasiones…
                   Mientras discuten sobre ese asunto, en el rincón que Cassidy había señalado anteriormente, un hombrecillo degustaba un cóctel colorido de sabores distintos, dando pequeños sorbos a través de una pajita de plástico. De cuando en cuando, levantaba la vista hacia el escenario, donde, en ese momento, dos exuberantes kardasianas contorneaban sus caderas al ritmo de una sugerente melodía de flautines y flauta dulce, mientras sus tres pechos desnudos (y es que las kardasianas tienen esa particularidad en su fisonomía) se bamboleaban al compás de sus sensuales movimientos.
                   El hombrecillo mide poco más de un metro diez de altura, tiene el cuerpo raquítico y encorvado, sus pies y manos son largos, pero delgados, la nariz es prominente y con forma de trompetín y sus ojos son pequeños, pero saltones. Se llama Yugo y es un tramposo y oportunista basky, además de un cobarde. Donde exista la posibilidad de conseguir beneficios, allí está Yugo. Y donde va Yugo, va su fiel guardaespaldas y mayordomo para todo, Víctor, al que todos llaman Víc, un terrasiano con un enorme cuerpo lleno de músculos y, cosa extraña en estos casos, bastante materia gris en su cerebro. Pocas veces se despega del basky, y buscar problemas con el enano significa buscar problemas con él. Un mal asunto, vamos. El pequeño basky dio un nuevo sorbo a su bebida y, para su disgusto, comprobó que el líquido escaseaba en su copa.
- Pídeme otro Salieri, Víc – solicitó a su guardaespaldas agitando en el aire su copa casi vacía.
- ¿Otro más? – Preguntó este en tono cansino - Ya te has tomado cuatro, ¿no crees que ya es hora de dejar de beber por esta noche?
- ¡Te pago para que me protejas, no para que hagas de mi madre! – Refunfuñó Yugo agitando agriamente la copa en el aire - ¡Pídeme otro Salieri, venga! Y solo me he bebido tres, que quede claro…
- ¡Cuatro! – Indicó Vic, mostrando en su gruesa mano cuatro dedos abiertos - ¿Te crees que no sé contar, o qué?
- ¡Tres, so cabezón, solo he bebido tres!
- Sí, vale, lo que tú digas… - terció Víc sin ganas de entrar en la discusión.
- Venga, pídeme otro – le ordenó de nuevo Yugo. Justo en ese momento, una sombra se cierne sobre él y le tapa la vista del escenario - ¡Oye, quítate de en medio, que no veo! – Se quejó.
- ¿Qué tal, Yugo? – La voz de Cassidy cogió por sorpresa al pequeño basky - ¿Cómo te van las cosas, eh?
- ¿C-Cassidy? – su voz tembló al pronunciar el nombre.
- ¡Vaya, pero si recuerdas mi nombre! – Contestó con sarcasmo Cassidy – Entonces, supongo que también recordarás que me debes trescientos créditos solares, ¿verdad?
- ¿T-Trescientos c-créditos? – balbuceó Yugo.
- ¿Algún problema con mi jefe? – preguntó amenazador Víc.
- Tranquilo Víc – le calmó Mortimer con una sonrisa forzada dibujada en su cara – Solo queremos hablar con tu jefe, nada más.
- Eso es – corroboró Cassidy sin mirar al grandullón – Solo hemos venido a hablar con tu jefe, Víc. Estate tranquilo, ¿vale?
- Yo decidiré si estoy, o no, tranquilo – sentenció el terrasiano con cara de pocos amigos – Así que no me chulees, ¿de acuerdo?
- Tranquilo Víc – Cassidy desenfundó su pistola de plasma, modelo Taurus V, color rojo cromado, con una rapidez endiablada y apuntó con ella a la cara del sorprendido grandullón – Como te he dicho, hemos venido a hablar con tu jefe. Me caes bien y no me gustaría tener que hacerte daño por su culpa. ¿Estamos?
- T-Tranquilo, Víc – le ordenó Yugo, bajando al mismo tiempo el arma de Cassidy – No pasa nada.
- Sí, je, je… - rió nervioso Mortimer - ¿Lo ves? No pasa nada Víc…
- Bien, vayamos al grano – Cassidy cogió una silla de otra de las mesas del local y, arrimándola a la mesa de Yugo, se sentó frente al basky – Como iba diciendo, me debes…
- … Nos, nos debe – le corrigió Mortimer.
- … Nos debes trescientos créditos solares.
- ¿Puedo saber por qué? – preguntó extrañado Yugo.
- ¿Recuerdas la caja de rifles de plasma que nos vendiste para que nosotros se los vendiéramos a aquellos dos bakurianos?
