Ratas del Espacio (Capítulo 16)


16 – REUNIÓN.

                   La taberna conocida como el “Ojo de Delcost”, centro neurálgico de los chanchullos y chismorreos más importantes de Rankine, estaba esa noche bien concurrida por la clientela más selecta del asteroide ciudad.
                   El local, amplio y espacioso, presentaba ocho zonas apartadas y separadas entre sí por tabiques, además de por gruesas cortinas de lona que hacían las veces de puertas. El resto del local estaba ocupado por una larga barra frente a la cual habían dispuestos ocho taburetes altos de madera, todos ellos ocupados, diez mesas redondas ocupadas por los clientes más variopintos del lugar y un escenario formado por un entarimado escalonado, en el cual actuaba en ese momento un grupo de bailarinas streapers al sugerente compás de un órgano tocado por un viejo basky que, de cuando en cuando, bebía de un vaso de cristal que reposaba sobre una pequeña mesa dispuesta a su lado.       
Varias camareras skebb, de piel azul, ojos cristalinos de color blanco, orejas puntiagudas y membranosas, colas retractiles y manos y pies con tres únicos dedos, se encargaban de atender a la clientela de la noche, tanto en la barra como en las propias mesas. En ocasiones, éstas se veían obligadas a quitarse a algún pelmazo de encima o, cuando no, a soltarle algún que otro sopapo a los espabilados de turno que osaban tocarlas más de la cuenta, para regocijo de los compañeros del abofeteado en cuestión.
                   Cuando Raikon entró en el local, el intenso olor a alcohol abofeteó su cara y tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para adaptarse al fuerte aroma. Nadie en la sala prestó atención a su presencia en la misma, incluso si hubiera entrado desnudo, ninguno de los allí reunidos le habría prestado la más mínima atención. El mercenario observó detenidamente el local de lado a lado, hasta que sus ojos se detuvieron ante la cortina de una de las zonas reservadas, donde un escuálido rijha, una extraña mezcla entre un orangután sin pelo y un niño humano, le hacía señas para que se acercase hasta allí. Tras pensárselo un par de segundos, Raikon se acercó hasta el lugar indicado por el rijha.
                   El mercenario, apartando a un lado al rijha, se detuvo frente a la entrada del reservado, pero se mantuvo unos segundos bajo el umbral de la misma, observando el interior de la sala, donde ya había otra persona sentada en uno de los tres sofás bajos que rodeaban a una mesa baja de cristal opaco, sobre la que reposaban un cenicero con varias colillas de cigarros en su interior y un vaso y una botella que contenían un líquido verdoso. El desconocido le hizo una seña a Raikon para que tomara asiento frente a él en otro de los sofás. El mercenario obedeció al desconocido.
- Llega tarde – Le informó el desconocido con una voz ruda y profunda.
                   Raikon se dio cuenta que su interlocutor había escogido muy bien el lugar donde sentarse; las sombras que se formaban dentro de la zona reservada jugaban a favor del desconocido que, envuelto por estas, pasaba casi desapercibido dentro de la pequeña sala. Sin embargo, el mercenario también guardaba sus propios ases en la manga; calibrando las distintas lentes de visión de su ojo cibernético logró, en cuestión de segundos, revelar la cara del extraño.
                   Era algo mayor, pelo ya canoso por la zona superior de las patillas y peinado hacia atrás, nariz aguileña, mentón afilado, cuerpo fuerte, de estatura media y un parche de cuero negro tapando su ojo izquierdo. Fumaba en ese momento un cigarrillo que ya estaba medio consumido, al cual dio una nueva calada expulsando, acto seguido, una bocanada de humo por las fosas nasales.
- Le ordené que trajera el paquete con usted – Espetó con voz irritada.
                   Raikon hizo caso omiso a estas últimas palabras y posó sobre la mesa de cristal un teléfono móvil del tamaño de un pequeño pendrive. El extremo inferior del teléfono se desacoplaba del cuerpo principal del aparato, gracias a una fina banda retráctil, para convertirse en el micrófono del mismo. El teléfono solo presentaba en su cara delantera una tecla integrada en la misma y un diminuto altavoz.
- Lo primero es lo primero – Informó el mercenario acercándole el teléfono ya conectado y listo para hablar por él – Tenga la amabilidad de ingresar el dinero acordado en mi cuenta bancaria, por favor.
                   El desconocido torció el gesto de la cara, pero finalmente accedió a la petición de Raikon. Cogió el teléfono y, mediante comandos de voz, entró en su cuenta corriente bancaria e hizo la transacción monetaria a la cuenta que el mercenario le indicó en su momento.
- ¿Satisfecho ya? – preguntó tras finalizar la operación y devolverle el teléfono.
                   Raikon recogió el aparato y, tras comprobar a su vez el estado de su propia cuenta bancaria, se lo guardó en un bolsillo interno de su cinturón.
- Las cosas han de hacerse bien – Apuntó con una sonrisa dibujada en su cara.
- ¿Y el paquete?
- Aquí mismo. Computadora, anula sistema de camuflaje óptico.
- Anulando sistema de camuflaje óptico – Informó la voz de la computadora.
                   Por arte de magia, Yuni apareció de la nada sentada junto a Raikon, mientras el camuflaje que la había mantenido oculta hasta el momento iba desapareciendo poco a poco.
- Vaya – El desconocido pareció sorprendido por la idea de Raikon -, debo reconocer que es usted muy ingenioso.
- Como ya le dije en otra ocasión, guárdese los halagos para otro – Raikon se puso en pie para abandonar la zona – En fin, hasta aquí llega nuestro contrato, ¿me equivoco?
- Desde luego que no – Contestó el extraño – Queda usted libre del trabajo. Fue un placer... – Se detuvo antes de seguir con el cumplido – Espero poder contar con sus servicios en futuras ocasiones.
- Francamente – Raikon le dedicó una mirada vacía -, yo espero no verle nunca más. No se ofenda.
- No se preocupe – Le disculpó falsamente el hombre -, no me ofende.
- Tenga – Raikon le lanzó el dispositivo que controlaba el collar de Yuni
- ¿Para qué quiero esto? – Preguntó extrañado el desconocido recogiéndolo en el aire con una mano.
– Para mantener a raya a la gatita – Raikon señaló el collar de Yuni - Créame, lo necesitará. Adiós.
                   Raikon saludó con la mano y descorrió la cortina de la zona reservada para abandonar el lugar. En ese preciso instante, un golpe recibido en el pecho lo lanzó hacia atrás por encima de la mesa de cristal, empotrándole contra el sofá de cuero, ante la sorpresa de su cliente y Yuni.
                   El mercenario trató de incorporarse de pie y defenderse con su bastón, pero el cañón de una pistola le apuntó directamente a la cara. Una voz conocida le saludó.
- Tiempo sin vernos, ¿eh? – Cassidy le dedicó una sonrisa de triunfo mientras le apuntaba con su pistola de plasma.
- ¿Vosotros? – Raikon parecía sorprendido de verles allí - ¿Cómo diablos...?
- ¿Que cómo te hemos encontrado? – Cassidy terminó por el sorprendido mercenario la pregunta – Muy sencillo; información. La información es muy valiosa, aquí en Rankine, ¿no lo sabías? Ah, ah, ah... – Cassidy le hizo señas con el dedo índice al desconocido, que hizo un gesto extraño – Ni un movimiento, amiguito. Hoy no me siento muy amigable.
- Deberías cuidar bien tus espaldas – Le informó Raikon a Cassidy con una sonrisa dibujada en la cara – En nuestro negocio, esa es una máxima a cumplir a rajatabla, ¿lo has olvidado?
- Borra esa estúpida sonrisa de tu cara, capullo – Le ordenó Cassidy – Nos llevaremos a la chica con nosotros, ¿queda claro?
- Lo dudo mucho – Raikon sonrió una vez más – Computadora, detona bombas dos y cuatro.
- Detonando bombas – Informó la máquina con su metálica voz.
                   Y, de repente, se armó el caos.
CONTINÚA

