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EL TELESILLA


El Telesilla. Por El Abuelo.

                        Una tarde más, como tantas otras, llego a la pista de esquí con mi colorido equipo de esquiar al completo; traje, gorro de lana, gafas de sol, guantes, botas y una tabla de snowboard al hombro, todo ello, claro está, de marca, como mandan los cánones en un chico bien de clase alta.
                        Como tantas otras veces he hecho, cojo el telesilla para subir a lo alto de la pista 6, una de mis favoritas. Coloco mi tabla sobre mis rodillas y, dejándome llevar, me sumerjo gratamente en el balanceo del telesilla.
                        Observo el devenir de las personas abajo, en el suelo, que cada vez se aleja más de mis pies. No tengo vértigo, por supuesto, pero no puedo evitar esa sensación en el estómago cuando miro hacia abajo desde tan alto. Ya sabéis, un cosquilleo que te nace en la boca del estómago y te recorre, hormigueando, los brazos y las piernas. Por contra, es esa una sensación que me gusta paladear, como si fuera un dulce caramelo que no quieres que se acabe nunca.
                        El día es espléndido, hace algo de calor y luce un radiante sol en el horizonte, en un cielo azul completamente despejado. Todo marcha de maravilla, como tantas otras veces. Ya me veo bajando a toda pastilla por la espectacular rampa de la pista 6. El día promete bastante, si señor.
                        De repente, el telesilla se detiene bruscamente. Aunque la sacudida me coge de sorpresa, tampoco es algo que me alarme, pues es algo que ya ha ocurrido con anterioridad, no muy a menudo, pero si que ha ocurrido más veces.
- Tranquilo – me digo a mí mismo – Verás como se pone en marcha en cuestión de segundos.
                        Los segundos pasan y yo me dedico a observar el panorama que se vislumbra bajo mis pies, acunado en el balanceo del telesilla. Los árboles, abetos y pinos en general, se mecen suavemente acariciados por una tenue y cálida brisa. Abajo, la gente va y viene, pista arriba, pista abajo, ajena, por lo que parece, a la repentina parada del telesilla. Los segundos pasan y el telesilla no se mueve. Empiezo a mosquearme un poco, por lo general, estas paradas no suelen durar tanto. Algo raro está pasando. Para colmo de males, el clima empieza a cambiar. Nubes grises asoman por el horizonte.
- Vale, lo que me faltaba – musito para mis adentros – ya solo me queda que se ponga a llover.
                        Pasan ya varios minutos más y el telesilla sigue parado. La brisa, antes cálida, se torna fría. El cielo, antes azul, es ahora un manto casi gris y, para colmo de males, la niebla hace acto de presencia. Y el telesilla sigue sin moverse.
- ¿Hola? – grito en alto, a la espera de oír a alguien - ¿Me oye alguien? ¿Hay alguien ahí? – silencio total.
                        Me revuelvo intranquilo en mi asiento y giro mi cabeza hacia los lados, esperando ver algo (o a alguien) que me aclare qué es lo que está pasando. Mi esfuerzo es inútil por culpa de la niebla, que lo envuelve todo con su frío manto. Un ruido me llama la atención. Parece un batir de alas. Es un cuervo, negro como la noche, que se ha posado sobre el cable del telesilla. Me mira (o parece mirarme) y su mirada me produce cierto agobio. Es como si estuviera escrutando de arriba abajo todo mi ser, desde la superficie de mi piel, hasta lo más profundo de mi alma. Tengo miedo.
- Tranquilo idiota – me digo para relajarme un poco - ¿Qué puede hacerte ese pajarraco?
- Oh, casi nada – me respondo casi súbitamente – Picotearme los ojos, la cara…
- Ves demasiadas pelis malas de terror – me dice la parte todavía serena de mi mente – Ese pájaro no va a atacarte. Solo se ha posado ahí. Nada más. No te pongas histérico, ¿vale? Tú, ni le mires.
                        Hago caso a mi mente y aparto la vista del cuervo, que se da cuenta de mis intenciones y suelta un graznido quejumbroso y lastimero que me pone los pelos de punta. Ahora si que estoy acojonándome. Y el telesilla sigue sin moverse.