- Ah, ya… - rememoró Yugo – Doce rifles de plasma, modelo Yukón 5/4. Una buena ganga, ya lo creo.
- ¡Y una mierda! – Rugió Cassidy – Esos malditos rifles no servían ni para matar moscas, y todo porque algún “listillo” les había quitado las células de carga… ¿Tú no sabrás nada de esas células, verdad?
- Oh, vaya… ¿no les puse las células de carga? ¡Qué despiste el mío, vaya! – Fingió Yugo con una mala actuación - ¿Necesitáis esas células? Puedo conseguíroslas por una buena cantidad…
- ¡Tendrá jeta el tío! – bufó Mortimer ante la ocurrencia del pequeño basky.
- Tranquilo, Mortimer – le calmó su compañero – El bueno de Yugo va a pagarnos esos trescientos créditos, ¿verdad que sí, Yugo?
- ¿Por qué crees que voy a hacerlo? – le preguntó el hombrecillo con aire curioso.
- Porque, y corrígeme si me equivoco, - le explicó muy despacio Cassidy – no creo que te guste mucho recibir la visita de esos dos bakurianos a los que estafaste con aquellos rifles inservibles, ¿verdad que no?
- ¡Ey, yo no estafé a esos bakurianos! – Protestó enérgicamente el basky - ¡Fuisteis vosotros quienes se los vendisteis!
- Ah, ah, ah… - Mortimer negó con el dedo índice mientras sonreía con aire malicioso – Nosotros solo hicimos la entrega ¡por encargo del vendedor!
- … O séase, tú – terminó Cassidy la frase - Verás – le aclaró mejor – Cuando les entregamos la caja y vimos que los rifles no funcionaban, les tuvimos que devolver el dinero, pidiéndoles disculpas por las molestias y diciéndoles que nosotros no éramos más que meros recaderos del vendedor, que era anónimo. No se fueron muy contentos, la verdad que no… ¿Lo vas pillando Yugo?
- ¡Malditos fulleros! – masculló éste por lo bajo al entender por dónde iban los tiros.
- Le dijo la sartén al cazo… - apuntilló Mortimer.
- Y bien, ¿cómo piensas pagarnos esos trescientos créditos, amigo mío?
- Bueno, - se excusó Yugo – como verás, aquí no tengo esa cantidad, pero, ¿qué me diríais si os propongo un negocio que podría seros de lo más rentable?
- Mírame Yugo. Mírame bien – le ordenó Cassidy señalándose a sí mismo - ¿Me tomas por idiota?
- En absoluto – se disculpó el basky – Os estoy dando la oportunidad de sacar quinientos créditos por cabeza. Ahora, si no queréis el trabajo, basta con que me digáis que no y punto – guardó una pequeña pausa mirando de soslayo a Mortimer.
- Lo queremos.
- No lo queremos.
                   Ambos amigos respondieron al unísono respuestas contrarias. Tras un par de segundos, fue Cassidy el que volvió a negarse.
- No lo queremos. Conociéndote como te conozco, seguro que es otro truco de los tuyos…
- Pero, Cassidy, son quinientos créditos por cabeza – terció su compañero pensando en la oferta hecha por el pequeño basky – Y, ahora mismo, no es que nuestra economía sea de lo más boyante que digamos.
- ¿Vas a fiarte de esta pequeña sabandija? – Cassidy no podía creer que su compañero estuviera pensando seriamente en aceptar la oferta de Yugo - ¡Vendería a su madre solo para quitarse de encima a sus acreedores!
- Pero debes de reconocer que necesitamos ese dinero – Mortimer seguía en sus trece - ¿Qué clase de trabajo sería ese? – preguntó a continuación a Yugo.
- Oh, nada del otro mundo – contestó el pequeño – Se trata simplemente de llevar a una persona a Rankine.
- ¿El asteroide ciudad? – Cassidy sintió cierta curiosidad al oír aquel nombre - ¿Y quién querría ir allí, voluntariamente?
- Mi cliente – respondió Yugo - ¿Os interesa el trabajo o no?
                   Cassidy meditó el asunto durante unos segundos. La experiencia de trabajos pasados le decía que fiarse de la palabra de Yugo sería de tontos, pero, como bien le había indicado su compañero Mortimer hace apenas un rato, su economía personal andaba bastante maltrecha en esos momentos. Y quinientos créditos por cabeza eran demasiados créditos como para ignorarlos así como así.
- ¿Quién es? – preguntó al fin.
- ¿Perdón?
- Tu cliente, - añadió - ¿quién es?
- Oh, nadie importante – contestó Yugo – Una persona que necesita llegar allí cuanto antes.