LITERATURA FANTÁSTICA REGRESA

Bueno, la ausencia ha sido corta, Nigurath regresa con su blog.
Nuevo formato para LITERATURA FANTÁSTICA en su nueva andadura que, espero, sea por muchos años más.
Si te gusta la Literatura Fantástica (o la Ciencia Ficción, o el Terror, o las Sagas Vampíricas) no dudes en visitar el blog, no te arrepentirás.
Bienvenido de nuevo, Nigurath. Ánimo y mucha suerte en este nuevo trayecto.

CIERRAN EL BLOG DE NIGURATH

Pues sí, hoy me he enterado, al ir a entrar en el blog de Literatura Fantástica, que éste ha sido cerrado.
Por suerte, Nigurath promete regresar en cuanto pueda. Desde aqui le mando todo mi ánimo y mi apoyo; gracias a la labor que ejerce con su blog, he sabido de libros y autores que, de otro modo, dudo hubiera conocido.
Repito, ánimo y esperamos que tu regreso sea muy pronto. Suerte.

Ratas del Espacio (Capítulo 15)

15 - INFORMACIÓN.

                   Cuando más entretenido estaba el juego, con Kido formando una cadeneta humana con las chicas a las que iba cazando y tratando de pescar a las que se habían salvado, alguien llamó de nuevo a la puerta. Kido ordenó a uno de sus guardias que investigara a ver de quién se trataba a esas horas. El hombre fue hasta la puerta esquivando a las mujeres que, divertidas, intentaban escapar de la cadena que las perseguía.
                   El guardia abrió de nuevo el ventanuco de la puerta para indagar sobre la identidad del visitante. Cuando lo hizo, descubrió que no se trataba de uno solo, sino de tres, siendo uno de ellos una chica a la que reconoció enseguida.
- Es Irina, señor – Informó a su jefe.
- ¿Irina, a estas horas? – Kido se mostró sorprendido por la visita.
- Viene acompañada por dos hombres a los que no conozco, señor.
- Vaya – Kido meditó por unos segundos esta nueva información – Hazlos pasar. Lo siento mucho, chicas – Se disculpó sonriendo ante las mujeres -, pero voy a tener que interrumpir nuestro juego por hoy. Tenemos visitas.
                   El guardia hizo pasar al interior de la sala a Irina y sus compañeros. Kido los estudió detenidamente. Cuando se fijó en Cassidy, apenas le prestó atención; en cambio, al ver el arsenal que Mortimer portaba a sus espaldas, se acercó a él lleno de admiración.
- ¡Pero qué tenemos aquí! – Exclamó con júbilo - ¡Una Gold Saucer! ¿Me permites, por favor?
- ¿Perdón? – Preguntó Mortimer sin saber de qué iba la cosa.
- Tu escopeta – Le informó Irina -, a Kido le encantan las réplicas de armas antiguas. Al parecer, tu escopeta es una de esas armas.
- ¿Puedo? – Preguntó Kido una vez más, señalando el arma.
- Lo siento – Se negó Mortimer -, a mamá Berta sólo la toco yo. Entiéndalo, es un recuerdo de familia y le tengo mucho aprecio...
- Oh, es una pena... – Kido aceptó la negativa de Mortimer con diplomacia – En fin, me habría gustado mucho tenerla en mis manos, pero supongo que tendré que conformarme simplemente con contemplarla. Qué le vamos a hacer, así es la vida. Dime, Irina – Le habló a la mercenaria sin dejar de estudiar con la vista el arma de Mortimer -, ¿puedo saber a qué debo el honor de tu visita esta noche, querida?
- Buscamos información – Contestó la mujer sin rodeos – Y todos en Rankine saben que tú eres quien maneja la información que recorre sus calles, ¿no es cierto?
- Sí, así es – Kido continuaba estudiando el arma -, pero ¿tienes dinero para pagarme esa información?
- Espero que lo que tengo sea suficiente – Irina arrojó al aire un saquito de terciopelo negro anudado con un fino cordel dorado, que Kido atrapó al vuelo con una mano y sin mirar.
- Con esto sólo te da para hacerme tres preguntas, querida – Le informó Kido tras tantear el peso del saquito en su mano – Piénsate muy bien cuáles van a ser esas preguntas.
- ¿Solo tres preguntas? – Se quejó Cassidy - ¿Qué es esto, un concurso de televisión?
                   Al oír la queja de Cassidy, las mujeres soltaron pequeñas risitas apagadas llenas de asombro ante la temeridad del mercenario. Enfadar a Kido en su propia casa no era, en ningún modo, lo más sensato.
- No – contestó Kido sin siquiera mirarle -, no es un concurso. Es el precio de mi información. Tómalo o déjalo, a mí me da igual lo que hagas.
