Bastardo del Caos. Capítulo 3 (1)

3 – Trabajo

— ¿Tú vives con el viejo lo…? —Irina se muerde la lengua antes de terminar la última palabra— Con Otis. ¿Vives con Otis?
— Sí —contesta Samael mientras acaricia el lomo de Berta.
— He oído que te encontró en la orilla del río, hace casi tres años —apunta Naray.
— Sí.
—…Y que no tienes recuerdos de tu pasado.
— Así es —responde Samael.
— ¿No recuerdas nada? ¿Ni siquiera a tus padres, o a tus hermanos? ¿Tampoco sabes tu nombre? —La muchacha hace esas preguntas casi en voz baja, como si temiera herirle.
— No…
— Lo lamento.
— No te preocupes —La disculpa él—. Otis siempre me dice que lo recordaré todo algún día.
— Espero que sea verdad y puedas recordarlo…
— Julian —dice en ese momento Irina.
— ¿Perdona? —Naray le lanza a su hermana una mirada inquisitiva.
— Tiene cara de llamarse Julian —apunta risueña la niña.
— Ignórala —Le dice la muchacha a Samael con un cuchicheo—. Hace un año pasó por aquí un caballero armado que se llamaba así. Desde entonces, mi hermana se ha enamorado de ese nombre… y también del caballero.
— ¡Estás cuchicheando! ¡Se lo diré a padre! —espeta enfadada la pequeña.
— No cuchicheamos.
— ¡Sí cuchicheáis!
— Te digo que no cuchicheamos.
— ¡Y yo te digo que sí! —Irina le saca la lengua a su hermana a modo de punto y final de la conversación.
***
— Me gustaría mucho poder ayudarte, Otis. De veras —Ledon lamenta profundamente tener que negarle el favor al anciano, pues le aprecia en sumo grado—. Por desgracia, esta casa ya es demasiado pequeña para nosotros cuatro.
— Vaya… —Otis se mesa la barbilla pensativo y ligeramente contrariado— Pensé que podrías hacelte calgo del nene. No sé qué voy a hacel ahora…
— Creo que, aún así, puedo ayudarte —apunta Ledon posando su mano derecha sobre la rodilla del anciano—. Magnus, el herrero del pueblo, busca un aprendiz. El que tenía se alistó en el ejército, por lo que ahora está buscando un nuevo ayudante.
— ¿Un herrero?
— Es un buen hombre —Le tranquiliza Ledon con un sonrisa—. Un poco cabezota a veces, pero tiene buen corazón. Al chico le vendrá bien aprender un oficio. Y Magnus le proveerá de un lugar donde comer y dormir.
— De aueldo —asiente Otis al convencerse—. ¿Puedes llevalle hoy con ese Magnus?
— Puedes hacerlo tú, sí quieres. Vive al final de esta calle…
— No, no —Otis hace un pequeño aspaviento con su mano derecha, mientras con la izquierda mitiga otro acceso de tos—. Se me da mal hablal con desconocidos. Tú tienes más confianza con él.
— Por mí no hay problema —Ledon se encoge de hombros—. Pero ¿tiene que ser hoy mismo?
— Sí. Ya no volveré a la granja —explica Otis—. Me voy a casa de mi helmano. Le mandé una calta hace unos días para avisalle. Como te dije, me queda poco tiempo y no quiero moril solo. Y, pol descontado, tampoco quiero dejal solo al nene.
— Me entristece oírte hablar así, Otis.… —Ledon se lleva la mano a la boca con semblante compungido— Está bien. Si ese es tu deseo, llevaré al chico ante Magnus.
— Te lo agradezco de veras —Otis se pone en pie con gesto cansado— Pues entonces, es hora de despedilse. Cuidaros mucho. ¿De acueldo?
— Lo mismo te digo, amigo —Ledon le da un sentido abrazo—. Lo mismo te digo.
***
                   Samael ve salir a Otis de la casa, seguido del padre de las dos niñas. El chico se encamina hacia la carreta cuando el anciano le hace señas para que se acerque a él. Samael obedece y acude a su lado.
— Nene —Otis le pone las manos sobre los hombros cuando se arrodilla para hablarle—. Ha llegado el momento en el que nuestros caminos se separan.
— ¿No voy contigo?
— No —El anciano señala al padre de Irina y Naray—. Este hombre te llevará a un sitio donde estarás mejol.
— ¿Por qué? —Samael no entiende los motivos de esta repentina decisión. La incredulidad se refleja en sus ojos.
— Es lo mejol que puedo hacel pol ti, nene. Necesitas un buen lugal donde vivil y hacelte un hombre de provecho.
— ¿Por qué? —El muchacho apenas oye las palabras del anciano.
— Yo… Yo ya estoy mù viejo, nene. No puedo ocupalme de ti como debe sel. Ellos sabrán cuidalte mejol. Entiéndelo.
— ¿Por qué?
— Debes sel fuelte —Otis le da un abrazo lleno de todo su cariño —. Prométeme que te harás un hombre fuelte y bueno. Prométemelo, nene.
— ¿¡Por qué!? —Samael grita esta vez las palabras, mientras sus ojos se inundan en amargas lágrimas— ¡No quiero quedarme aquí! ¡Quiero ir contigo, Otis! ¡Quiero estar contigo!
— Lo siento, nene… —El anciano ya no puede reprimir el llanto y deja que las lágrimas resbalen por sus mejillas, surcadas de arrugas— No puede sel.
                   Otis se levanta del suelo a duras penas. Va hasta la carreta y saca uno de los fardos que había cargado en ella anteriormente. Le entrega el paquete a Samael, dejándolo junto a sus pies, y le acaricia la cabeza con una mano temblorosa. Luego, da media vuelta y se sube a la carreta. Antes de ponerse en marcha, se dirige por última vez al chico.
— Prométeme que harás lo posible pol recoldal tu nombre, nene.
                   Samael no le responde. Mira al suelo, inmóvil, regando la tierra con sus lágrimas, los puños apretados. Otis arrea a Berta con dos suaves tirones de las bridas y, carreta, burra y anciano, se ponen en marcha y se alejan por la carretera de tierra. En ese momento, un resorte sacude a Samael en su interior. Explotando de rabia e impotencia, sale a la carretera para gritar a pleno pulmón.
— ¡Te lo prometo, Otis!
***
                   Saamel sigue a Ledon por el camino de tierra de la ancha calle del pueblo. Las pequeñas hileras de casas pasan a su lado como soldados estáticos de variados colores y formas, pero el muchacho casi ni les presta atención. Ledon le guía con una mano en el hombro, a modo de lazo protector contra las curiosas miradas de los vecinos, mientras que con la otra le señala algunas cosas que él cree de importancia. Saamel apenas le escucha. Camina con la cabeza baja y la mirada perdida. De repente se para en seco y le pregunta a Ledon.
— ¿Otis se muere?
                   El hombre guarda silencio unos segundos. Finalmente, arrodillándose a su lado, le pone las manos sobre los hombros y le contesta.
— Él no quería que te quedases solo, por eso te ha traído aquí. ¿Lo entiendes, verdad?
                   Samael asiente con una leve inclinación de cabeza. Luego, tras mirar el azul del cielo y las pequeñas nubes dispersas que lo recorren, reemprende la marcha. Ledon le sigue. Ninguno de los dos vuelve a decir nada durante el resto del trayecto.

CONTINUARÁ