- ¿Por qué motivo necesitaría nadie ir a Rankine? – Preguntó Mortimer – Allí se esconde la peor calaña de la galaxia.
- Los motivos son cosa de mi cliente – le aclaró Yugo - ¿Aceptáis el trabajo, o no?
- ¿Cuándo cobramos? – preguntó Cassidy.
- La mitad al salir con el “paquete” y el resto a la entrega del mismo – le explicó Yugo – Siempre, claro está, que el “paquete” llegue sano y salvo.
- Te juro, pequeña sabandija, - le amenazó Cassidy – que si me la intentas jugar de nuevo te acordarás del día en que me conociste. ¿Te ha quedado bien claro?
- Como el agua.
- Oh, vaya – Mortimer se dio cuenta de que las luces del escenario habían cambiado de repente, pasando de iluminar el escenario al completo, a iluminar solo una pequeña zona con un único foco, señal inequívoca de la proximidad de una actuación importante - ¡Va a cantar Renata!
- ¡Por fin! – aplaudió feliz Yugo.
                   En el escenario apareció una mujer enorme, de cuerpo rechoncho, brazos y piernas rollizas, pelo rojizo con dos largas trenzas, mofletes colorados, labios grandes y carnosos y luciendo un más que llamativo vestido compuesto por miles de pequeños espejitos que lanzaban en todas direcciones destellos de varios tonos y colores. Cuando comenzó a cantar, su aguda voz de soprano interpretó con maestría una pieza de un aria, cosa esta que logró traer el silencio al interior del abarrotado local.
- Sublime – alabó embelesado Mortimer.
- Maravillosa – apuntilló a su vez Yugo – La voz de un ángel en medio del infierno.
- ¿Dónde recogemos el paquete? – quiso saber Cassidy.
- Mañana os daré todos los datos – le contestó Yugo sin dejar de mirar embelesado a la soprano – Ahora quiero disfrutar de este momento.
- Te espero afuera – le indicó Cassidy a su compañero. Este le hizo un gesto con la mano como si le hubiera escuchado, pero Cassidy dudaba mucho que fuera así.
                   Deseoso de salir del local, odiaba la condensación de humo tanto o más que las canciones de Renata, Cassidy se puso en pie y enfiló hacia la salida. Por desgracia para él, tropezó con la pierna de su compañero y cayó de bruces contra la espalda de otro de los clientes del bar. Era un enorme bendar, con unos brazos llenos de músculos y un tórax y un pecho más duros que el cemento armado, que se levantó furioso y con la camisa empapada por la bebida que el tropezón de Cassidy le había arrojado encima.
- ¡Estúpido humano! – Vociferó cabreado el bendar - ¡Mira como me has puesto! ¿Es que no tienes ojos en la cara?
- ¡Lo siento! – Se disculpó Cassidy – Ha sido un accidente…
- ¡Ay, Dios…! - Mortimer, que había visto lo ocurrido, se llevó la mano a la cara tapándose los ojos, porque sabía cómo iba a terminar aquello - Allá vamos otra vez…
CONTINÚA

Ratas del Espacio (Capítulo 1)


1 – PISANDO A FONDO

- Me encanta esta nave… - El que hablaba era Nicolai Sentura, un hombre de cejas y mostacho poblados, cuerpo voluminoso y capitán de la modesta nave carguero Asteroid que cruzaba en esos momentos el espacio, cerca de la nebulosa de Atreides, bordeando un pequeño campo de asteroides que se cruzaba en su ruta comercial – Ciento veinte toneladas de puro músculo metálico, sí señor.
- Capitán, recibo una señal en el radar.
- ¿Hum? – Nicolai miró de soslayo a su oficial de radar, un muchacho joven, de unos veinte años de edad, veintiuno a lo máximo - ¿De quién se trata?
- Es una nave pequeña, señor – le informó el radar – Se dirige hacia nosotros a mucha velocidad.
- ¡Mason! – rugió Sentura a su oficial de radio.
- ¿Sí, señor?
- ¡A ver si descubres de quién se trata! ¡Y lo quiero saber ya!
- ¡Enviando señal de identificación a la nave, señor! – contestó el oficial, otro muchacho algo más mayor que el anterior.
- Imagen en pantalla, señores – ordenó Sentura a dos de sus oficiales de puente.
- Imagen en pantalla, señor – contestaron éstos al unísono.
          Cuando la imagen de la pequeña nave apareció ante los presentes en el puente, el rostro de su capitán palideció, hecho éste que no pasó desapercibido para su segundo de a bordo, que enseguida se interesó por el bienestar de su capitán.
- ¿Le ocurre algo, capitán?