- ¿Hacer? Te diré lo que vas a hacer – Le informó Cassidy con cierto desprecio – Vas a decirme lo que necesito saber, si no quieres que te lo saque a patadas. Tengo prisa y no estoy de humor para jueguecitos, tío listo. ¿Te queda claro?
                   Las palabras de Cassidy arrancaron pequeños gritos de asombro de las mujeres, que no daban crédito a la osadía del mercenario. Kido, por su parte, detuvo a sus guardias con un gesto, pues estos ya iban a echar mano de sus cimitarras para ocuparse del impertinente visitante. Fue Irina la que actuó con presteza, soltándole un sopapo en plena cara a Cassidy antes de que éste llegara más lejos.
- ¡Idiota! – Le espetó furiosa - ¡Muestra más respeto! ¿Acaso has olvidado que eres un invitado en esta casa? Lo siento mucho, señor Yaisen – La mujer hizo una leve reverencia ante éste para disculparse - Le ruego disculpe a mi amigo. Es la primera vez que viene a Rankine y no sabe nada de este lugar ni de su persona.
- Tres preguntas – Le recordó Kido – Y hazlas rápido, querida; mi paciencia tiene un límite y se está agotando por momentos.
- De acuerdo – Irina dirigió una dura mirada a Cassidy, que se acarició la dolorida mejilla con el dorso de la mano – Yando Yon.
- ¿Hum? –Kido mostró algo de sorpresa al escuchar ese nombre.
- Mis amigos tenían el encargo de traer a Rankine a su hija, ¿sabes qué motivo puede haber para que alguien esté interesado en hacer venir hasta aquí a esa muchacha? Teniendo en cuenta, claro está, que éste no es un lugar muy apropiado para traer a una chiquilla de catorce años.
- Deduzco, dado que no se encuentra ahora con vosotros, que habéis perdido a la chica – Contestó Kido - ¿Puedo saber cómo ha ocurrido eso?
- Nos la birló un mercenario llamado Raikon – Contestó casi sin querer Mortimer.
- Estáis en un aprieto, y de los gordos – Les informó Kido – Es obvio que os han engañado para que trajerais hasta aquí a la joven y hacer salir de su escondrijo a Yando – Teorizó en voz alta - Vosotros perdéis a la hija y aparecéis como únicos culpables ante su padre. Por otro lado, el que os engañó consigue su objetivo; hacer que Yando salga a la luz y así luego ejecutar el siguiente movimiento.
- ¿Qué movimiento sería ese? – Mortimer lanzó la pregunta al aire sin pensarlo dos veces.
- El más lógico – Contestó Cassidy – Canjear a la chica.
- Vaya – Kido sonrió ante la respuesta del mercenario -, veo que, después de todo, no eres tan tonto como aparentas.
- Hasta un niño llegaría a esa conclusión – Le espetó Cassidy aguantándole la mirada – Lo que yo necesito saber es qué es lo que vale tanto como para que alguien se arriesgue a usar a la chica como cebo, atrayendo hacia su persona la ira del padre.
- La Rosa de Alejandría – Respondió Kido - Y, antes de que gastéis inútilmente vuestra última pregunta, os diré que se trata de un diamante; el más caro de esta galaxia. Se cuenta que Yando Yon, junto a cuatro compañeros suyos, entró un día en el palacio de Tan Zar en busca de esa joya. Según dicen los entendidos en el noble arte del robo, ese lugar tiene tantas medidas de seguridad contra ladrones que, entrar y salir vivo de allí es prácticamente imposible.
- Pero Yando logró salir con vida, llevándose el diamante con él, ¿no es cierto? – Apuntó Cassidy.
- Sí – Contestó Kido siguiendo con la historia -, pero a costa de la vida de su amigo Eri Farrenzo, que se sacrificó para salvar a su compañero. Para evitarse muchos problemas, hizo creer al resto de sus compañeros que no lo habían logrado. Tiempo después, la banda se dispersó y Yando Yon vino aquí para ocultarse y desaparecer. Fin del cuento.
- Entiendo... – Cassidy meditó unos segundos la historia contada por Kido. Finalmente lanzó la tercera pregunta - ¿Cuál sería el lugar adecuado para que Raikon le entregara la chica a su misterioso cliente?
- Yo escogería sin lugar a dudas el “Ojo de Delcost” – Contestó Kido – Es una taberna con reservados donde las “buenas gentes” de Rankine pueden tener sus reuniones sin las miradas indiscretas de los presentes. El lugar idóneo para llevar a cabo toda clase de transacciones y asuntos turbios.
- Bien – Señaló Cassidy -, entonces visitaremos esa taberna.
- ¡Genial! Por fin podremos bebernos unas birras... – Apuntó Mortimer alegremente.
CONTINÚA

