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A DISFRUTAR


Que paséis unas felices fiestas junto a vuestros seres queridos,
y que el nuevo año que está a punto de entrar os traiga 
un montón de cosas buenas y mucha felicidad.

-El Abuelo-

Gatos en conflicto

       Como esto está muy parado (y escribo menos que un bolígrafo sin tinta) y por darle algo de  movimiento al blog, paso a recomendar un blog que he conocido estos días.
       El blog es una idea simpática y original de su autora, Greis, en el que nos narra las visicitudes entre sus gatos (dos gatas y un gato recién llegado) y los "enfrentamientos" que entre las dos gatas y el recién llegado se producen por cuestiones territoriales y otros asuntos varios.
       Los protagonistas de estas pequeñas aventuras son: la Capitana Kitty (que es la veterana de la casa), la Caba Primera Pili y Balou (de la Guesistans), el recién llegado.
       Cada uno de ellos nos hace partícipes de sus "partes de guerra" a su particular modo y de una forma divertida y entretenida.
       El blog, como ya digo, me parece original y divertido y os animo a que le echéis una ojeada.

Bastardo del Caos. Capítulo 5

5 – Sombras del pasado

                   Julian lleva ya un año viviendo y trabajando con Magnus. El muchacho asiste por las mañanas a clase y por las tardes se encarga de algunas labores en la fragua. A él le gusta estudiar porque así puede leer libros, cosa que le fascina. Lo que ya no le gusta tanto son los números, que se le traban a menudo y le generan mucha frustración. Aún así, el joven se esfuerza en lo posible por no quedarse atrás en las lecciones.
                   Se lleva bien con el resto de los alumnos, seis más, aunque no logra hacerse amigo de ninguno de ellos en especial. No le tratan mal, pero apenas le hablan y casi nunca le llaman para sus reuniones extraescolares. A Julian tampoco le importa mucho verse aislado del grupo de esa forma. Él es feliz trabajando en la herrería. Allí disfruta ayudando a Magnus y escuchando las historias del anciano Eimus. El trabajo es agotador, pero Julian no se queja, pese a acabar, casi todas las noches, muerto de cansancio y con todo su cuerpo dolorido. En algunas ocasiones, cuando cierra los ojos, se acuerda del viejo Otis y no puede evitar echarle de menos y exhalar un suspiro de tristeza.
***
Esa fragua se está enfriando... —Avisa el viejo Eimus com uma risita apagada.
— ¡Voy!
                   Julian acude presto a la fragua y aviva el fuego con la ayuda del fuelle. Magnus, con ayuda de un martillo, golpea con fuerza en la lámina de acero en la que trabaja y luego la mete en las brasas otra vez.
                   Eimus entrecruza los dedos de sus manos y estira los brazos hacia adelante, con las palmas hacia afuera, y de sus nudillos huesudos se escapan pequeños crujidos.
— ¿Y si nos vamos ya a jalar?
— Espera un poco.
                   El herrero recupera del fuego la lámina de acero y vuelve a golpear en ella con el martillo. La voltea varias veces y reparte los martillazos entre ambas caras. Luego se la pasa a Julian para que repita el mismo proceso. El muchacho imita a su mentor con mucha habilidad. Varios golpes después, la hoja vuelve a enterrarse bajo las brasas.
— Muy bien —Asiente complacido el herrero—. Dale unos golpes más y ponla a enfriar en el agua.
                   Julian asiente y repite el proceso una vez más hasta dejar la hoja en la pileta. El burbujeo del agua y la nube de vapor acompañan al acero en el proceso de enfriamiento. El muchacho se seca el sudor de la frente mientras espera.
— Puedes dejarla ahí —Le indica su mentor—. Nos vamos a comer ya. Si esperamos más, a Eimus le va a dar algo.
***
                   La fonda está tan concurrida como de costumbre, con su amalgama cotidiana de ruidos, voces y olores. Eimus es el primero en cruzar la puerta del local, seguido del herrero y Julian quien, como casi siempre, se entretiene en deleitarse con la bocanada de aromas que asaltan su nariz y su paladar al entrar en el amplio comedor. Es por ello que, sin darse cuenta, tropieza de golpe contra alguien.
— Lo siento. Perdón —Corre a disculparse con el hombre contra el que choca.
— ¡Ten cuidado, muchacho!