- ¡Dita sea mi suerte!... – masculló por lo bajo éste apretando los puños - ¿Qué cojones harán por este cuadrante esos dos desgraciados? – Se sentó en su sillón y dio órdenes a la tripulación – ¡Parad los motores! Escudos deflectores al máximo. Activad el camuflaje óptico. Todos atentos – Tras esto, se puso a contar lentamente con los dedos de la mano izquierda, ante la mirada atónita de su segundo.
- ¿Capitán qué…? - El capitán le mandó callar con un gesto de la otra mano. Cuando llegó a cinco, el oficial de radar corroboró sus temores, tal y como parecía estar esperando.
- ¡Se acercan más naves, capitán! ¡Son seis más! ¡Están disparándole a la nave pequeña, señor!
- ¡Tal y como me lo esperaba! – Sentura sonrió lacónicamente y atusó una de las puntas de su poblado mostacho – ¡Agarraos fuerte, muchachos, esto va a ser movidito!
- ¿Quiénes son los de la nave, capitán? – Quiso saber su segundo.
- Se llaman Cassidy y Mortimer – Le aclaró Sentura – Un par de desgraciados con muy mala suerte.
- ¿Es que no vamos a ayudarles?
- ¿¡Ayudarles!? – El capitán soltó una sonora risotada - ¡Tú reza para que esos dos capullos pasen de largo y se lleven con ellos a sus “amiguitos”! ¡Preparaos, ahí llegan! – Y dicho esto, cruzó los dedos de ambas manos, esperando que aquellas naves pasaran de largo y les ignorasen por completo.
                   Mientras el capitán Sentura rezaba para que eso ocurriera, en la pequeña nave sus dos tripulantes discutían acaloradamente.
- ¡¡Es la última vez que voy contigo a una cantina, Mortimer!!
- ¡Sí, claro, échame a mí la culpa! – Rugió el tal Mortimer, un hombre de baja estatura, cabeza calva, mostacho poblado y cuerpo muy robusto - ¿De quién fue la idea de pegarle una patada en los testículos a aquel kauriano, eh?
- ¡Le golpeé en la rodilla, no en los testículos!
- ¿Y dónde te creías que tienen los testículos los kaurianos, eh? – Mortimer fijó su vista en la pantalla del radar, más concretamente en un punto luminoso que parpadeaba mientras se acercaba cada vez más a su nave - ¡Misil a las tres en punto!
- ¡Ya lo veo! – Afirmó su compañero - ¡Agárrate fuerte, trataré de esquivarlo!
                   Cassidy, el compañero de Mortimer, y hábil piloto de aeronaves, zigzagueó con la nave a través de los asteroides del campo que atravesaban en ese momento. Con el segundo zigzag logró su objetivo, que el misil chocara contra uno de los numerosos pedruscos flotantes de la zona, sólo a escasos diez metros de distancia de la pequeña nave, que notó la sacudida de la explosión.
- ¡Fiú!... – silbó Mortimer aliviado – Esa anduvo cerca, compañero.
- ¡Por poco! – Rió complacido Cassidy - ¿Cómo vamos de combustible?
- Psé, psé… - su compañero hizo un gesto de balanceo con la mano izquierda mientras fijaba su mirada en el panel de lectura lateral de la nave – No es que estemos boyantes, pero nos apañaremos. Lo que me preocupa es la bomba de refrigeración de las turbinas.
- ¿Tan mal anda la cosa?
- Digámoslo de este modo; si no paramos enseguida, nos quedaremos sin motores en medio del espacio y perdidos a la deriva en mitad de ninguna parte. Tú decides, compañero.
- ¡Estoy en ello, estoy en ello!
- Pues date prisa, - le apremió su compañero señalando a dos puntos luminosos de la pantalla del radar – porque dos de nuestros amigos se están acercando demasiado.
- ¿Y qué tal si me echas una mano, para variar, y te encargas de ellos?
- ¡Vale, vale! – Mortimer se situó sobre el asiento que controlaba la torreta de dos cañones situada sobre el techo de la pequeña nave – Lo haré, aunque solo sea para que luego no digas que no te ayudo.
- ¡Prepárate, voy a virar en redondo para que los pilles por sorpresa! – le comunicó Cassidy mientras iniciaba la maniobra anunciada.
                   Desde la seguridad de su puesto en el puente de mando de la Asteroid, Nicolai Sentura pudo ser testigo de la hábil maniobra del piloto de la Colibrí, que así se llamaba la pequeña nave pilotada por nuestros dos amigos. Con un sorprendente looping, maniobra agravada por la proximidad de tantos asteroides, la Colibrí se colocó detrás de sus dos perseguidores y, abriendo fuego con la torreta, se deshizo de ellos en un suspiro. Lo que vio después ya no le gustó tanto a Sentura, que se puso de pie, haciendo aspavientos con las manos.