Ratas del Espacio (Capítulo 14)


14 – KIDO YAISEN.

- ¡Mierda, joder! ¡Mierda!
                   Cassidy golpeó con el puño una de las paredes de la habitación en la cual Raikon había secuestrado a Yuni. La rabia recorría cada parte de su cuerpo y se sentía furioso consigo mismo por haber fallado de forma tan estúpida y estrepitosa en la misión.
- ¿Siempre se da por vencido tan fácilmente tu compañero? – Irina preguntó con sarcasmo a Mortimer, señalando al enojado mercenario.
- Tiene sus días... – contestó Mortimer.
- Bueno – La mercenaria se dirigió ahora a Cassidy -, ¿vas a quedarte ahí lamentándote toda la noche, o prefieres hacer algo útil, para variar?
- ¿¡Algo útil!? – Gritó Cassidy con furia - Por si no te has dado cuenta, señorita “soy más dura que cien tíos juntos”, se han llevado a Yuni delante de nuestras narices, ¡y ni siquiera sabemos a dónde! ¿Qué se supone que podemos hacer ahora, eh?
- ¿Buscarla, tal vez? – Sugirió la mercenaria.
- ¿Y dónde la buscamos, eh? ¿Acaso tienes idea de a dónde se la ha llevado ese mercenario?
- Yo no – contestó sin inmutarse Irina -, pero podemos buscar información que nos ayude a dar con su paradero, ¿no te parece?
- ¿Información? – Preguntó Mortimer curioso.
- Información – Afirmó Irina tajante – Aquí, en Rankine, la información es poder; y yo conozco al tipo que controla toda la información que se mueve por estas calles.
- ¿De quién se trata? – Quiso saber Mortimer.
- Kido Yaisen.
- ¿Un soplón? – Preguntó sorprendido Cassidy.
- Sigue mi consejo – Le aclaró Irina -; si aprecias en algo tu pellejo, no uses esa palabra delante de él. Kido prefiere llamarse a sí mismo “comerciante de información”; dice que le da más clase.
- ¿Dónde podemos encontrar a ese...?
- Kido.
- Kido, ¿dónde vive?
- Por suerte para nosotros, no muy lejos de aquí – Le informó Irina – Vamos. Os guiaré hasta su casa.
                   A poco menos de un kilómetro y medio de distancia de la posada en la que se hallaban nuestros amigos, un hombre, de estatura baja y cuerpo rechoncho, llamaba a la puerta de un edificio de una sola planta, pero bastante amplio. Un ventanuco pequeño se entreabrió en la puerta y por su hueco asomaron dos ojos oscuros que escrutaron al visitante. Desde el interior de la vivienda, una voz ronca le hizo pasar adentro, a lo que el hombre obedeció temblando nervioso.
                    Dentro, en un amplio salón recibidor, podía verse un sofá lleno de cojines. Un hombre le hizo señas para que se adelantara hasta el centro de la sala. El extraño estaba reclinado sobre el sofá; su cabello blanco era largo y llevaba anudada una cinta de color negro en la frente. Estaba vestido con ropas finas, elegantes y caras, donde predominaba el color blanco de la camisa, de mangas amplias, sobre el color negro del pequeño chaleco. En su cintura se veía un fajín de tela ancho y de color negro anudado al costado derecho. El pantalón blanco daba paso a unas botas altas de cuero negro con solapas blancas y hebillas.
                        En su mano derecha jugueteaba con una daga de hoja curva, que lanzaba al aire y volvía a recoger una y otra vez con aire distraído. A cada lado del sofá, dos enormes hombres hacían guardia. Ambos poseían cuerpos grandes y musculosos, pieles bronceadas y cabezas completamente rasuradas. Los dos vestían minúsculos chalecos rojos, pantalones bombachos azul celeste, fajines rojos y unas babuchas negras. De sus fajines colgaban unas cimitarras de hojas largas, curvadas y anchas.
                   Esparcidas a lo largo y ancho de la sala, y también junto a los pies del sofá, sentadas en el suelo sobre cojines de colores y formas variadas, se veía a varias mujeres de distinta raza y color de piel, de belleza arrebatadora y ataviadas todas ellas con provocadores vestidos casi transparentes.
- Acércate, Hick – habló por fin el extraño – Te agradezco que hayas acudido tan pronto a mi llamada.
- S-Señor Y-Yaisen... – Hick parecía muy nervioso ante Kido Yaisen, el dueño de la casa.
- Verás, Hick – Kido continuó hablando mientras seguía lanzando la daga al aire distraídamente – Resulta que tengo un pequeño problema y esperaba que tú pudieras ayudarme.
- ¿Y-Yo, s-señor? – Hick tragó saliva algo nervioso.