                   La ruda voz del afectado le golpea a Julian en la cara como un manotazo. El hombre, de mandíbula ancha, es bajo y robusto, con músculos marcados y un poblado mostacho negro. También tiene una curiosa cicatriz, en forma de zig-zag, en la parte baja de la mejilla izquierda. Es esa cicatriz la que, sin saber porqué, Julian no puede dejar de mirar.
— ¿Qué es lo que miras con tanto descaro, mequetrefe? —Le espeta con desdeño el desconocido.
— ¿Pasa algo?
                   Magnus interviene en ese instante en el desaguisado para apaciguar los ánimos.
— ¡Díselo a tu muchacho! —Ruge el extraño— Me ha pisado un pie y encima se me queda mirando como si yo tuviera monos en la cara.
— El muchacho ya se ha disculpado —Tercia el herrero—. ¿Tienes algún problema con eso?
— Estos críos de hoy en día no están bien educados; ese es el problema.
                   Julian retira la mirada de la cicatriz y se hace a un lado, para dejar paso al enfurecido hombre, que le golpea en un costado al pasar junto a él.
— ¡No es necesario ser tan brusco! —Arremete en ese momento Eimus al ver el gesto del hombre para con el muchacho.
                   El desconocido se vuelve para lanzarle una violenta mirada al anciano, que aprieta ambos puños lleno de crispación. Magnus empuja a sus dos compañeros hacia el interior del local para evitar causar más problemas. El resto de la clientela, con la trifulca ya resuelta, vuelve la vista a sus propias mesas para dar buena cuenta de sus platos y bebidas.
                   El trío ocupa una de las mesas y piden el menú del día. Julian, ya en su sitio, aún piensa en esa extraña cicatriz. Esa extraña herida remueve algo en su mente que está enterrado bajo capas de confusos retazos.
— ¿Estás bien, muchacho?
                   La voz de Eimus le saca de sus pensamientos y asiente con la cabeza para responderle.
— ¿Y qué le pasa a tu mano derecha?
                   El chico se mira la mano tras la pregunta del anciano. El temblor que la sacude es tan evidente que los dedos tamborilean sobre la madera de la mesa. Ni siquiera cerrando el puño con fuerza puede evitar el temblor.
— No lo sé.
— Tranquilo —Le disculpa el herrero—. Son los nervios típicos que siguen a toda discusión. Se te pasarán pronto.
                   ¿Nervios? Julian asiente sin estar muy convencido de la explicación de su mentor. Porque siente muy adentro de sí mismo que aquello representa algo más que puros nervios. Porque nota, además de los temblores, un helado escalofrío que recorre su espina dorsal. Y porque también siente miedo. Un miedo casi irracional, visceral. Un miedo que no sabe de dónde le viene, pero que le oprime en el pecho. Y luego está la cicatriz.
                   Julian no puede sacarse de la cabeza esa herida tan peculiar. Y, si la conoce, piensa para sus adentros, es porque forma parte de su pasado; ese pasado que permanece velado en la oscuridad de su memoria rota.
                   El herrero, por su parte, sabe muy bien de dónde le viene el temblor al muchacho, pero se lo guarda para sus adentros para no preocuparle más.
                   Ya lo ha visto antes, en la guerra. Los soldados más jóvenes sufren esos temblores cuando conocen el miedo por vez primera, en el campo de batalla, al verse cara a cara con el enemigo. Es el miedo que da la certeza de la cercanía de su pronta muerte. Es por eso, se dice el herrero, que el muchacho tiene que haber visto de cerca la muerte. Y, si en los soldados jóvenes ese trance provoca tal terror, se pregunta el herrero ¿qué no puede provocar en la mente de un niño?
                   Por de pronto, ambos callan y comen. Cerca de ellos, sentado en otra mesa más alejada, alguien más les observa.

CONTINUARÁ

Birdy - Shelter

Para que el blog no esté tan parado, hoy os traigo un nuevo videoclip. 
El tema se titula "Shelter" y está interpretado por la preciosa voz de Birdy. 
Una bonita canción que espero disfrutéis.


Victor Díaz - Brucia la terra

Este tema suena en la película El Padrino 3, y aquí está interpretado por Victor Díaz. El tema es muy bonito y la versión es muy buena. Disfrutadla.


Vuelve Nigurath

Nigurath ha vuelto.
Aquí está la nueva dirección de su blog.

