Bastardo del Caos. Capítulo 2 (2)

CAPÍTULO 2 (2)

                    La carreta se detiene frente a la portilla de una casa de dos plantas, paredes blancas de cal y tejado de pizarra negra. El edificio forma un bloque largo junto con otros tres más, separados todos ellos con vallas bajas de madera. Cada uno de los bloques de edificios dispone de un pequeño jardín delantero, siendo este terreno delimitado por el vallado.
                   Berta rebuzna un par de veces, como si anunciara a los dueños de la casa su llegada. Otis se baja y le pide a Samael que le acompañe. El muchacho obedece y sigue al anciano. En la portilla se puede ver un cartel que reza “Hansen”. Otis la abre y cruza el jardín por un estrecho camino de losas grises y disformes. Cuando llegan ante la puerta de entrada de la casa, ésta se abre y del interior sale corriendo una niña.
                   La pequeña, de apenas siete primaveras de edad, tiene el cabello castaño y lleno de tirabuzones. Sus ojos son de un verde muy oscuro, de pupilas grandes y llenas de vida. Pequeñas pecas se dispersan por sus mejillas y su boca se abre mucho para gritar llena de alegría.
— ¡Berta, Berta, Berta! —Corre jubilosa a abrazar a la burra, que recibe la muestra de afecto con un rebuznar alegre— ¿Ese viejo loco te ha hecho trabajar mucho hoy?
— ¡Irina! —La fuerte voz de un hombre provoca que la niña agache la cabeza— ¿Qué habíamos hablado acerca de las burras?
— ¿Qué son animales de carga? —responde la niña sumisa mientras lanza una mirada de soslayo.
— ¿Y qué más?
— Que los animales de carga existen para ayudarnos.
— ¿Y qué te he dicho de llamar a Otis viejo loco?
— Que no debo insultar a las personas mayores —contesta la niña en voz baja y a regañadientes.
— No te oigo…
— ¡Que no debo insultar a las personas mayores! —repite, esta vez en voz bien alta.
— Pues pídele disculpas al señor Otis, ahora mismo —Ordena el hombre.
— Lo siento —Obedece ella, agachando la cabeza en gesto de reverencia.
— No te preocupares, pequeña —Ríe el anciano, quitándole importancia al suceso—. En veldad que estoy loco.
— Disculpa a esta pequeña maleducada —El hombre sonríe amablemente—. No sé de dónde saca esos modales, en serio.
— Los niños son sinceros —repone Otis—; no hay que disculpalse pol eso. ¿Podemos hablal?
— Por supuesto. Pasa adentro. Le pediré a mi mujer que nos prepare algo de beber ¿de acuerdo?
— No diré que no a un vaso de vino. No señol —Ríe Otis entrando en la casa.
***
— Irina —La niña extiende una mano abierta hacia Samael—. Gusto conocer.
                   Samael no sabe qué decir. La pequeña, viendo que él no reacciona, se mira la mano con gesto extrañado, como si hubiera algo en ella que no está bien colocado. Al final, tras encogerse de hombros, estrecha la mano del muchacho por iniciativa propia.
— Tienes que saludar así —Le explica, moviendo las manos estrechadas arriba y abajo—. Y luego dices cómo te llamas.
— Lo siento —Se disculpa éste—. Pero no sé mi nombre…
— ¿No? —La niña se muestra muy sorprendida ante ese dato.
— Irina, no molestes a ese chico —Una muchacha, de la edad de Samael, hace acto de presencia en la puerta de entrada.
— Dice que no sabe su nombre, hermana —La pequeña señala a Samael, al tiempo que se tapa la boca para ocultar una risita que se le escapa.