- Hace unos días – Kido ignoró el nerviosismo de su visitante -, recibí una información acerca de un envío de armas a una pequeña colonia Hursita – Kido hizo una leve pausa para mirar al tembloroso hombre -; ¿me sigues, Hick? – El aludido palideció aún más al verse señalado por la mirada del anfitrión de la casa – El caso es que yo, con toda mi buena fe y voluntad, utilicé dicha información para llevar a cabo un negocio con uno de mis mejores clientes.
                   La piel perlada de sudor del tembloroso invitado denotaba su estado de nerviosismo, estado agudizado al oír la palabra Hursita. Las mujeres le miraban y cuchicheaban entre sí por lo bajo, soltando pequeñas y casi inaudibles risitas de vez en cuando.
- Y-Yo... – Balbuceó a duras penas el hombre.
- Bien. No sé si sabrás que – Prosiguió Kido con su relato -, cuando mi cliente usó esa información para lograr una provechosa ventaja en su negocio, se encontró con la desagradable sorpresa de que dicha información no era del todo exacta. Por supuesto que yo, como buen mercader que soy, tuve que recompensarle generosamente por mi desafortunado error... Después de todo – Kido lanzó la daga y ésta se fue a clavar en el suelo, entre los pies del asustado Hick -, debo mantener intacta mi reputación como “mercader de información”, ¿no te parece, Hick?
- P-Por s-supuesto, s-señor...
- Llegados a este punto – Kido se levantó del sofá y se arregló distraídamente la ropa -, solo nos queda un pequeño detalle por aclarar. Y es el siguiente; ¿cómo vas a hacer para resarcirme por tu metedura de pata, Hick?
- ¿Y-Yo, señor...? – Las piernas le fallaron a Hick en ese momento y cayó de rodillas al suelo - ¡Lo siento, señor Yaisen, lo siento mucho! ¡Le juro que me aseguraron que la información era fiable al cien por cien, por eso se la pasé a usted, señor!
- ¡Deja de lloriquear como una niña, me pones enfermo! – Le espetó con rabia Kido acercándose a él – Por tu culpa he perdido una cantidad considerable de dinero, así que tendrás que compensarme de alguna forma. ¿Se te ocurre algo?
- N-No s-señor... – Balbuceó Hick con la cabeza apoyada en el suelo a modo de reverencia – T-Tengo una hija que quizás podría interesarle para su harén personal, s-señor...
- ¿¡Pretendes venderme a tu hija, desgraciado!? – Los ojos de Kido se encendieron llenos de cólera ante la idea propuesta por el asustado hombre - ¿Acaso me has tomado por un esclavista sexual? – Al hacer la pregunta, le propinó una patada en el costado, que provocó que Hick cayera sobre el suelo ahogando un grito de dolor - ¡Entérate bien, malnacido! – Le espetó furioso - ¡Ninguna de mis mujeres está aquí en contra de su voluntad! ¿Te enteras? ¡Ninguna! Quitadle de mi vista – Se volvió hacia sus guardias dándole la espalda a Hick -, me pone enfermo solo con mirarle. Lleváosle de aquí y cortadle los dedos meñique y anular de su mano derecha como castigo por su estupidez.
- Sí, señor – Contestaron al unísono sus dos guardias, agarrando de los brazos al balbuceante Hick, que imploraba perdón entre sollozos mientras era arrastrado fuera de la casa.
- Uh, uh... – Rió una de las muchachas reunidas en la sala -, ¿no has sido muy severo, papito?
- ¿Tú crees, Yeidara? – Le contestó Kido sonriente – El muy bastardo pretendía venderme a su hija, ¿qué querías que hiciera?
- Has hecho bien – Apuntó otra de las mujeres -, yo le mandaría cortar la mano entera, por cerdo.
- Oh, venga – Se quejó una tercera, abrazando por la cintura a otra de sus compañeras -, no empecéis a discutir otra vez por tonterías, por favor. Halay y yo nos aburrimos mucho cuando lo hacéis.
- ¿Te aburre vernos discutir, Huka? – Rió Kido divertido - ¿Y qué te apetece a ti que hagamos, eh?
- ¡Juguemos! – Exclamó de súbito Halay, la otra chica, jubilosa, rodeando con su brazo a Huka por el cuello.
- ¿Jugar? – Preguntó Kido siguiéndoles la corriente – Está bien, ¿a qué?
                   En ese momento, otra de las muchachas, de estatura más baja que Kido y algo más joven que él, de piel oscura, ojos verdes, pelo corto de color morado y orejas puntiagudas, se acercó a éste y se le quedó mirando fijamente a los ojos. Tras un par de segundos observándole, finalmente le golpeó con el dedo índice en el pecho y salió corriendo mientras gritaba llena de alegría.
- ¡Tú llevas! ¡Tú levas!
El resto de mujeres rieron alborotadas y comenzaron a correr en todas direcciones por el interior de la sala huyendo del sorprendido Kido quien, riendo también a carcajada limpia, acabó entrando en el juego de las chicas de muy buena gana.
CONTINÚA

