No quiero llorar

No quiero llorar

No quiero llorar, me digo,
ni conocer los rincones más amargos de mi ser,
ni contarte las penas que moran en mi alma,
ni hablar de mi vida y sus problemas, ¿de qué sirve?
No quiero llorar, me digo,
pero lo hago.
Y rompo en un llanto amargo,
donde todos mis miedos y dudas me atenazan y ahogan.
donde mi dolor hace jirones sangrientos de mi alma rota.
donde lo mando todo a tomar por saco, ¡dejadme en paz!
No quiero llorar, me digo una vez más,
sin saber bien el porqué lo hago,
pero lo hago.
Y rompo en un llanto amargo,
Y como un niño perdido lloro en tus brazos...

La Puerta

La puerta

                   Se hallaba de nuevo ante la puerta, aquella que tanto le llamara la atención desde el momento en que se fijó mejor en ella y por cuyos resquicios podían verse destellos de luz uniforme. Quería abrirla, pero algo en su interior le hacía dudar. ¿Era miedo?
                   Acercó su mano a ella, tembloroso y preso de una excitación casi infantil. Tiró de ella y la abrió. La luz lo inundó todo y casi cegó sus ojos. De repente se encontró en un lugar desconocido. Pero lo más sorprendente era la criatura que estaba ante él.
                   Era enorme, de más de dos metros de altura, piel verde y cuerpo musculoso, mentón, cuello y brazos anchos, ojos grandes y enramados, colmillos amarillentos sobresaliéndole de la mandíbula inferior y arandelas colgando de sus orejas grandes y puntiagudas. En su mano derecha portaba una maza de madera que alzó en señal de advertencia, emitiendo por su boca un gutural gruñido.
                   Se asustó ante el repentino movimiento de la criatura y retrocedió cerrando la puerta. Respiraba acalorado, con jadeos entrecortados y el corazón latiéndole aceleradamente en el pecho. Cogió aire y se dio ánimos a sí mismo para abrir de nuevo la puerta. Lo hizo con manos temblorosas y con sumo cuidado.
                   Para su sorpresa, se encontró esta vez en una montaña nevada. El frío le golpeó en la cara como una bofetada y un extraño ruido a su espalda le llamó la atención. Se dio la vuelta para encontrarse cara a cara con un gigantesco dragón blanco que le miraba a los ojos con aire intrigado y curioso. El animal extendió sus poderosas alas blancas membranosas y, al batirlas, levantó una pequeña ventisca que lo empujó hacia atrás, haciéndole caer. Asustado, se levantó y volvió tras sus pasos, cerrando la puerta.
                   De un modo puramente instintivo, la volvió a abrir, esperando encontrarse de nuevo frente al dragón. La luz volvió a inundar la habitación, pero el lugar era otro y la bestia ya no estaba. Ahora se hallaba en un camino que serpenteaba a lo lejos para perderse tras unas lomas. En la dirección opuesta vio llegar a un pequeño grupo de gente. Eran soldados.
                   Esto lo supo con certeza cuando los tuvo a pocos metros de él, pues de lejos no podía asegurarlo con certeza. Vestían armaduras y cascos de cuero. Cada soldado portaba un escudo en una mano y una lanza de hoja larga en la otra, y en su cinto colgaba una espada envainada en una funda de piel de jabalí. Pasaron a su lado sin detenerse a mirarle, con un paso rítmico y compasado que hacía retumbar ligeramente el suelo. Cuando se quedó solo en aquel solitario camino, cerró otra vez la puerta. Aún no podía dar crédito a lo que había visto.
                   Estuvo varios minutos en esa guisa; debatiendo consigo mismo que aquello era imposible, que esa puerta no podía ser un portal dimensional a otros lugares. Que no tenía lógica, vamos. Fuera como fuera, decidió abrirla una vez más. En esta ocasión apareció a los pies de una loma. A lo lejos, oyó gritos y sonidos de golpes de metal. Se atrevió a escalar la loma y echar un vistazo al otro lado.
                   Era una batalla. Cientos y cientos de guerreros luchando entre sí en una batalla encarnizada. Grandes catapultas arrojaban enormes bolas de fuego que abrasaban y arrasaban todo aquello que encontraban en su camino. Gigantescas bestias bípedas que portaban garrotes de piedra golpeaban a los rivales, haciéndoles volar por los aires entre alaridos de terror y crujidos de huesos rotos.
                   Vio también a dragones volando por el cielo, montados por jinetes equipados con arcos que acribillaban a flechazos a sus rivales desde las alturas. Y también pudo ver a lo que parecían ser hechiceros, poniendo a salvo  a grupos de su ejército bajo conjuros de protección y atacando a los enemigos con bolas de fuego y rayos.
                   Había muertos por todas partes, soldados carbonizados, aplastados o descuartizados, caballos relinchando y pateando presos de la histeria, cegados por el humo que invadía el campo de batalla. Había soldados jóvenes temblando de miedo, incapaces de mantener entre sus manos la espada... Era aquel un paisaje aterrador y, a la vez, terriblemente cautivador que le impedía apartar la vista. Tuvo que obligarse a retroceder. Cerró la puerta y notó que las lágrimas querían escapar de sus ojos.
                   Era tentador abrir de nuevo la puerta, pero se reprimió. Había descubierto que era terrible, pero terrible de una manera que nunca hubiera podido imaginarse. Se alejó de ella sin mirarla, sin atreverse a hacerlo más bien, pues sabía que, de ser así, caería irremediablemente en la tentación de abrirla...
                   Lo más curioso del caso era que esa puerta había estado cerca de él desde hacía mucho tiempo y que jamás la prestó atención, pues nunca le pareció interesante. Y ahora que la había descubierto, que sabía de su existencia, deseaba no haberlo hecho nunca...
                   Porque ahora se moría de ganas por volver a abrir esa condenada puerta y cruzar su umbral. Y sabía muy bien que, en cuanto lo hiciera, quedaría atrapado por siempre en aquellos lugares a los que le llevaba.

-FIN-