— Disculpa a mi hermana —Añade la recién llegada—. A veces puede resultar de lo más impertinente.
                   La muchacha tiene el pelo castaño, corto y alborotado. Sus ojos son de color almendra, y su mirada deja al pobre Samael al borde del colapso nervioso.
— H-Hola… —Logra saludar por fin.
— Me llamo Naray. Encantada.
— I-Igualmente.
— ¿Has venido con el viejo Otis?
— Sí. Vivo con él, en su granja.
— ¡El viejo está loco! —espeta Irina girando su dedo índice cerca de la sien.
— Irina ¿qué te ha dicho padre?
— Que no se insulta a los mayores… —responde la pequeña mientras agacha la cabeza avergonzada — Pero está loco —Sentencia en voz baja al final.
***
                   La sala en la que entran el padre de las niñas y Otis es pequeña pero acogedora. Hay una chimenea de ladrillos de adobe, con el fuego encendido, y ante la cual se sitúan dos pequeñas butacas de color verde oliva. El padre de las niñas se sienta en una de ellas e invita a Otis a usar la otra. Sobre la repisa de la chimenea se ven dos tiestos con amapolas, que flanquean un retrato pintado a mano de un matrimonio de ancianos. Más cuadros y tiestos floridos decoran los estantes esparcidos por las paredes de la sala. Hay colocada una mesita baja de madera entre ambas butacas. El sol entra generosamente por una ventana adornada con dos cortinas decoradas con encajes.
                   Cuando el anciano toma asiento, la tos le ataca de nuevo. Saca el usado pañuelo de tela y se lo lleva a la boca para mitigar los coscojos en lo máximo posible, sin lograr el efecto deseado.
— Te veo mal, Otis —apunta con preocupación el hombre—. Deberías dejar que te visitara un médico.
— No, Ledon —El anciano ahoga un carraspeo antes de guardar el pañuelo—. Poco puede ayudalme ya un matasanos.
— ¿Tan mal estás?
— Creo que no llegaré a vel la próxima primavera, amigo —afirma Otis encogiéndose de hombros.
— No digas tonterías, viejo —Le recrimina Ledon—. Te queda aún mucho tiempo por delante para dar guerra.
— No, no… —Otis suspira con resignación— Mucho me temo que mis días están contados. Es pol eso que he venido a velte.
— Empiezas a preocuparme seriamente, Otis —apunta Ledon—. No me gusta nada oírte hablar así. Es como si hubieras tirado la toalla…
— No se trata de eso —Señala el anciano con un ligero aspaviento de manos—. Es, simplemente, que uno se da cuenta de estas cosas. Créeme.
— Bueno, pues en mi casa no quiero verte de esa guisa ¿estamos? —Le recrimina Ledon— Hay que mirar siempre al futuro con optimismo. Además, teniendo a tu lado al chico…
— Precisamente de él quería hablalte; del nene.
— Nene… —Ledon recalca la palabra con una media sonrisa dibujada en los labios— ¿Por qué no le has puesto nombre al chico aún? ¿No te parece que necesita tener uno?
— Ya tiene uno —apunta el anciano—. Y, cuando lo recuelde ¿de qué le selvirá el que yo le ponga?
— Ya, pero ¿y si no lo recuerda nunca? ¿Te has parado a pensar en eso?
— Bueno, yo estoy seguro de que lo recoldará. Pero, de no sel así, será él mismo quien decida cómo llamalse.
— Tú verás, anciano —Conviene Ledon sin mucho optimismo—. Yo no lo veo tan claro, la verdad. Y, bien ¿de qué querías hablarme con respecto al chico, entonces?
— Necesito que te quedes con él. Pol favol.