NIGURATH - LITERATURA FANTÁSTICA

Mucha suerte en la nueva andadura.

Bastardo del Caos. Capítulo 4

4 – Nuevos aires

                   Julian pasa el resto de la mañana junto a Eimus y Magnus. El muchacho se maravilla ante el infatigable ímpetu del herrero. Cuando no golpea el acero con la maza para darle forma, ahora un juego de herraduras, ahora una hoja de espada, aviva el fuego con la ayuda del fuelle para darle brío a las brasas. Otras veces, con sus manos grandes y encallecidas, acarrea cubos de agua para llenar la pila donde refresca las distintas piezas que forja. Y todo ello, sin detenerse más que para secarse el sudor de la frente. El muchacho le observa con detenimiento, mientras trata de quedarse con todos los detalles.
                   Eimus, amigo del herrero, es el que se encarga de dar charla y amenizar las horas. Julian simpatiza rápidamente con el anciano y le escucha con atención, mientras éste le va contando viejas anécdotas y chistes que el muchacho apenas entiende, pero que le hacen gracia igualmente.
                   Al terminar el mediodía, Magnus cesa su labor y deja las herramientas a un lado. Con un cubo de agua se lava y refresca cara, brazos y manos. Eimus se levanta de la mecedora y anuncia con júbilo.
— ¡Hora de yantar! Vamos, Julian, tienes que probar el asado de Yussef. Será todo lo cascarrabias que diga la gente, pero no hay nadie que prepare el asado como ese puñetero mesonero.
                   Magnus le lanza una mirada furibunda al anciano, al tiempo que le recrimina.
— Esa lengua... ¿No ves que hay niños delante?
                   El viejo se rasca nervioso la nuca mientras se disculpa con una sonrisa.
— Lo siento… ¿Nos vamos ya?
— No seas impaciente. Ya voy.
***
                   Cuando entran en el interior de la fonda, Julian se sorprende ante el agradable ambiente de la misma. Cinco mesas redondas, y otras tres rectangulares, repartidas por el amplio local, dan servicio a los clientes de esa hora del día. Tres camareras van y vienen de un lado a otro atendiendo las peticiones de los diferentes comensales. Una cuarta mujer, situada tras la barra, recoge las comandas y se las envía al cocinero, a través de un ventanuco abierto en la pared que da a la cocina. El frenesí del ajetreo de las cocineras, mezclándose con el parloteo de los comensales, impregna el lugar de cierta alegría.
                   Julian aspira profundamente y su nariz se llena con los aromas deliciosos que se desperdigan por el aire; asados, estofados, chuletas, filetes, especias, quesos, panes y algunos vinos forman un abanico oloroso que el muchacho acepta con placer. Magnus señala una de las mesas redondas, algo apartada y ocupada por un hombre mayor.
— Sentémonos allí —Indica a Eimus y Julian.
                   Mientras se encaminan hacia la mesa, Magnus hace señas a una de las camareras para que les atienda. La mujer le responde con un movimiento de cabeza en señal de afirmación.
                   Cuando llegan a su sitio, el hombre les saluda de forma amistosa. En su plato, aún humeante, hay habas con chorizo y morcilla. Se sirve un poco de vino en un vaso de barro y lo bebe a sorbos cortos.
— ¿Qué os contáis, compañeros?
— Aquí estamos, Arnus. ¿Cómo te va? —saluda Magnus.
                   El anciano sonríe y se encoge de hombros al contestar.