- ¿Pero qué cojones pasa? – grito lleno de desesperación - ¿Es que nadie piensa en poner este cacharro en marcha?
                        Silencio de nuevo. Un silencio roto por un nuevo graznido del cuervo. Le miro, es casi imposible apartar la vista de él y lo sabe. Me mira y parece disfrutar del terror que despierta en mí. Le da un picotazo al cable que sujeta el telesilla. Me asusto más aún. ¿Y si rompe el cable?
- ¡Venga ya, hombre! – me suelta mi mente – Te estás volviendo paranoico. ¿Cómo va a romper ese bicho un cable de acero? ¡No me seas gilipollas, tío!
                        Si, bueno, será de acero, el caso es que yo no las tengo todas conmigo. El puñetero cuervo suelta otro graznido y le da un nuevo picotazo al cable que, inexplicablemente, comienza a pelarse.
- Joderjoderjoder… - comienzo a gimotear como un niño de teta y miro en todas direcciones en busca de alguien a quien pedir ayuda - ¡Socorro! – grito angustiado - ¡Socorro!
                        El cuervo grazna de nuevo y sigue picoteando el cable. Una y otra vez. Una y otra vez.
- Doing.
                        El sonido al romperse de uno de los cables que conforman el trenzado del cable principal, eriza los pelos de mi espalda. Trato de espantar al animal, pero no solo no lo consigo, porque no puedo alcanzarle ni siquiera usando mi tabla a modo de arma, sino que, además, el puñetero pájaro parece reírse de mí. Juraría, es más, que el cabrón está disfrutando de lo lindo con el pánico que demuestro tener.
- ¡Fuera de aquí! ¡Lárgate, hijo de puta! – grito con desesperación tratando de ahuyentarle - ¡Vete de una puta vez! ¡Lárgate!
                        Una nueva sacudida del telesilla me hace albergar una pequeña esperanza.
- ¡Por fin! – exclamo aliviado – El puñetero telesilla se pone en marcha. Ya era hora, joder.
                        El cuervo, por su parte, grazna otra vez y me mira. Sonríe, al menos eso me parece a mí, y prosigue con su rutina. Un picotazo más. Y otro más. Y otro.
                        Y el telesilla que no se pone en marcha.
- Doing. Doing.
                        Dos cables más rotos. ¿Cuántos más quedarán? ¿Y cuánto tardará en ponerse en marcha este jodido trasto? Joder, ¿es que nadie va a hacer nada?
- ¡Socorro!
Mi desesperación se hace insoportable. Me revuelvo de un lado al otro del asiento. Hago aspavientos con las manos y la tabla tratando de alejar de allí al jodido pájaro. Gimoteo, grito, lloro. Pero nada de todo eso hace que el cuervo continúe picoteando sin parar.
- Doing – un cable más y el cuervo que grazna sabiéndose ganador.
- Para, por favor – le imploro lloriqueando como un niño asustado – Para.
- Doing
                        El cable se rompe por completo y caigo al vacío, junto con el telesilla y la tabla de snowboard. El cuervo revolotea sobre mi cabeza y grazna una última vez, como si se despidiera de mí. Su graznido me resulta burlón.
                                   ……………………………………..
- Tiene el cuello roto.
- Mierda, ¿cómo se habrá caído? Los de seguridad me han dicho que el telesilla estaba perfectamente.
- Seguramente se puso nervioso.
- ¿Nervioso?
- Si, nervioso. Les pasa a muchos. Cuando el telesilla se para en mitad del trayecto, a muchos les entra el miedo y se ponen muy nerviosos.
- Ya, pero, ¿tanto como para saltar desde esa altura?
- Créeme, el miedo les hace cometer tonterías de ese tipo. El pobre diablo se puso nervioso, se asustó y trató de bajarse lo antes posible del telesilla. Una mierda, te lo digo yo. Una mierda.
- Pobre muchacho… ¿Se lo han dicho ya a la familia?
- Si. El jefe lo hizo hará unos minutos.
- Bueno, será mejor que nos llevemos de aquí su cadáver.
- Una mierda. Te lo digo yo. Una auténtica mierda.
                                   ……………………………………
            Arriba en el cielo, un cuervo sobrevuela majestuoso la pista 6 y grazna. Parece feliz.

                                               FIN

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