CONTINUARÁ

Bastardo del Caos. Capítulo 2 (1)

2 – Claroscuros

                   Durante los dos primeros meses de vida en la granja de Otis, el muchacho no sale de la misma para nada. Ayuda al anciano en las labores domésticas y, cuando éste viaja hasta el pueblo a vender sus mercancías, él se queda en la casa a esperarle. Cuatro meses después, el muchacho decide acompañar al anciano hasta el pueblo por vez primera. No se apea de la carreta para nada, y apenas se atreve a mirar a la gente, mucho menos a hablar con nadie. Sin embargo, desde ese día, su espíritu recupera algo de calma y se abre un poco más al contacto con el exterior. Algunas veces, muy pocas, logra esbozar una sonrisa.
                   Pasan dos años más, y Samael se siente ya parte de la granja y de la vida del anciano. Colabora en las faenas de la granja; arregla la huerta y la riega todos los días, alimenta y cuida a Berta y, en ocasiones, limpia y barre la casa entera. Se siente feliz de ayudar al anciano. En su interior, sin embargo, queda aún un pequeño vacío que no logra llenar del todo. Un vacío que, en las noches lluviosas, parece crecer y cobrar vida propia. Es en esos momentos cuando el muchacho canta una vieja canción. No recuerda dónde la ha oído antes pero, de forma extraña, le reconforta cantarla.
***
                   Es otra mañana más en la granja del viejo Otis. Se acerca el otoño y los árboles muestran ya en sus hojas el característico color marrón. El viento empieza a ser algo más frío y las noches más largas. Samael se ha pasado las dos últimas semanas recogiendo leña y cortándola, siguiendo las instrucciones de Otis. Juntos, el anciano y él, han reconstruido el cobertizo en donde guardan a Berta y la carreta. La vieja mula no muestra mucha confianza a la hora de estrenar su nueva casa, por lo que Samael y Otis se ven en apuros al hacerla entrar en el cobertizo. Tras una media hora de forcejeos, y con la ayuda de un par de zanahorias, Berta entra por fin en su recién estrenada casa.
                   Los forcejeos con la vieja mula agotan al anciano, que necesita sentarse sobre el tocón de madera para coger un poco de aire. Se abanica con el sombrero raído de paja que usa a menudo para resguardarse del sol. Respira con dificultad y su frente se perla de gotitas de sudor, que se limpia enseguida con el dorso de la mano.
— Condenada mula… —Refunfuña por lo bajo entre jadeos— Cada día es más tozuda.
— ¿Estás bien, abuelo? —Samael hace tiempo que le llama así a Otis. Pese a las reticencias por parte de éste, el chico insiste en considerarle como tal.
— Sí, sí… Toy bien, no te preocupares —Otis hace un aspaviento con la mano para quitarle importancia al asunto.
                   De repente el anciano comienza a toser con fuerza. Empieza con un leve coscojo y sigue con una tos bronca. Samael acude presto a atender al anciano. Le da pequeños golpecitos en la espalda para ayudarle a esputar, pero el viejo le hace enérgicos gestos con la mano para que pare.
— Tráeme agua, nene —Le pide entre coscojo y coscojo.
                   Cuando Samael va en busca del agua, Otis escupe en el suelo una flema sanguinolenta, que se apresura a enterrar en la arena con la ayuda de su bota. El chico llega con un vaso de agua y Otis bebe un poco.
— Uno ya tá mú viejo, nene —Ya más calmado, el anciano ríe para tranquilizarle—. La saliva, que se mete pol el camino equivocado y pasa lo que pasa. No te preocupares.
***
                   Pasan las semanas en la granja. El otoño extiende ya su manto marrón sobre el suelo y el viento sacude de los árboles las pocas hojas muertas que quedan prendidas en las ramas. La tos de Otis no se cura. Por las noches, Samael oye al anciano toser convulsivamente. Con cada coscojo llega una maldición apagada. El muchacho le prepara algunos remedios para intentar paliar la tos, pero esta parece empeorar cada día más. Cada vez que le pide al anciano que vaya al pueblo a que le mire un médico, éste rehúsa, pues no se fía de los matasanos. Samael cuida de Otis con total dedicación, para él, el anciano lo es todo en la vida. Una vida resumida en aquella pequeña granja.
***
                   Amanece un día más y el anciano prepara a la vieja Berta para ir, como ya es costumbre, al pueblo vecino. Samael ayuda a su abuelo en los preparativos. Para su sorpresa, cuando se dispone a coger los cacharros para vender, el anciano le hace una señal negativa con la cabeza.
— No hace falta, nene —Le dice con voz queda—. Hoy no vamos a vendel.
                   Samael no entiende lo que pasa, pero no dice nada al respecto. Se limita a enganchar a Berta a la carreta. El anciano entra un momento en la casa y sale después con un pequeño fardo, que coloca en la carreta. Sube con movimientos cansados al pescante y emprenden la marcha.
                   Durante el trayecto, Otis permanece callado, pensativo, casi en las nubes. Samael, por su parte, no para de hablar sobre las cosas que ven por el camino. El viejo sufre otro acceso de tos y, tras escupir una espesa flema de sangre, suelta un juramento en voz baja. Deja las riendas al muchacho, mientras él mitiga los últimos estertores de tos y se limpia la boca con un gastado pañuelo. Samael va silbando la canción que tantas noches le ha calmado.
                   El aire es seco y frío, y parece cargado de tristeza. Arrastra en el cielo nubes grises que se empeñan en ocultar un sol que casi no calienta. El otoño da sus últimos coletazos de vida.