— No me puedo quejar. ¿Qué tal va la herrería?
— Va tirando, lo cual ya es bastante.
                   Magnus coge un trozo de pan para él, de un cesto que ocupa el centro de la mesa, y otro para Julian. Eimus le imita y se hace con otro pedazo. La camarera llega a la mesa y Magnus hace el pedido. La mujer se va y regresa al poco rato con la comanda; filetes para Julian y el herrero, y estofado para Eimus. Junto con la comida llegan dos jarras de vino y los dos hombres se sirven en sus vasos. Una tercera jarra, llena de agua, es puesta en la mesa para el muchacho.                      Mientras comienzan a degustar sus respectivos platos, en la fonda entra otro hombre que toma asiento en otra mesa distante. Eimus le da en ese momento un pequeño codazo en el costado a Magnus, al tiempo que le señala al recién llegado.
— Creo que deberías de hablar con Derek.
— ¿Y por qué motivo debería hacerlo?
                   Eimus le mira con gesto de extrañeza, como si el herrero le estuviera tomando el pelo.
— Supongo que recuerdas a qué se dedica su hija mayor ¿verdad? —El anciano le hace un guiño mientras le señala con disimulo al muchacho, que sigue absorto en su comida.
— Oh, cierto…
                   Magnus se levanta de la mesa y se encamina hacia el desconocido. Se acerca a él y le cuchichea algo al oído. El hombre asiente con una sonrisa y luego fija su mirada en Julian, que sigue enfrascado en su plato. El hombre vuelve a asentir y Magnus le estrecha la mano; después, el herrero le da una palmadita en el hombro y se vuelve a su mesa.
— ¿Y bien? —pregunta Eimus con cierta impaciencia.
— Empieza pasado mañana. Por las mañanas.
— Perfecto, perfecto. Felicidades, jovencito —Anuncia el anciano con júbilo a Julian—. Irás a la escuela.
                   Julian no dice nada. No entiende muy bien qué es eso de la escuela, ni por qué Eimus está tan contento. Lo que sí sabe es que esa palabra, escuela, no le hace mucha gracia.
***
— ¿Qué es una escuela?
                   La pregunta del muchacho interrumpe al herrero en su quehacer. Deja caer el brazo cuya mano sostiene la maza para mirar a Julian antes de responderle.
— ¿Tampoco recuerdas eso?
— No.
— No te preocupes, no es un mal lugar. Allí aprenderás muchas cosas.
— ¿Qué cosas?
— Las que te ayudarán a lo largo de tu vida. Como saber escribir, leer y contar.
— Pero yo quiero ser herrero.
— Y lo serás, pero en las tardes —Magnus regresa a su trabajo y vuelve a golpear la pieza de hojalata en la que trabaja—. Por las mañanas irás a la escuela, como los demás niños. ¿De acuerdo?
                   Julian asiente sin mucho convencimiento. Definitivamente, se dice para sus adentros, ese tema de la escuela no pinta muy bien. Sin embargo, quiere agradar a Magnus. Le parece una buena persona y siente respeto por él. Por tanto, si con eso le hace feliz, irá a la escuela. Allí aprenderá a leer, a escribir y a contar. Y por las tardes, aprenderá a ser herrero.
— Bueno ¿vas a traerme ese cubo de agua, o no?
                   La petición de Magnus interrumpe los pensamientos del muchacho, que asiente con energía y echa a correr hacia la fuente, con el cubo en la mano. Se siente útil y, lo que es más importante aún, se siente feliz. Feliz de saber que, pese a que Otis se ha ido, no estará solo. Ante sus ojos se abre un nuevo mundo por descubrir.