Sedientos (Cuento Breve)

SEDIENTOS

                   La manada estaba sedienta y hacía mucho calor. Era un calor sofocante y agobiante, casi palpable, que se subía a tu espalda y hacía que cada paso que dieras fuera un auténtico tormento.
                   Estaban sedientos. Llevaban buscando agua varios días ya y las fuerzas empezaban a flaquear. Los más jóvenes seguían a duras penas los pasos de sus mayores, mientras que los más viejos caminaban con paso lento y cansado. Ni una triste nube en el cielo. Ni una triste gota de agua en el suelo.
                   Cuando llegaron ante una poza de agua turbia, el grupo corrió como poseso a beber de ella; cualquier cosa era buena con tal de mitigar la terrible sed que los acuciaba. Todos bebieron del agua, excepto uno, el más viejo de la manada, que siguió su rumbo sin detenerse ante la poza.
                   Otro de los componentes, algo joven aún, viendo que el anciano seguía su rumbo sin detenerse a beber, pensó que sería buena idea seguirle, pues imaginaba que, al ser más viejo, conocería de algún lugar donde hubiera un agua más limpia. El joven observó durante unos segundos a la manada bebiendo de la poza sucia. Luego fijó su mirada en el anciano alejándose del lugar. Al final tomó una decisión. Y lo siguió.
                   Caminaron mucho tiempo más, durante horas, bajo un sol abrasador y sobre un terreno casi desértico que quemaba sus patas. Y ni una triste nube en el cielo. Y tampoco una triste gota de agua en el suelo. Horas después de dura caminata, y por fin, el anciano se detuvo y se tumbó.
                   El joven miró a un lado y a otro, atónito y perplejo, en busca de la milagrosa agua, pero allí no había ni rastro de ella por ninguna parte. Cansado y sediento, más sediento que cansado, le preguntó al anciano por el agua. Y el anciano, con ojos apagados y mirada extrañada le contestó:
- ¿Agua? ¿Qué agua? Yo solo he venido hasta aquí para morir.


                                                          
FIN

Ratas del Espacio (Capítulo 13)


13 – REVÉS.