CONTINUARÁ

Bastardo del Caos. Capítulo 1

1 – El viejo Otis

                   Está tumbado boca abajo, con la cara de lado. Los rayos de sol acarician su piel y le dan calor en la mejilla. Abre los ojos lentamente y la luz le provoca una punzada de dolor en el entrecejo. Todo está borroso. Trata de moverse, pero el cuerpo no le responde. Siente náuseas. Una bocanada de agua sube por su garganta y escapa de su boca tras una fuerte arcada. Oye pasos y una voz cerca de él, pero, al intentar moverse, vuelve a caer en la inconsciencia. Todo a su alrededor es oscuridad.
                   Vuelven las arcadas, con un nuevo vómito de agua y algo de tos. Alguien lo zarandea y le da pequeños sopapos. Abre los ojos, pero su visión sigue siendo borrosa. Regresa la inconsciencia y, con ella, la oscuridad. Ve a sus padres a lo lejos, y trata de alcanzarles, pero ellos no le esperan. Les ve darse la vuelta y alejarse de él, que les llama con todas sus fuerzas, pero no le hacen caso. Entonces él rompe a llorar.
***
                   Abre los ojos poco a poco. Su vista, aún borrosa, se va aclarando poco a poco. Tiene la garganta reseca y le duele todo el cuerpo. Alguien le ayuda a incorporarse y le acerca un vaso a la boca.
— Ahí tá, nene. Ahí tá —La voz carrasposa de un anciano le conmina a probar del vaso que le ofrece—. Bébetela tóa. Bébetela. T’ayudará.
                   Samael agarra el vaso con manos temblorosas y da un sorbo. El líquido desciende por su garganta y el sabor a vino con especias inunda su paladar. El brebaje, caliente, recorre el interior de su cuerpo como una agradable ola.
— ¿Tá caliente, veldad? —El anciano ríe quedamente— Sí, sí lo tá. Bueno p’al cuelpo, nene. Mú bueno.
                   Samael tose un par de veces y el anciano le golpea en la espalda para ayudarle a reponerse. El muchacho echa una ojeada al lugar en el que se encuentran. Están sentados, el anciano y él, sobre un destartalado colchón lleno de bultos. Se hallan en un pequeño cuarto, con diversos trastos amontonados en varios sitios. La luz del sol entra en la estancia por una pequeña ventana situada en una de las paredes. Las motitas de polvo danzan en los rayos de luz como microscópicas estrellas.
— Come, nene.
                   El anciano le pasa un cuenco, con gachas calientes y humeantes, y una cuchara de madera. Samael los coge y prueba un pequeño bocado, que le quema la punta de la lengua.
— Tú come, nene —Le apremia sonriendo el hombre—. Caliente. Caliente.
                   Samael obedece y se obliga a comer. La comida le resulta más sabrosa de lo que esperaba y, segundos después, se sorprende a sí mismo devorando con avidez el resto de las gachas.
— No prisa, no prisa —El anciano ríe complacido ante el voraz apetito del chico—. Buena comida hace Otis ¿sí?
— ¿Tú… eres… Otis?
— Sí, sí. Otis —El anciano se señala en el pecho con una mano—. ¿Y tú, nene?
                   Samael se queda callado en ese momento, y su mente se vuelve ausente. Agacha taciturno la cabeza y responde entre dientes.
— No lo sé…
***
                   Se queda el resto del día en el cuarto, sentado sobre el desvencijado colchón con las piernas dobladas, los brazos rodeándolas y la cara hundida entre las rodillas. Pasa encerrado en ese pequeño cuarto las dos semanas siguientes. No habla apenas nada, solo algún monosílabo de cuando en cuando. Permanece sentado en el colchón sin hacer nada. Otis se pasa por allí cada poco; bien con alguna de las comidas, bien para hacerle un poco de compañía. Se sienta a su lado y ambos permanecen en silencio en la habitación. El muchacho llora por las noches y permanece callado por el día. Come cuando Otis le trae la comida y duerme cuando la luz del sol deja de entrar por la ventana. Al decimoquinto día de encierro su estado de ánimo mejora levemente. Siente la necesidad de salir a la calle, de sentir el sol en su cara y el aire limpio en sus pulmones.