CONTINUARÁ

Bastardo del Caos. Capítulo 3 (2)

CAPÍTULO 3 (2)
                         
                         Las brasas de la fragua lamen la hoja de acero y la vuelven de color rojo blanco. El herrero la retira con unas tenazas y la coloca sobre el yunque, ya gastado y mellado por el continuo uso. En su mano derecha sujeta con firmeza una maza, y con ella golpea la hoja incandescente varias veces. Cuando mete la hoja en una cuba de agua, el líquido chisporrotea y burbujea durante breves segundos. El herrero inspecciona con mucha atención la forma del acero. Queda satisfecho con el resultado y lo deja sobre un banco de trabajo, junto con otras hojas ya trabajadas.
— ¿Por qué no descansas un poco?
                   El que habla es un anciano de cabeza calva y con sombrero de paja, que se balancea sobre una vieja mecedora. En su boca desdentada rumia una larga brizna de hierba seca.
— El trabajo no se acaba solo —contesta el herrero enfrascado en su quehacer, dándole aire a las brasas con la ayuda de un fuelle.
— Venga, muchacho —espeta el anciano—. Tampoco hace falta que trabajes a destajo. No es bueno tanto esfuerzo
— Descansaré en cuanto termine mi trabajo, Eimus.
— ¿Has oído las últimas noticias de la villa? —pregunta el anciano para cambiar de tema de conversación.
                   El herrero mete en las brasas una nueva lámina de acero y se limpia las gotas de sudor de la frente con el antebrazo.
— ¿Qué noticias? ¿Las que se refieren a la cornamenta del conde Neus?
— No digas tonterías. Me refiero a las que hablan de una guerra.
— ¿Una guerra?
— Ajá —Asiente el anciano—. En la taberna comentan que se empiezan a escuchar fuertes rumores de guerra. Por lo visto, se han visto movimientos de tropas cerca de la capital.
— Tendrá algo que ver con que esté próximo el cumpleaños del primogénito. El rey Lomar querrá montar una fiesta a lo grande. El mozo cumple ya la mayoría de edad ¿no es cierto?
                   El anciano escupe un trozo de brizna en el suelo y carraspea antes de contestar.
— Puede ser. Pero también se comenta que en el reino vecino andan un poco mosqueados con ciertas actividades ocurridas en la frontera.
— ¿El rey Mansen cabreado? ¿Y cuándo no lo está?
— ¿Ya estáis otra vez hablando de política?
                   Los dos hombres vuelven sus cabezas hacia el lugar del que proviene la voz. Allí ven a un hombre al que acompaña un chico, de unos doce años de edad.
— Ledon ¿tú por aquí? —Saluda el herrero— ¿Qué te trae por este lugar?
— Hola, viejo amigo. ¿Eimus? —El anciano corresponde al saludo del recién llegado con un gesto de la mano— Vengo a hablar contigo, Magnus ¿Estás muy ocupado?
***
                   El herrero frunce el ceño mientras observa detenidamente al muchacho. Ladea la cabeza a un lado y a otro, mesándose la ancha barbilla, meditabundo.
— ¿Es fuerte? —pregunta a Ledon sin dejar de mirar al chico.
— No se le ve enclenque. Y parece avispado.
— ¿Cómo te llamas, muchacho? —Le pregunta Magnus.
— Hay un pequeño problema con respecto a ese tema —apunta Ledon.
                   El herrero se encoge de hombros al oír el comentario.
— ¿Qué problema? ¿Tiene o no tiene nombre?
— Lo tiene —afirma Ledon con una media sonrisa dibujada en su cara—. El problema es que no le recuerda. Hasta hoy mismo vivía con Otis.
                   Magnus se cruza de brazos antes de hacer la siguiente pregunta.
— ¿Y cómo carajo le llamaba entonces el viejo?
                   En ese instante, quien responde es el propio Samael.
— Nene. Pero usted puede llamarme chico…
                   Magnus apoya sus puños cerrados contra las caderas y mira a Samael con cierta irritación
— ¿Chico? ¿Qué se supone que eres, un perro? Te pondremos un nombre. Todas las personas lo tienen ¿está claro? Así que, elige uno. Rápido.
                   Ledon se rasca la nuca con cierto malestar ante la petición de su amigo Magnus.
— Verás…  El caso es que Otis quiso esperar a que el chico recordase su…
— ¡Al cuerno con el viejo loco! —espeta irritado el herrero mientras hace un aspaviento con la mano derecha— ¡Venga, muchacho, escoge un nombre ahora mismo!
— ¿Julian? —contesta Samael con cierto recelo.
— ¿Por qué lo dices con miedo? ¿Acaso te estoy comiendo o algo parecido? No ¿verdad? ¡Pues dilo con más ganas, carajo!
— ¡Julian, señor!
— Muy bien, así me gusta. Dime ¿quieres trabajar conmigo? Te aviso que el trabajo en la herrería no es el más agradable.
— Sí señor —contesta el chico con determinación.
— Perfecto. Pues estás contratado. Haremos de ti un hombre de provecho. Ya lo verás.
                   Ledon ríe al saber de la aprobación del herrero.
— Bien. Veo que puedo irme tranquilo. Muchas gracias, Magnus.
— No hay de qué —contesta el hombre mesándose el poblado mostacho negro—. En realidad me vendrán bien dos brazos extra para ayudarme.
                   Ledon le estrecha la mano al muchacho como despedida.
— Cuídate, Julian ¿De acuerdo? Pásate algún día a visitarnos ¿vale?
— Sí señor.
— Y no le hagas mucho caso a ese cascarrabias. Parece gruñón, pero en el fondo es un buen hombre.
—… Pero muy en el fondo —apunta el viejo Eimus con una risotada.
— ¿A quién llamas cascarrabias? —protesta el herrero ante la supuesta ofensa— ¡Lárgate de aquí antes de que te rompa la crisma!

CONTINUARÁ