- ¡No, hacia acá no, imbéciles! – Gritó el capitán de la Asteroid sin darse cuenta, al ver que la Colibrí enfilaba directo hacia ellos tras la última maniobra realizada para deshacerse de sus perseguidores, seguidos muy de cerca por las cuatro naves restantes - ¡Virad, mamones, virad!
- ¡Capitán, no pueden vernos…! – le recordó su segundo – Recuerde que tenemos activado el camuflaje. Para ellos no somos más que un punto más entre tanto asteroide suelto.
- ¡Y una polla! – Le espetó Sentura - ¡Puedo apostarme mi cuello y no perderle a que ese cabrón de Cassidy sabe que estamos aquí! ¡Iniciar maniobra de evasión, cagando leches!
- ¡Imposible, capitán! – Le informó su radar – Solo faltan diez segundos para el impacto.
- ¡¡Joder!! – Bramó Sentura agarrando con fuerza los reposabrazos de su asiento - ¡¡Fuego a discreción contra las naves!!
                   Mientras Sentura da la orden de abrir fuego, la Colibrí sigue su rumbo hacia la nave mercante sin percatarse, al parecer, de la presencia de ésta última en medio de su trayectoria… ¿O sí?
- ¡Tenemos algo ahí delante, compañero! – Le informa Mortimer a su amigo señalando al radar.
- ¡Lo sé, lo sé! – Asiente rotundo Cassidy – Mi ojo derecho me lo ha dicho hace unos segundos… ¡Agárrate fuerte que vamos a virar!
                   Tras darle el aviso a su compañero, Cassidy realiza la maniobra, justo en el mismo momento en el que la Asteroid abre fuego con sus dos torretas principales, destrozando con sus disparos a las cuatro naves perseguidoras, cuyos restos se estrellan de golpe contra los escudos deflectores de la nave mercante, provocando con los impactos alguna que otra fuerte sacudida en la estructura de la misma.
- Informe de daños – Solicitó el capitán Sentura a su tripulación.
- ¡Nada grave, señor! – le informaron por el intercomunicador desde la sala de motores – Solo se han reventado un par de tuberías y se ha sobrecalentado el generador auxiliar, pero no es nada que no podamos arreglar en una media hora como mucho.
- Bien, poneos a ello – solicitó Sentura – Abrid un canal de comunicación con la nave pequeña.
- Enseguida, capitán.
                   A bordo de la Colibrí, sus dos tripulantes respiraban aliviados, tras ver cómo sus perseguidores se desintegraban contra los escudos protectores de la nave mercante, que había aparecido de repente ante sus narices y que Cassidy pudo esquivar hábilmente.
- Esa maniobra ha sido muy arriesgada, compañero – le comentó Mortimer a su amigo – Suerte de tu ojo derecho cibernético…
- Ey, estamos a salvo, ¿no? – Le rió Cassidy - ¿Qué más quieres? Oh, vaya…
- ¿Qué ocurre ahora?
- Estamos recibiendo una llamada desde esa nave mercante.
- ¿Qué nave? – Preguntó curioso y sorprendido Mortimer - ¿La misma que nos ha salvado involuntariamente el pellejo?
- La misma.
- Habrá que contestarles, digo yo. ¿No te parece?
- ¡Qué remedio! – Cassidy apretó un botón sobre el tablero de mandos para activar la emisora de la radio de la nave. Cuando lo hizo, la voz de Nicolai Sentura llenó el interior de la misma.
- … Nave en ruta, identifíquese, por favor. Repito; nave en ruta, identifíquese…
- Aquí nave Colibrí. - respondió Cassidy - ¿Algún problema?
- ¿¡Y todavía lo preguntas, so cretino!? – Rugió colérico Sentura – Por vuestra culpa esas naves han estado a punto de destrozar la mía… ¿En qué narices estabais pensando, eh?
- Un momento… ¿Sentura? – preguntó curioso Cassidy, al reconocer la voz de su interlocutor.
- ¿Es Nicolai? – Preguntó a su vez Mortimer - ¡Hola, Nicolai! ¿Qué tal te va, viejo amigo?
- ¡¡Dejaros de gilipolleces!! – Rugió nuevamente Sentura - ¿Acaso queríais matarnos con esa alocada maniobra? ¿Estáis locos o qué os pasa?
- No sabíamos que estabas ahí – Le mintió descaradamente Cassidy – Te lo juro Nico.
- ¿Me tomas por imbécil, Cassidy? – La voz del capitán Sentura sonó cansada.
- En absoluto, Nico – respondió Cassidy.
- Largaos de aquí de una vez y que no vuelva a veros nunca más cerca de mi nave, u os destrozaré sin reparos, ¿entendido?