***
                   Se levanta del colchón con cierta dificultad, pues está algo débil. Al ponerse en pie siente un leve mareo que le hace tambalearse un poco. Sale del cuarto y cruza un corto y estrecho pasillo, que da a una rústica y sencilla cocina, donde se ven una mesa y una silla de madera, presas ambas hace tiempo de las polillas. Abre la puerta que da a la calle, haciendo chirriar sus bisagras, y sale al exterior. La luz del sol le hace daño en los ojos y se ve forzado a cerrarlos de golpe. Para poder habituar la vista a la claridad del día, hace visera con la mano derecha, mientras echa una ojeada a su alrededor.
                   Una valla de madera, formada con maderos largos clavados horizontalmente a estacas, rodea las pocas propiedades del viejo Otis; la pequeña casa, un destartalado cobertizo, una fuente de agua, un abrevadero de piedra, una huerta, una vieja mula y una carreta de dos ruedas.
— Hola, nene.
                   El anciano le saluda al verle. Está cortando leña sobre un tocón de madera. Samael se acerca a él y le devuelve el saludo.
— ¿Ya recueldas tu nombre, nene? —El viejo le hace la pregunta sin apenas mirarle, siguiendo con su labor.
— N-no… —Samael agacha la cabeza al responder. Se siente avergonzado y algo tonto por no poder decir su nombre.
— Bueno… —Otis hace un ligero aspaviento con la mano derecha, para restarle importancia al asunto— Cuando la chota se cierra en banda, no hay tu tía —El anciano hace girar su dedo índice cerca de la sien—.  Seguro que lo recueldas el día menos pensado. Ya lo verás, nene.
— ¿E-Esta casa… es tuya? —pregunta Samael con interés.
— Ajá —contesta el viejo sonriendo.
— ¿En qué trabajas?
— Vendo cosas, nene —responde Otis—. La gente tira trastos a la basura ¿sabes? Yo los recojo, los arreglo y los vendo en el pueblo vecino. Berta me lleva —El anciano señala a la mula que pasta cerca de ellos—, pero ella tá mú vieja ya, la pobre.
— ¿Y ganas mucho dinero?
— Lo bastante como para podel vivil… que no es poco, nene —Ríe Otis enseñando sus dientes amarillentos.
— ¿Qué haces ahora?
— Cortar leña para la cocina.
— ¿P-Puedo ayudarte?
— ¿Ayudalme? —Otis le mira con gesto contrariado— No, nene. Tú eres mi invitado ¿veldad? Y, que yo sepa, los invitados no trabajan. Tú te sientas y descansas ¿vale? El viejo Otis lo hace todo. No te preocupares.
— Yo quería… —Samael quiere pedirle algo, pero le gana la vergüenza y se calla.
— Ah, tú no te preocupares, digo —Ríe de nuevo Otis, imaginando lo que pasa por la cabeza del chico en ese momento—. Eres mi invitado. Puedes quedalte cuanto quieras ¿d’acueldo? Ea… Pues no hay más que hablal.
                   Samael le devuelve una torpe sonrisa al anciano y se acerca a donde la burra está pastando. Le acaricia el lomo y ella rebuzna una vez, agradeciendo el gesto. El chico intenta poner su mente en claro y ordenar los pedazos rotos de sus recuerdos. Es un rompecabezas al que, siente, le faltan algunas piezas, y no sabe si podrá completarle alguna vez. Las preguntas se amontonan en su cabeza: ¿Cómo se llama? ¿Dónde está su casa? ¿Y sus padres? ¿Tiene hermanos?
                   Las respuestas, sospecha, pueden tardar mucho tiempo en llegar.