- Cuatro créditos por cabeza.
                   El guba, un alienígena con cabeza en forma de cereza negra, ojos negros grandes y glaucos, y de estatura media, tamborileó sobre la madera carcomida del mostrador con seis dedos, tres en cada mano, mientras negaba categóricamente con la cabeza.
- No, no y no – Repitió una vez más – He dicho que ocho por cabeza, ni uno menos.
- Escúchame, cucaracha mutante y apestosa... – Irina agarró al guba por el cuello de la camisa de franela a cuadros que éste llevaba puesta y le atrajo hacia ella por encima del mostrador – Si no quieres que le cuente al “Tuercas” cómo abusas de tus clientes, más te vale coger lo que te doy, ¿te enteras?
- ¿C-Conoce a Hassi Gersin? – Si la piel del guba hubiera sido blanca y no negra, se le habría visto palidecer en ese instante.
- ¿Conocerle? – Irina escupió la pregunta con desprecio - ¿Quién te crees que le puso el mote, eh?
- ¡L-Lamento el terrible malentendido, señora! – Se disculpó el guba de manera torpe - ¿He dicho ocho créditos? ¡Qué torpeza la mía! Lo que quise decir era cuatro créditos.
- Bien, veo que ya nos entendemos. Toma.
- G-Gracias – Balbuceó el alienígena – Suban por la escalera, por favor. Las dos habitaciones del fondo a la izquierda...
                   Irina dejó caer sobre el mostrador la cantidad total de créditos y se encaminó hacia las habitaciones, seguida por Cassidy, Mortimer y Yuni, que miraba al guba un tanto sorprendida por la apariencia del mismo.
                   El cuarteto subió por unas escaleras de madera hasta el piso superior donde, a lo largo de un estrecho pasillo, se veían repartidas las puertas de seis habitaciones a mano izquierda. A la derecha podían verse tres pequeñas ventanas con sus contraventanas cerradas.
- ¿El “Tuercas”? – Preguntó intrigado Mortimer mientras caminaban por el pasillo hacia las habitaciones indicadas por el guba.
- Es el dueño de la mayoría de las posadas de Rankine – Explicó Irina – Y hay muchas, créeme. Jugársela al “Tuercas” es lo peor que puedes hacer, si es que quieres seguir con tu negocio, claro.
- ¿De dónde le viene el mote? – Preguntó a su vez Yuni por curiosidad.
- Cuando Hassi descubre a alguien que intenta robarle – Explicó Irina sin prisa -, le amarra a una mesa de madera y luego le coloca una prensa sobre la cintura. Después, se limita a ir apretando las tuercas de la prensa mientras esta va bajando poco a poco... No es una forma agradable de espicharla, la verdad – Cuando el grupo llegó ante las dos puertas situadas al final del pasillo, Irina se detuvo y señaló a la última – Vosotros dos, en esa. La chica y yo en esta otra.
- De eso nada – Cassidy agarró a Yuni por el brazo justo cuando ésta se disponía a obedecer a Irina -, Yuni y yo dormiremos en una habitación y Mortimer y tú en la otra.
- Prometo no roncar – Bromeó Mortimer.
- Muy arriesgado – Espetó Irina - ¿Sabes lo que les hacen aquí a los pederastas?
- ¿Qué insinúas? – A Cassidy no le gustó nada el cariz de la pregunta hecha por la mercenaria.
- Que si, por un casual, alguien os viera juntos en esa habitación, llegarían rápidamente a esa conclusión... – Explicó ésta con desgana – Y aquí los pederastas no son muy bien vistos. Algo irónico, tratándose de un lugar como éste, la verdad.
- Venga, no se hable más, o nos tiraremos así toda la noche – Terció Mortimer empujando a Cassidy hacia la habitación indicada por Irina – Como ya dije antes, prometo no roncar.
                   Afuera en la calle, de pie sobre la azotea del edificio de dos plantas en el que se alojaban nuestros amigos, Raikon meditaba sobre el paso a realizar a continuación. Estaba claro que, si quería llevarse de allí a su presa, tendría que actuar lo más rápido posible. Entrar, golpear rápido y fuerte y largarse de allí enseguida. Pan comido, pensó.
                   Su ojo derecho cibernético, con la visión por infrarrojos activada, le informó de la posición exacta de su presa; una pequeña habitación bajo sus pies, a la cual podía acceder por tres sitios distintos: Una ventana que, al parecer daba a un pasillo; otra ventana en la propia habitación y el propio techo. Descartó la primera de las ventanas por perder el factor sorpresa al intentar entrar por ella, puesto que, además, debería de forzar también la puerta de la habitación. La opción del techo tampoco era la más fiable, ya que tendría que usar la potencia de fuego suficiente como para abrir un boquete en el mismo; efectivo, pero al mismo tiempo corría el riesgo de dañar gravemente a la presa. La ventana de la propia habitación era, pues, la opción más viable.
                   Raikon sacó el cable con el enganche electromagnético de su cinturón y lo sujetó a la puerta metálica de un cuadro de contadores eléctricos y se colocó junto a la cornisa de la azotea. Acto seguido, sacó su multi-bastón y lo sujetó en su mano derecha. Con la mano izquierda agarró el cable de su cinturón con firmeza y se dejó caer. La ventana estalló en pedazos que salieron desperdigados por el interior de la habitación.