- Esto… - le interrumpió tímidamente el compañero de Cassidy.
- … ¿Qué queréis ahora?
- ¿Podríais pasarnos algo de combustible? Es que andamos algo cortos… – pidió Mortimer - … Por favor.
                   Sentura cortó justo en ese momento la comunicación con la pequeña nave, dejando a sus dos tripulantes con la incertidumbre dibujada en sus rostros.
- ¿Crees que nos dará el combustible? – preguntó con gesto preocupado Mortimer a su compañero.
- No lo sé… - le respondió éste - … Se le notaba algo enfadado.
- Oh, vaya…
                   Ambos amigos se miraron mutuamente durante unos segundos para, al final, prorrumpir en sonoras carcajadas.
CONTINÚA

ZARKO DE MYZAR. CAPÍTULO 14 (Y FINAL)


Capítulo 14 – La Torre de Acinor.

         El interior de la oscura torre estaba totalmente en silencio y no se oía ningún ruido. La sala en la que se hallaban en ese momento era amplia y circular y apenas había luz en ella. Solo una zona de la sala, que era mucho más amplia de lo que el exterior de la torre daba a entender, estaba iluminada. Era el mismo centro de la sala, en cuyo lugar se encontraba un extraño pedestal que sostenía un libro abierto de par en par. A ambos lados del pedestal, flanqueándolo, había dos candelabros de pie alto con forma de calavera, de cuyas cuencas vacías emergían las luces de unas diminutas velas. La atmósfera que envolvía a la sala era ciertamente inquietante y erizaba la piel de los tres presentes.
- No me gusta nada este lugar – apuntó Zarko.
- Ni a mi – añadió a su vez Freyan – Es como si la propia muerte nos estuviera dando la bienvenida a sus dominios.
- ¿Y qué se supone que tenemos que hacer ahora? – preguntó el joven Fedhoram – Por aquí no hay escaleras ni puertas por donde seguir.
- Inspeccionemos el pedestal – indicó Freyan – Quizás el libro nos diga algo.
         Se acercaron al pedestal para examinar de cerca el libro. Zarko, receloso del lugar en el que se hallaban, apoyaba en todo momento la mano sobre la empuñadura de su espada, sujeta a la espalda, en previsión de cualquier eventual ataque por alguna fuerza hostil.
- Examina rápido el libro, amigo – le espetó a Freyan – Quiero salir de este lugar lo antes posible.
- Es Urkiano – dijo Freyan ojeando el libro.
- ¿Urkiano? – le preguntó Fedhoram - ¿Qué es eso?
- El dialecto de los Tarsianos, los cuales, según las antiguas leyendas, fueron los primeros pobladores del mundo. Se dice que su raza desapareció hace varios miles de años. Cuentan que, tras la Guerra de los Tres Reinos, acaecida varios miles de años atrás, los tarsianos se recluyeron en las montañas de Jarrak, la tierra de los hielos eternos, y, poco a poco, desaparecieron de la faz de la tierra, no así su legado cultural.
- ¿Cómo es que sabes tanto de las antiguas razas? – preguntó Zarko.
- Siempre me gustó la Historia – respondió Freyan.
- ¿Y qué dice el libro, maestro? – preguntó a su vez Fedhoram.
- Poca cosa – aclaró su mentor.
- ¿Alguna manera de salir de esta sala? – preguntó Zarko.
- No lo se – respondió Freyan de nuevo – Lo que dice carece de sentido alguno. Escuchad;
         Caminante del exterior, que anhelas el poder.
         Del ayer harás tu sino para forjar tu destino.
         Mira al mañana con la fuerza del deber
         y añora tus pisadas perdidas en el camino,
         para encontrar la senda de tu amanecer.
         Sigue tu sombra con valor y sin ver el camino,
         y al perderla, lo que buscas, habrás de ver.”
- ¿Una adivinanza? – Fedhoram parecía contrariado.
- Eso parece – asintió desconcertado su tutor – Pero no se muy bien cómo descifrarla.
- Está claro que esa adivinanza quiere mostrarnos el camino a seguir para encontrar la salida de esta sala – supuso Zarko.
- Eso ya me lo imagino, amigo mío – rió con sarcasmo Freyan – Pero no se a qué diablos se refieren estos versos.
- ¿A lo mejor a los pasos a seguir desde un punto? – dijo Fedhoram.
- Ya, pero ¿desde dónde habríamos de empezar?
- ¿Qué tal la puerta por la que entramos? – sugirió Zarko – El verso habla del “caminante que llega del exterior”, ¿no es cierto?