CONTINUARÁ

Bastardo del Caos. Prólogo

-Prólogo-

                   El sol brilla en lo alto en aquella tarde de verano sobre las tierras del condado de Sunam. Hace mucho calor, y hombres y bestias por igual buscan una sombra donde escapar de aquel agobiante bochorno. El pequeño Samael, de apenas nueve primaveras recién cumplidas, disfruta de ese día veraniego tumbado sobre un montón de heno. Mordisquea una brizna de paja entre sus dientes, mientras tararea una antigua canción que le enseñara su madre tiempo atrás. En el cielo, algunas nubes se pasean formando variopintas formas. Hace ya una hora que Samael terminó las labores de la granja, y sabe que sus padres no le molestarán en un buen rato con tareas nuevas. No puede decir lo mismo de su amigo Isma.
— ¿Te vienes al río? —el muchacho, de su misma edad, le mira con ojos vivarachos, esperando una pronta respuesta.
— No —contesta él escuetamente.
— Venga, Samael —Le apremia su amigo—. Van a ir todos —Con todos, el muchacho se refiere al grupo de chiquillos del lugar que se reúnen siempre para jugar.
— Hoy no tengo ganas, Isma. Vete tú.
— Pues vale, me voy. Adiós, aburrido.
                   Su amigo no insiste más y le deja tranquilo. Sabe de sobra que es inútil intentar hacerle cambiar de opinión. Samael vuelve a quedarse solo, mirando las nubes pasar y disfrutando del calor del día. Minutos más tarde, y un poco harto del hastío de no hacer nada, decide que sería buena idea ir al bosque a pasear. Se levanta de un salto y se encamina al cobertizo que tienen en la parte trasera de la granja, esperando encontrar allí a su madre y así pedirle permiso. En efecto, la mujer se encuentra ahí, atendiendo a las aves de corral.
                   Es muy guapa, pese a rondar ya los cincuenta años. Tiene el cabello negro, recogido en un tosco moño. Sus ojos son de un azul oscuro, como el mar profundo. Es de cuerpo robusto, pero esbelto, y de brazos fuertes y manos firmes. Cuando ve llegar a su hijo, le dedica una amplia sonrisa afectuosa. Samael se acerca a ella y le hace la pregunta.
— ¿Se lo has pedido a tu padre? —responde ella sin dejar de atender a las gallinas.
— No. ¿Dónde está? —pregunta él.
— Mira a ver en el pozo —Le indica su madre—. A lo mejor está sacando agua para las vacas.
— Vale.
                   Samael se dirige al pozo, tal y como le indica su madre. Allí encuentra a su padre, izando un cubo lleno de agua y posándolo en el suelo. El hombre es alto, fornido, de espalda y hombros anchos, mentón pronunciado, mostacho poblado, al igual que las patillas, y nariz gruesa. La mirada de sus ojos castaños denota toda una vida dedicada al trabajo duro. Cuando ve llegar a su hijo, ya se figura lo que viene a continuación, así que le ataja con otra pregunta.
— ¿Has hecho ya las labores?
— Todas —contesta el chico risueño.
— Está bien —Concede su padre segundos después—; pero no te alejes mucho y no tardes en volver. Tienes que ayudarme a guardar el ganado. ¿Entendido?
— Entendido —Samael, contento por recibir el permiso, echa a correr en dirección al bosque, sin esperar a más indicaciones de su padre.
***
                   El bosque es grande y frondoso, formado en su mayor parte por robles, hayas y encinas. Samael lo recorre con seguridad, pues se conoce esa parte, la zona noroeste, como la palma de su mano. Nunca ha ido más adentro, pues los peligros que el bosque encierra, le dice a menudo su padre, son demasiados como para enumerarlos. Tampoco necesita adentrarse más. Samael se conforma con subirse a lo alto de un enorme roble centenario. Desde sus ramas más altas, el chico divisa perfectamente la granja de sus padres, así como la de sus vecinos, los Valenson. Se pasa allí arriba muchas horas, contemplando el paisaje que la naturaleza le regala. Disfruta con los olores que el viento lleva hasta su nariz. Escucha con atención los ruidos de todo cuanto le rodea; aquí un pájaro carpintero, repiqueteando contra la corteza de un árbol; allí una madre osa, con sus dos oseznos juguetones; allá una cierva, con un cervatillo siguiéndola con pequeños y nerviosos brincos. Todo aquello le fascina y entretiene a Samael más que ningún otro juego. Sin embargo, esa tarde, algo es distinto. El bosque ha enmudecido.