                   Al grito de Yuni, Irina se puso en pie y cargó su ballesta, apuntando al extraño que había irrumpido de forma tan violenta. Sin embargo, Raikon desvió el disparo que la mercenaria hizo después con un golpe del bastón dado en el brazo donde ésta llevaba la ballesta para, seguidamente, darle una patada en la base del estómago que la lanzó contra la pared. Cuando Irina trató de levantarse, Raikon la golpeó con el extremo del multi-bastón en el estómago una vez más y la mujer cayó al suelo sin aire. Acto seguido, se acercó a Yuni para apresarla, pero justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió dando un portazo. La patada propinada por Cassidy estuvo a punto de sacarla de sus goznes.
- ¡Aléjate de ella ahora mismo! – Ordenó gritando al mercenario mientras le apuntaba con su pistola de plasma Taurus V.
                   La reacción de Raikon fue instintiva, a la par que veloz. Girando una sección de su multi-bastón, lanzó un rayo de plasma en dirección a Cassidy, quien lo esquivó a duras penas. Después, hurgando en la parte trasera de su cinturón, sacó dos pequeñas cápsulas que lanzó contra el suelo y explotaron, liberando una nube de gas que lo ocultó de la vista del mercenario. Aprovechando el momento de confusión provocado por su acción, se apoderó de Yuni, a la que noqueó fácilmente con otro disco de descargas eléctricas colocado en la nuca, y saltó con ella en brazos a la calle por el agujero que antes ocupaba la ventana.
                   Cayó de puntillas en el suelo, con un ruido sordo, y flexionando las piernas para mitigar el golpe de la caída, mientras sostenía en sus brazos el cuerpo inerte de Yuni. Después se adentró entre las sombras de un callejón cercano y puso rumbo hacia su nave, esperando no encontrarse con más contratiempos por el camino de regreso. Se alegró al comprobar que la nave seguía en su sitio. Subió a ella y, depositando el cuerpo de Yuni en el suelo de la misma, activó un pequeño ordenador donde, tras teclear un par de claves, se activó una ventana en la cual se mostró el mismo rostro que apareciera la vez anterior en el hangar abandonado.
- ¿Algún problema con el trabajo? – La distorsionada voz del rostro oculto sonó de nuevo a través de los pequeños altavoces del ordenador.
- Ha habido un pequeño contratiempo – Explicó Raikon -, pero ya tengo de nuevo el paquete conmigo. Por desgracia, me encuentro ya en Rankine.
- Ya veo...
- ¿Qué quiere que haga ahora? – Preguntó Raikon esperando recibir nuevas órdenes.
- Busque el “Ojo de Delcost” – Le informó la voz tras hacer una pausa de unos segundos – Me pondré en contacto con usted en ese lugar dentro de dos horas. Lleve el paquete con usted.
- De acuerdo – Raikon pulsó la tecla escape del ordenador y cerró la ventana, dando por finalizada la conversación con su interlocutor.
                   El mercenario abrió un pequeño panel en una de las paredes de la nave y extrajo del interior un collar formado por una banda metálica unida a una estrecha y pequeña caja de metal. Junto con el collar sacó también un pequeño mando a distancia que tenía dos botones; uno azul y otro rojo. Pulsó el botón azul y un extremo del collar se desencajó de la caja. Tras esto, le colocó el collar a Yuni y luego la despertó zarandeándola.
- ¿Ves esto? – Raikon le mostró primero el collar metálico y luego el mando a distancia – Si intentas escaparte de mí, o si me la intentas jugar de alguna manera... – Apretó el botón rojo durante un segundo apenas y una descarga eléctrica sacudió el cuerpo de la muchacha, que gritó de dolor -, haré que te arrepientas enseguida de ello. ¿Queda claro?
                   Yuni asintió resignada con los ojos inundados en lágrimas y acariciándose el enrojecido cuello.
- Ah, se me olvidaba – Le advirtió finalmente Raikon –, más te vale que no intentes forzar el collar, porque está preparado para dispararse en caso de que eso ocurra. Y no creo que te guste recibir una descarga intensiva de voltios, ¿verdad que no? Bien, ahora quédate aquí calladita, ¿de acuerdo? Tengo que hacer algunas averiguaciones.
                   Raikon dejó a la dolorida muchacha sentada en el suelo de la nave y fue a sentarse en el asiento del piloto. Conectó el motor de la nave y se alejó del lugar, en previsión de que aparecieran por allí Cassidy y sus amigos.
- Computadora – Solicitó el mercenario con autoridad – Necesito un plano detallado de Rankine donde se indique la ubicación exacta del “Ojo de Delcost”, así como las posibles rutas de escape del lugar en caso de problemas.
- Accediendo a datos cartográficos del asteroide y descargando. Encontrado el lugar llamado “Ojo de Delcost”. Ubicación del mismo; a dos kilómetros y medio de distancia al noroeste del núcleo urbano central. Calculando las rutas posibles de escape. Encontradas; cinco. Apropiadas para la fuga; dos. Señalándolas en el mapa cartográfico.
- Bien – Espetó Raikon complacido por el trabajo de su computadora -, no quiero llevarme más sorpresas desagradables por hoy. Fija el rumbo y mantén velocidad de crucero.
- Rumbo fijado. Activando velocidad de crucero. Tiempo estimado de llegada al punto de destino; un minuto, quince segundos.
CONTINÚA