- Hum… - Freyan sopesó la idea del Myzarino – Puede que no andes muy desencaminado, amigo mío. Bien, probemos. Fedhoram, ponte delante de la puerta y haz lo que yo te diga.
- Bien.
         El joven obedeció y se colocó frente a la puerta a la espera de nuevas órdenes por parte de su tutor.
- Bien – señaló éste último – Ahora, siguiendo las instrucciones de estos versos, deberías de caminar hacia delante siguiendo tu sombra.
- De acuerdo.
         Fedhoram comenzó a andar sin perder de vista a su sombra. Cuando hubo caminado unos diez pasos, ésta cambió misteriosamente de dirección, mirando hacia su derecha.
- ¿Qué hago? – preguntó a su mentor.
- Lógico – contestó éste con una sonrisa – Caminar hacia donde te indique ahora.
         El muchacho así lo hizo y siguió su sombra unos pasos más, hasta que cambió nuevamente de dirección, ahora hacia la izquierda. Varios giros más, hacia varios lados de la sala y, finalmente, el muchacho dejó de ver su sombra en el suelo.
- ¿Y ahora qué? – preguntó con curiosidad.
         Un crujido en el suelo le dio la respuesta. La baldosa sobre la que pisaba en ese momento se hundió levemente y se oyó un clic en el suelo. Acto seguido, un crujido en la pared de piedra les reveló el camino a seguir en forma de gruesos bloques de piedra que emergían de la pared formando una espiral ascendente hasta lo alto de la sala. Ya tenían una escalera.
- Bueno – sonrió Freyan – No ha sido tan difícil, ¿verdad?
- hum… - el rostro del Myzarino mostraba cierta preocupación – Demasiado fácil, quizás.
         Al poco de pronunciar estas palabras, el Myzarino se arrepintió de haberlas pronunciado. Al terminar de formarse la escalera, formada por unos cuarenta bloques de piedra, del techo de la sala se abrió una esclusa y de la esclusa cayó al suelo un enorme cíclope armado con una no menos enorme maza de cabeza cuadrada de granito. Cuando la enorme mole del hercúleo gigante llegó al suelo, las paredes de la sala retumbaron y el suelo tembló con un sonido estrepitoso.
- ¡Por el hacha de Talon, el maldito, mejor me hubiera callado la boca! – maldijo en voz alta Zarko desenvainado su espada - ¡Coge al chico y empezar a subir por la escalera!
- ¡Si, claro! – gritó Freyan desenvainado su arma - ¡Y tú te quedas con toda la diversión! ¡Ni hablar, amigo mío!
- ¡Veamos cómo se enfrenta a los tres juntos esa mala bestia! – rugió a su vez el joven Fedhoram desenvainando su arma y colocándose delante de sus dos compañeros!
- ¡Ni hablar! – dijeron éstos dos al unísono. Y agarrando al muchacho por los hombros, le obligaron a subir a la escalera - ¡Tu vete subiendo, te seguiremos enseguida! – le ordenó Freyan tajantemente.
         El inmenso cíclope levantó en alto su enorme maza y lanzó un poderoso golpe con ella. Zarko y Freyan se hicieron a un lado y la cabeza cuadrada de granito golpeó estrepitosamente contra el suelo, provocando con ello que tanto suelo como pared retumbaran. Al haber fallado su golpe, el bestial mastodonte rugió con fuerza y se preparó para asestar un nuevo golpe.
- ¡Rodeémosle! – le gritó Zarko a Freyan.
- ¡De acuerdo!
         Dicho y hecho, cada uno de los dos echaron a correr en direcciones opuestas. Por desgracia para Freyan, el gigante le había escogido como víctima más asequible en esos momentos. El cíclope alzó la maza y, siguiendo a su presa con la vista de su único ojo, lanzó un nuevo golpe.
- ¡Cuidado amigo! – le avisó a tiempo Zarko.
         Puesto sobre aviso, Freyan hizo un requiebro y, saltando hacia un lado en el último instante, esquivó el golpe de la peligrosa maza. Por desgracia para él, el cíclope parecía estar esperando ese movimiento, ya que, sin previo aviso, se abalanzó sobre el hombre y, golpeándole con su enorme mano de cuatro dedos, lo arrojó violentamente contra la pared. El cuerpo medio inerte de Freyan golpeó violentamente la pared de la sala antes de caer semiinconsciente al suelo. Trató de recomponerse y prepararse para recibir el nuevo ataque de su contrincante, pero el cíclope no parecía estar dispuesto a concederle el tiempo necesario para recobrarse por completo. Con otro rabioso grito, alzó su maza empleando ambas manos y se preparó para asestarle a Freyan el golpe de gracia.
- ¡Maldita bestia! – rugió Zarko - ¡Yo te enviaré al infierno del que te han sacado!