***
                   No hay ruidos. Samael se da cuenta de repente. Abre los ojos y sale de su ensimismamiento cotidiano y escruta los alrededores. Los pájaros no trinan. Los ciervos brincan asustados de un lado a otro, sin detenerse a mirar atrás. No hay ardillas correteando por las ramas. Samael presiente que algo va mal, pero no sabe bien el qué. Olisquea el aire, y a sus fosas nasales llegan nuevos olores, que no pertenecen al bosque. Y entonces los ve llegar.
                   Son hombres. Un grupo numeroso, se dice Samael, a juzgar por el ruido de sus pisadas, pese a que pretenden ser lo menos ruidosos posible. Visten capas granates encapuchadas, casacas vede oliva sobre camisas blancas, de mangas anchas, y botas altas de cuero. Portan espadas cortas y rodelas. A la cabeza del grupo, de unos veinte hombres, va el líder. Es bajo y de cuerpo robusto, con músculos marcados. Luce un poblado mostacho negro y una mandíbula ancha. También tiene una curiosa cicatriz, en forma de zig-zag, en la parte baja de la mejilla izquierda. Samael sabe enseguida quienes son, pues ha oído contar historias acerca de ellos a los mayores. Son saqueadores.
                   Se les conoce como el Clan del Garfio, una banda de saqueadores que merodean por las provincias. Sus ataques son rápidos y contundentes, y su huída es más rápida aún. Cuando atacan una aldea, dejan tras de sí casas ardiendo y cuervos y buitres alimentándose de los cadáveres. Sus golpes están bien planeados y orquestados por su líder, Gonzo Aldorán. Es un hombre rudo y severo, que mantiene a sus hombres sometidos bajo una férrea disciplina casi militar. Su arma favorita es un garfio, que maneja con tanta efectividad como otros las espadas. No tolera la indisciplina entre sus hombres, y no duda en aplicarles severos castigos cuando eso ocurre. Es temido y respetado por todos ellos, que lo siguen y obedecen en todo. El joven Samael se pregunta qué es lo que hacen allí. Una terrible sospecha hace mella en su corazón, como una nube gris enorme que, de pronto, tapa el sol en el cielo.
                   La banda de Gonzo pasa bajo sus pies, pero nadie le ve. Samael quiere bajar del árbol y correr a avisar a sus padres, pero algo se lo impide. Sus piernas se han puesto a temblar, al igual que su mandíbula. Sus manos están agarrotadas, clavando las uñas en la corteza de la rama sobre la que está sentado. Quiere moverse, pero su cuerpo no le obedece. Quiere gritar, pero su garganta no emite sonido alguno. Está muerto de miedo. Lo único que puede hacer es echarse a llorar.
***
                   Ve la columna de humo denso y gris, que emerge de la granja de sus padres. Oye los gritos de mujeres y niños, e incluso una de esas voces le parece la de su amigo Isma. Pasan los minutos y él sigue subido a la rama más alta del árbol, sin atreverse siquiera a moverse. Le tiembla todo el cuerpo y las lágrimas resbalan por sus mejillas. Llama a sus padres repetidas veces, ahogando su voz entre los sollozos que intenta aplacar. Llega la noche y los gritos cesan con ella. Los fuegos que consumen los restos de las granjas tiñen la oscuridad de retazos anaranjados. Samael está ido, ausente. Su cerebro busca una vía de escape a aquella atroz pesadilla y le sume en un sueño profundo. El chico se hunde en las tinieblas, llamando en un último sollozo a sus padres.
***
                   Pasa la noche y llegan los primeros rayos de sol. Samael está aterido de frío y le duelen todos los músculos. Se refriega con las manos los ojos irritados por el llanto y decide bajar del árbol. Obliga a sus piernas a moverse, y también al resto de su cuerpo, anquilosado por la larga inactividad nocturna en una posición incómoda. A trompicones, logra llegar al suelo. Ya abajo, se queda parado en el mismo sitio, sin saber a dónde ir ahora. Bueno, sí que lo sabe, pero no se atreve. Teme encontrar lo que pueda haber allí. Se fuerza a sí mismo a ponerse en movimiento. Mueve un pie. Luego el otro. Y se encamina hacia la granja de sus padres. Ni siquiera corre. Camina lentamente y con pasos temblorosos.
                   Cuando por fin llega, se encuentra con los escombros aún humeantes de la que fuera su casa. Hay cuerpos tirados por el suelo. Reconoce en ellos a Oleg y Edna Valenson, los granjeros vecinos. Bajo el cuerpo de Edna, que yace debajo de su marido, asoman dos piernas más pequeñas. Son las de su hijo, el pequeño Ithan. Samael aparta la vista de aquellos cuerpos y avanza hacia su casa. Entonces los ve.
                   Sus cuerpos están tendidos en el suelo, a escasos metros de la entrada. A su madre le han cortado el cuello y a su padre, que yace tendido sobre ella, en actitud protectora, le han apuñalado por la espalda. Las moscas revolotean sobre el charco de sangre reseca que se ha formado junto a los cadáveres. Los ojos de su madre miran al vacío. Su padre los tiene cerrados. Samael se arrodilla junto a los cuerpos y, con una temblorosa mano, cierra los ojos de su madre. Entonces rompe a llorar una vez más, abrazado a ellos. Luego se levanta y echa a correr, gritando con todas sus fuerzas, sin levantar la vista del suelo y sin saber muy bien a dónde ir. Solo sabe que quiere alejarse de allí, lo más lejos posible. Las lágrimas inundan sus ojos cuando se adentra en el bosque. No se detiene. Sigue y sigue corriendo. Hasta que llega al río que cruza el bosque.
                   Vomita. Una, dos y hasta tres veces. De rodillas en el suelo, jadea y respira con dificultad, a causa del esfuerzo de la carrera. De repente se encuentra cansado y mareado. Y confuso. No sabe dónde está y se siente desorientado. Mira nervioso en todas direcciones, intentando reconocer algo que le sirva para ubicarse. Los ruidos del lugar le resultan amenazadores, como guardianes invisibles que le invitan a abandonar ese sitio. Vete de aquí, niño, parecen decirle.
                   Un matorral se mueve a su espalda y él, asustado, se gira bruscamente. Tropieza con una piedra y cae al agua. El río se lo traga sin consideraciones y lo envuelve en su gélido abrazo.
***
                   Samael trata de subir a la superficie, pero la corriente de agua lo arrastra hacia abajo, zarandeándole. Ha tragado agua al caer, y no tiene aire en los pulmones, que parecen ir a estallarle de un momento a otro. Cuando logra salir a la superficie, abre la boca para tragar una bocanada de aire. En ese momento, su cabeza golpea contra una roca y se ve abocado a las sombras de la inconsciencia, que lo engullen en un manto frío y negro. Su último pensamiento es para con sus padres. Piensa que todo ha sido una horrible pesadilla y que, cuando despierte, volverá a verlos. Sí, eso ocurrirá, se dice en esos últimos segundos de consciencia, despertaré y volveré a verlos.
                   La corriente lo arrastra durante varios kilómetros y, finalmente, deposita su cuerpo inerte en la orilla de un remanso.

CONTINUARÁ

Nuevas creaciones en Photoshop y Cinema4D

Próximamente...

El próximo lunes colgaré el inicio de una historia que 
he empezado a escribir estos días. No sé cada cuánto 
tiempo podré subir el resto de los capítulos, pues voy 
escribiéndola poco a poco.
Como siempre, agradeceros el que estéis por ahí. 
Un saludo.

-El Abuelo-