         Con un grito de rabia, el Myzarino saltó sobre tres de los escalones de la sala y, desde esa altura, se lanzó sobre el desprevenido cíclope, cayendo sobre la espalda del gigante. Agarrándose con una mano como buenamente podía, con la otra mano comenzó a lanzar golpes de espada sobre el hombro del gigante quien, si bien no sufría en exceso ante los cortes poco profundos que la espada de Zarko le causaban, si que se sentía molesto por los ataques del Myzarino.
         El gigante trataba de sacarse de encima a tan molesto incordio, pero sus brazos no lograban alcanzar al Myzarino, que disfrutaba de una posición ciertamente ventajosa en cuanto a su adversario. El gigante, viendo que sus movimientos no resultaban nada fructíferos, cambió de táctica. Con toda su furia y toda la fuerza y peso de su descomunal cuerpo, se lanzó de espaldas contra la pared de la sala.
- ¡Ah, perro del demonio, muy astuto! – bramó Zarko, que vio venir las intenciones de su colosal adversario.
         Con un ágil salto en el último momento, Zarko se lanzó al suelo y el cíclope se estrelló contra la pared de la sala sin conseguir su propósito. Rugió nuevamente y golpeó la pared de la sala con su enorme maza. Entonces se lanzó en persecución del Myzarino blandiendo en alto su enorme maza.
- ¡Vamos, perro asqueroso! – le incitó Zarko - ¡Atrápame si puedes!
         El Myzarino echó a correr por la sala con movimientos zigzagueantes y siempre en círculo, para evitar ser un blanco fácil para el enorme y furioso cíclope, que lanzaba en ese momento otro golpe de maza, errando y arrancando del suelo trozos de losa que saltaban disparados en varias direcciones.
- ¡Atráelo hacia aquí! – oyó que le gritaba Freyan, ya recuperado y subido al cuarto de los peldaños de la escalera.
         Zarko hizo caso a las indicaciones de su compañero y engañó al cíclope para colocarle justo donde Freyan quería. Cuando ya estaba en la posición deseada, Freyan se arrojó sobre el hercúleo gigantón blandiendo su espada. Empleando todas las fuerzas de las que era dueño en ese momento, clavó con fuerza su espada y la hundió en el cuerpo del cíclope. Pero su golpe no fue todo lo certero que Freyan hubiera deseado, puesto que, en lugar de clavar la espada en la base del cuello, tal y como era esa su intención, su golpe erró por muchos centímetros y la espada fue a clavarse justo en el hombro del cíclope.
- ¡Maldición! – exclamó con rabia Freyan viendo que su táctica había fallado.
         El enorme y furioso cíclope rugió de dolor y trató, en vano, de despojarse de aquella dolorosa molestia del hombro derecho. Loco de rabia y de dolor, comenzó a golpear ciegamente a todo lo que tenía cerca en ese momento y Freyan tuvo que saltar en dos ocasiones hacia los lados para evitar a la peligrosa maza del gigante.
- ¡Eres mío, un-ojo! – rugió triunfante Zarko.
         Imitando a su compañero, Zarko se dejó caer del mismo peldaño, para, empuñando con fuerza su espada, clavarla por completo, esta vez si, en el cuello de su enfurecido adversario, que, al recibir la dolorosa estocada, rugió guturalmente. El Myzarino, agarrado a las empuñaduras de ambas espadas clavadas en el cuerpo del cíclope, aguantaba férreamente las sacudidas de éste, que trataba, en vano, de deshacerse de tan molesto incordio.
- ¡Ruge, animal, ruge! – gritó rabioso Zarko, al tiempo que arrancaba la espada de su compañero y la sostenía en alto con fuerza - ¡Por Koyum que te haré morder el polvo!
         Sujetándose con la mano izquierda, usó la derecha para hundir la espada de su compañero en el cuello del gigante, junto a su propia espada. Al recibir la nueva estocada, el gigante se sacudió varias veces tratando de deshacerse de su adversario, fuertemente asido a las empuñaduras de ambas espadas. Segundos después, el cíclope se puso rígido de repente, soltó un lastimero y gutural gemido y cayó pesadamente sobre el suelo de piedra. El Myzarino aparecía de pie, subido a la espalda del gigante caído, en actitud triunfal y con ambas espadas en sus manos.
- ¡Por Koyum! – exclamó jubiloso - ¡Ha sido un combate digno de ser plasmado por los versos de mi buen amigo, Azarinus el bardo!
- ¡Y que lo digas, amigo mío, y que lo digas! – corroboró un dolorido Freyan poniéndose en pie.
(Y FINAL, HASTA EL MOEMNTO)